Buenos muchachos

Regina es parte de esa juventud que parece despertar de un letargo para ayudar, palabra que pareciera ya en desuso en nuestro vocabulario cotidiano.
La rueda del cambio está en marcha. Hagamos lo posible por no detenerla.
La rueda del cambio está en marcha. Hagamos lo posible por no detenerla. (Especial)

México

El 19 de septiembre, Regina —llamémosle así para conservar su anonimato— se despertó como todos los días, es decir, convencida de que, otra vez, se le había hecho tarde y que debía atravesar la ciudad en hora pico para llegar a dar clase. Además de saxofonista apasionada del jazz, escribe sobre música en una agencia de noticias; le encanta, sobre todo, entrevistar a saxofonistas, pero también cubre las fuentes que a sus editores se les antoje (ya saben: “el jazz, pues está bien, pero…”). No sabe decir “no”, todavía.

Por eso, en cuanto le ofrecieron dar clases de periodismo no pudo negarse. Además de que la profesión le fascina, con cualquier pretexto se las arregla para introducir la música en el salón de clases. Alguna vez discutió con sus alumnos una entrevista con Vicente Fernández para hablar precisamente del género de la entrevista, y ya tiene planeado invitar a jazzistas para que hablen sobre su arte.

Histérica confesa ante los temblores, le tocó el simulacro en su escuela y su actuación como maestra fue convincente. Cuando el temblor se tornó real se guardó sus temores para tratar de mantener la calma entre los alumnos, pero al levantar a uno de ellos, que había caído al piso, se torció el brazo. Por fortuna la escuela no sufrió daños y todos salieron bien.

No así la ciudad: el efecto ha sido devastador, como hace 32 años; como entonces, la sociedad civil —Regina incluida— ha tendido, literalmente, miles de manos para remover escombros, portar víveres, manejar vehículos, organizar colectas, solicitar apoyos, ofrecer lo que tiene a la mano. Por Regina, a través de Facebook, WhatsApp y Twitter puede uno enterarse dónde se requiere tal o cual cosa, cómo van las labores de rescate en determinado punto, qué zona ha sido la menos atendida —siempre exige objetividad.

En medio de idas y venidas a los edificios colapsados, transmisiones en vivo desde su teléfono, organización de ayuda, difusión continua de las necesidades en los lugares afectados mediante Facebook —¿cómo están tus pulgares, Regina?—, mientras mi generación, testigo del terremoto de 1985, anda taciturna, enojada, triste y desesperada, ella hasta se da tiempo para brindar sonrisas y hasta hacer algún chiste de vez en cuando.

Regina es parte de esa juventud que parece despertar de un letargo —bueno, ella siempre ha estado muy despierta— para ayudar, palabra que pareciera ya en desuso en nuestro vocabulario cotidiano. La rueda del cambio, quiero creer, está en marcha. Hagamos lo posible por no detenerla.