Caridad sin pasteurizar

SEMÁFORO
Michel Tournier
Michel Tournier (AFP)

Según Michel Tournier, el mejor cuento de Guy de Maupassant (1850-1893) es “Idilio”: un relato lineal, sencillo y de una rara ternura. En un compartimento de tren coinciden un hombre y una mujer. Él es obrero, recio, trabaja bajo el sol y su piel está curtida y áspera; ella, en cambio, es una joven madre, de carnes suaves, que se encamina a su nuevo empleo de nodriza con una familia burguesa. No cruzan palabra al principio, pero ella comienza a sentirse visiblemente mal: la leche, que sube y la hace sufrir. El obrero le ofrece alivio; ella duda al principio, pero termina cediendo: él se hinca entre sus piernas y ella lo deja amamantarse. Y es él quien da las gracias: el pobre llevaba más de un día sin llevarse nada a la boca.

“Si la historia nos conmueve profundamente —dice Tournier— es por el contraste entre el hombre que vemos mamando y el bebé a quien normalmente la nodriza daría el pecho. Nos hace pensar en ciertas etnias africanas donde las mujeres prolongan la vida de los ancianos agonizantes dándoles el pecho”.

El historiador Valerio Máximo ilustra la caridad romana con la historia de Cimón y su hija Pero. Preso Cimón y condenando a morir de hambre, recibe la visita de su hija Pero quien, a escondidas, lo amamanta con su propio pecho. La historia ha sido pintada por Caravaggio (en las Siete obras de misericordia) y por Rubens (La caridad romana), entre muchos. A lo largo de los siglos, la imagen de la madre amamantando a su bebé ha sido icónica de la ternura. Pero llevar este acto instintivo y amoroso a cambiar de signo y de objeto natural no puede ser un acto neutro. Desde los romanos hasta Guy de Maupassant fue la imagen de la caridad. Ya no.

Para nosotros, el relato de Maupassant quedó detrás de una cortina de progreso. O hasta dos, porque, primero, en nuestras sociedades urbanas, la leche es un producto que existe solamente después de varios procesos industriales y se presenta siempre en recipientes asépticos. De unos 30 años para acá, la relación entre la leche y las vacas tiene que ser enseñada en las escuelas y dibujada en los libros de texto porque muchos niños jamás han visto siquiera una vaca, ya no digamos el proceso de la ordeña. Y, segundo, los urbanitas hemos desarrollado la paranoia de la lactosa, que pasó a formar parte de los venenos, junto con el gluten y los compuestos sintéticos con que se han bañar las cosas agrestes antes de llegar a nuestra mesa, aturdida del miedo a la vida animal. De modo que debemos dar dos pasos imaginarios para superponernos al horror de la carnalidad sin celofán. El primero, atenuar nuestra repulsión a eso de beber leche que ni es de vaca ni se sirve en vaso; y el decisivo: darnos cuenta de que lo sucedido entre la nodriza y el obrero encierra un contacto humano de caridad recíproca: el alivio del dolor y del hambre, en el mismo acto, entre dos desconocidos.

Michel Tournier murió este pasado 18 de enero en Choisel, un pueblito agrícola de 500 habitantes, donde vivió desde 1957. Prefería los quesos y el yogurt a la leche bronca.