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Lunes , 24.09.2018 / 22:58 Hoy

Juan Villoro: “Se puede ser un hijo de puta ilustrado”

Con 'La utilidad del deseo', su más reciente libro, el escritor hace una defensa de la literatura desde la orilla entrañable de la lectura


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Un libro cerrado es solo la posibilidad de una obra de arte. “Solo se convierte en arte”, dice el escritor mexicano Juan Villoro, “cuando lo activa la lectura”. Sin embargo, agrega, hay muchos tipos de lectura, algo en lo que Jorge Luis Borges era muy claro cuando decía que ningún texto tiene una condición intrínseca que lo convierta en clásico, pues se vuelve clásico porque se trata de una obra que la gente no ha dejado morir y es defendida a lo largo del tiempo por los lectores, que encuentran mensajes diferentes e incluso contradictorios a través de las épocas. “Entonces”, subraya Villoro, “no hay forma del arte más importante para la literatura que la lectura”.

Esta última afirmación queda patente en el nuevo ensayo de Villoro (Ciudad de México, 1956), La utilidad del deseo (Anagrama), que ha comenzado a circular en España y que recoge su título de un lema de los hermanos Grimm que se puede traducir, explica, como “entonces, cuando desear todavía era eficaz, o entonces, cuando desear todavía era útil”. “Es la idea de una Arcadia perdida”, expresa el escritor en entrevista con Laberinto, “un mundo pretérito en el que las hadas podían concederte deseos. Es el bosque de los hechizos de los cuentos infantiles, donde las cosas surgen de tanto desearlas. En este libro hay un ensayo dedicado a la literatura infantil que lleva ese título, pero creo que la idea puede extenderse a toda la literatura: abrir un libro es entrar en un pozo de los deseos; es como tirar una moneda en una fuente para que algo se cumpla. Y muchas veces eso se nos concede en la lectura”.

El origen de los ensayos de este nuevo volumen de Villoro “tiene que ver con la vida literaria, que es azarosa y depende de solidaridades y complicidades: de pronto alguien me pide un prólogo para Robinson Crusoe, que había leído varias veces, pero siempre en forma incompleta, en versiones para niños o en la traducción de Julio Cortázar que está muy mutilada porque fue el material que recibió, y finalmente Enrique de Heriz hizo una traducción titánica. En ese sentido, creo que un ensayista se parece un poco a un actor que entra en el personaje: para escribir del otro tienes que situarte en su mundo, su época, su circunstancia. En ocasiones esto te sale más fácil. Carlos Monsiváis, por ejemplo, es una persona que nos resulta bastante familiar y tenemos vías de acceso inmediatas a su trabajo. Pero Daniel Defoe pertenece a otra época; nos queda muy lejos, y aunque haya mil asociaciones con la historia del náufrago y con su propia vida, entrar en el personaje requiere mayor preparación”.

Así pues, en cada uno de los textos de La utilidad del deseo, escritos en los últimos quince años, el desafío ha sido diferente. “Hay un texto sobre Jorge Ibargüengoitia, que me queda muy cerca por tradición en México, y porque lo he trabajado mucho; pero también escribí sobre los grandes autores de la literatura rusa de los que se ha escrito tanto y es difícil escribir algo nuevo. Ahí traté de buscar un ángulo original para acercarme a Gógol, Chéjov o Dostoievski. También hay ensayos sobre Karl Krauss o Peter Handke. Hay un ensayo sobre la correspondencia que mantuvieron Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Manuel Puig”.

Son, subraya Villoro, los ensayos de un lector. “Es una puntualización importante: no soy un académico ni un erudito —no pretendo serlo—; no soy una autoridad en ninguno de los campos: soy un lector curioso que escribe desde su perspectiva, que es la de un novelista y un cuentista; alguien que comparte pasiones literarias en su camino como lector. Y son ensayos sobre literatura, porque he escrito otros ensayos que no están en este libro, donde busco, por ejemplo, tratar de reflejar los efectos culturales y periodísticos de la violencia en México; cómo el narcotráfico ha tenido que ver con las plataformas digitales y su repercusión en la cobertura en México. Ese tipo de ensayos en donde se interceptan la política, la sociedad y la cultura, que pertenecen a otro libro. En este caso, son ensayos literarios, aunque siempre aparece el componente político, porque es inevitable que un escritor responda a su circunstancia”.

Para abordar sus lecturas, Villoro ha desarrollado una especie de “estética del lector”, que implica también un “arte de leer”. Al respecto, expresa que se considera “un amateur, porque el arte depende justamente de ser siempre un principiante. Si no te repites como autor, estás siempre abordando una forma nueva y por lo tanto eres el aprendiz de esa fórmula. Si consideras que ya llegaste a una meta, estás muerto como artista. Todos somos principiantes y como lector también lo soy. Yo he leído varias veces una obra y a veces me ha gustado más y otras menos o al revés. También como lector estoy recomenzando, incluso el libro que ya había leído. Esta capacidad de renovar asombros y aprender cosas nuevas es inmanente al hecho estético. Cualquier persona que está haciendo una búsqueda artística se está planteando cosas diferentes y por lo tanto es un alumno de sí mismo”.

En ese camino, todo autor también inventa o transforma escritores gracias a su lectura, como es el caso de Borges, quien fue capaz de crear a partir de la lectura. “ ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, tiene que ver con un texto leído por Borges en dos épocas diferentes: se trata de la misma obra, pero el contexto la convierte en algo completamente diferente. La época le da otra novedad al texto. Por otro lado, también podemos pensar que esta manera creativa de leer involucra a los textos, pero una vez que levantamos la vista de la página y vemos el mundo continuamos leyendo el mundo en esa clave. La fundación de la literatura moderna tiene que ver con esto. Alonso Quijano lee novelas de caballería, se sume en ellas, se deja absorber al máximo y cuando levanta la vista de la página entiende el mundo como una novela de caballería e imagina que todo lo que le ocurre es la continuación de lo que ha leído. Es el mundo el que se parece a lo que él tiene en su mente de lector. Y sin llegar a un quijotismo extremo como el de Alonso Quijano, y sin llegar a confundir los molinos de viento con gigantes, cuando leemos a Kafka y luego vamos a una oficina de gobierno en la Ciudad de México nos encontramos con una realidad kafkiana; seguimos leyendo el mundo en la clave del libro que acabamos de dejar. Lo mismo podemos decir de muchísimos autores: hay figuras trágicas de la política que son claramente shakespeareanas, o amantes jóvenes que son claramente Romeo y Julieta. El campo expandido de la lectura va más allá de las páginas. Seguramente la vida es más importante que el arte, pero solo lo sabemos gracias al arte. La realidad es más intensa, pero es el arte el que nos lo revela”.

Al leer, también, nos impregnamos de la voz del autor, un fenómeno que a Villoro le recuerda otra frase de Borges: “Somos los libros que nos han hecho mejores”. “Estamos constituidos por estas voces”, dice Villoro, y sin embargo señala que se trata de una frase claramente optimista de alguien para quien el mundo eran los libros y no creía en la separación entre la experiencia en el mundo de los hechos y la experiencia representada en los libros. “Podemos matizar esta frase, porque hemos conocido a lo largo de la historia lectores cultísimos sumamente eruditos que han sido malas personas y que incluso han sido tiranos —los comandantes nazis que por la mañana iban a los campos de concentración y por la tarde leían poesía de Rilke—. Se pude ser sofisticado y a la vez un comisario de la inteligencia dedicado a la crueldad y el ultraje. Roberto Bolaño toca el tema en su libro Estrella distante. Entonces creo que la frase de Borges amerita una pequeña enmienda: somos los libros que nos han hecho mejores, si verdaderamente queremos que sirvan de esa manera, porque también se puede ser un hijo de puta ilustrado”.

Hay un elemento de voluntad en querer aprovechar una lectura en beneficio de una conducta recta, indica Villoro, “pero ese ya es un camino espiritual, ético, que no garantiza la lectura, porque ha habido libros, como Mi lucha, de Hitler, destinados a no hacer el bien”.

Por otra parte, hay también distintas maneras de leer un libro: la del profesional de la edición, la del crítico, la del estudiante, la del aficionado. A Villoro, cuando le gusta mucho un escritor de ficción o un poeta, quiere saber de inmediato qué libros ha leído; es decir, cuál es la familia intelectual que lo ha formado. “A mí me interesa mucho conocer este backstage, esta trastienda del escritor, que de alguna manera lo explica. Los ensayos que escribo tienen que ver con un lector curioso que trata de explicar no solo por qué un autor me parece interesante, sino también cuáles son las condiciones que lo han hecho posible: la vida, la historia, sus lecturas. En ese sentido, mis ensayos son bastante narrativos, tienen que ver con las circunstancias de vida de los autores, tratar de entenderlos en su momento. Tuve la suerte de conocer a Kenzaburo Oé y me dijo que había estado dos años en El Colegio de México porque quería explicarse a Juan Rulfo, que era su autor favorito, y conocer el país, la cultura, la historia, las tradiciones, las lecturas que lo habían hecho posible. Es la respuesta de un narrador, porque está viendo a Rulfo como un personaje en un contexto y quiere entenderlo de esa manera. Cuando escribo un ensayo trato de hacer algo equivalente: situar en un escenario a un autor y tratar de explicarlo por todo lo que lo rodea”.

En resumen, agrega Villoro, trata de explicarse a sí mismo a un autor. “Es más fácil criticar a un autor que te parece deficiente, encontrar sus puntos débiles, señalar lo que te parecen sus defectos. Pero es muchísimo más difícil razonar entusiasmos. Nabokov decía que la prueba más legítima de la aceptación estética es cuando sientes un escalofrío en el espinazo. Es una emoción que te transporta. ¿Y cómo razonamos los escalofríos?, ¿cómo convertimos esta reacción epidérmica en una argumentación intelectual? Ese es el ensayo literario: un arte de razonar escalofríos; tratar de demostrar que lo que a ti te gustó más allá del impulso epidérmico que estás sintiendo tiene una justificación y debe ser defendido de alguna manera. Y en La utilidad del deseo trato justamente de abordar libros que creo que valen la pena, algo que he hecho en libros de ensayos anteriores como Efectos personales, De eso se trata o La máquina desnuda”.

Por último, Villoro hace una serie de consideraciones sobre el fomento a la lectura para lograr una sociedad lectora, y argumenta que, además de que uno debe dejarse llevar caprichosamente por los libros, así como crear desde las instituciones condiciones para que la gente pueda acceder a la cultura y la creación de públicos culturales para sostener la cultura a largo plazo, hay un elemento de gran importancia que aborda en el ensayo que da título a La utilidad del deseo. “Creo que es absurdo tratar de imponer la lectura. Cuando se convierte en una obligación se parece a pagar impuestos. En cambio, cuando la lectura es una forma del placer y se contagia como tal, como entusiasmo, se convierte en algo insustituible. Creo que la mejor manera de hacerlo es asociar en la infancia la lectura con el afecto. Cuando le leemos al niño antes de dormir, no solo le estamos diciendo una historia que lo cautiva, sino que le estamos mostrando afecto. Los niños incluso tratan de alargar estas historias para convivir más tiempo con quien se las está contando. Mi hermana, Carmen Villoro, que es poeta y psicoanalista, escribió un ensayo titulado ‘Había una voz’, porque la lectura de esos cuentos tiene que ver con la voz de quien nos los contó. Entonces, cuando empezamos a leer de este modo, todo aquello que vamos leyendo lo asociamos con esa voz del origen, del principio, que era una voz del afecto. Y creo que eso será para nosotros una compañía perdurable, aunque con el tiempo seamos los que leen los libros sin otra compañía que nosotros mismos”.

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