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Sábado , 18.08.2018 / 02:48 Hoy

Jóvenes: no merecen estos malos tiempos

“Lamento mucho lo que está viviendo mi hijo, porque tuve exceso en cariño y eso deseo para él, para todos los de su edad. Viven situaciones más difíciles que las que me tocaron”.

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Alejandra tose. Discúlpeme, dice. Convalece. Después del 19 de septiembre, ante los daños sufridos en el edificio donde habitaba desde cinco años atrás (Aguascalientes 12, Torre B, departamento 901, colonia Roma Sur), decidió albergarse en un sitio ubicado en la calle de Tlaxcala. No duró mucho: les solicitaron desocupar; se enteró que en Patriotismo 26, en la Escandón, abrieron otro albergue y hacia allá fue. Atrás quedó el departamento donde los cuatro roomies que lo habitaban se integraron a la diáspora que siguió al terremoto:

—Los cuatro que vivíamos juntos ahora andamos desperdigados. Mi hijo halló albergue con un amigo en la colonia Del Valle; Bernardo igual, pero en la Juárez; Daniela en la colonia Condesa, con su novio. Y yo era la de mayor edad de los roomies, 64 años —dice. Ser rumi te brinda compañía y aligera los gastos, se hacen más livianos: renta, adquisición de mobiliario, agua, luz, teléfono, enseres domésticos... “Yo era la de mayor edad, con una ventaja: soy chef, 15 días trabajo y dos días descanso; no invado la privacidad de los demás. Solo pasaba dos días en el depa de Aguascalientes. El resto, en mi lugar de trabajo”.

El pasado 19 de septiembre, a las 13 horas, Alejandra Chávez Mayorga, chef, preparaba el menú para la familia del piso 20, Torre 2 del condominio Bosque Real, calle Secretaría de Marina en la zona de Santa Fe, entre El Chamizal y Bosques de las Lomas, cerca de Vista Hermosa, Interlomas. “Catorce minutos después la torre se zangoloteaba. Supe que el elevador se desprendió desde el quinto piso y cayó con otra chef en su interior, y la sacaron privada, sin conocimiento. Todos llorábamos. Agarré mi bolsa y me fui —no lo pensé dos veces— sin avisar, hacia la Roma a buscar a mi hijo; es diseñador textil y trabajaba en la calle de Tamaulipas, cerca de Ámsterdam, por donde un edificio se cayó. La gente no concebía que en Santa Fe se sintiera tan duro el sismo. Pero ya ve que en Xochimilco el agua estaba embravecida como en el mar. Mi hijo no me contestaba, bajé por las escaleras sin luz, con una compañera. Las líneas telefónicas colapsaron. Después llamé a mi jefe para avisarle. En vano: perdí el empleo”.

Por fin estableció contacto con su hijo. Se encaminó hacia Aguascalientes, para ver el estado del edificio donde habitaba. El sismo de 7.1 grados golpeó severamente diversos puntos de la ciudad. Alejandra tiene experiencia al respecto: “El sismo de 7 del septiembre me espantó, pensamos que la Torre B se vendría abajo, es la más dañada; la A, menos”. De Santa Fe, en camión, quedó atrapada en el tráfico de pesadilla. Cuatro horas tardó en llegar hasta Constituyentes. “En el ínter me habla mi hijo: que le habían cortado el teléfono por exceso de pago y lo iba a pagar, cosa que ya no pudo por los sucesos: no había servicio en Plaza Delta; los Sanborns estaban cerrados. Pidió a una persona le prestara su teléfono: ¡le tengo que hablar a mi mamá, que ha de estar preocupadísima!”.

Alejandra y su hijo se encontraron. Ella caminó desde Constituyentes hasta la Roma Sur. Pagaban la renta los días 15. Pero el casero no se presentó y no pagaron. Ahora buscan dónde vivir, aunque el casero los insta a que vuelvan y se pongan al corriente con sus pagos.

—Ni loca. Quedó inhabitable. Estuve en una reunión donde las opiniones se dispararon: que si le quitan pisos a la torre; que si es mejor que lo demuelan; que solo se dañaron algunas estructuras… Yo no vuelvo. Los rumis nos hemos lanzado a la calle a buscar. Aprovecho para recuperar algunas pertenencias que ahora necesito: mi paraguas, olvidado en la agencia de empleos; mi pijama, en casa de familiares. De paso pregunto: ¡30 mil pesos piden en la Juárez por un departamento de dos recámaras! Tengo miedo.

Antes del sismo, Alejandra convivía —durante sus días de descanso— con los vecinos de la calle de Aguascalientes. “Este edificio”, le contaba don Lalo, el del puesto de periódicos, “fue construido en 1980 y resultó afectado por los sismos del 85; le dieron una manita de gato nomás. Tenga cuidado”. Ella notaba que ante cualquier vibración “caía polvito de las paredes. Pero se vive al día, en el trabajo, y la vida sigue. Hasta que llega otro sismo y todo tu orden se resquebraja”.

Instalada en el albergue de Patriotismo 26, colabora cocinando para otros diez asilados; su hijo le informó del apoyo de 3 mil pesos para pago de renta, que el Gobierno de la ciudad brinda a quienes reúnan los requisitos para ser considerados damnificados. “Fui a la plaza Río de Janeiro, me atendieron muy bien, me brindaron asesoría legal para enfrentar el despido injustificado: cuando regresé a mi trabajo otra persona ocupaba mi puesto. Me trataban muy bien en el piso 20 de Santa Fe, le daba gusto a cada uno de los miembros de la familia: al joven le gusta lo asiático y le complacía porque en los 80 estudié cocina de Vietnam, Tailandia, China, Japón. La preparo con agrado”.

Fue al Instituto de la Vivienda (Invi) de la CdMx y recibió un cheque. Caminó hacia la sucursal bancaria, lo cambió y fue a otro banco donde tenía cuenta de cheques para depositar 3 mil más mil 500 pesos que su patrona le finiquitó por los días trabajados.

—Llenaba el formato correspondiente para reactivar mi cuenta, cuando advertí que mi bolsa no estaba a mi lado. ¡Me robaron adentro del banco!

Alejandra reflexiona. “El futuro: como los doble A, los alcohólicos: vivo solo por hoy, ayer me sentía muy mal, pero trato de conservar la salud; una infección en la garganta se convirtió en neumonía; convalezco; volver a empezar; lo hago por mi hijo, como otras tantas veces; estoy cansada, resisto por mi hijo: los jóvenes viven situaciones más difíciles que las que yo viví: inseguridad: robos, asesinatos, secuestros, corrupción enorme. Nadie te regala nada, y ahora que el gobierno me apoyó con 3 mil pesos, me los roban. Vivo aquí por mi hijo. En Querétaro vive mi hermana: ya no soy productiva, qué hago aquí, dijo. Compró una casita de una planta, en corto plazo ya no podrá subir escaleras; pensaba irme con ella. Mi hijo está encaminado. Siempre ha sido independiente, y yo: en 2012 trabajé allá. Sé moverme sola.

“Cuando el sismo del día 7 hablé y pedí a mi agencia que me promueva y me halle empleo en Querétaro. No se me cierra el mundo. Cada individuo tenemos una misión en la vida, diferente. El sazón no lo enseñan en la escuela, con él se nace. Es un toque mágico. Cuando me piden una receta se las escribo a mano, al final de los ingredientes agrego: no se te olvide el ingrediente más importante: el amor, añadir amor. Mucho amor. La cocina se hace con amor. No con lágrimas. Salí del banco sin dinero y ni pretendí pararme en la cocina, estaba en shock y no quise transmitir mi amargura, mi dolor, el sabor del mal rato. Siempre he sido muy feliz, agradecida a Dios y a mi padre. Por eso le digo: yo lamento mucho lo que está viviendo mi hijo, porque tuve exceso en cariño y eso deseo para él, para todos los jóvenes”. Alejandra tose. Convalece. “No merecen estos malos tiempos, con tanta corrupción, tantos horrores, tantos males…” Will you still need me,/ will you still feed me/ When I’m sixty-four?

* Escritor. Cronista de "Neza".

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