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Domingo , 19.08.2018 / 01:47 Hoy

Josué Gil, de niño de la calle a rehabilitador de indigentes

Sufrió golpizas de su padre en la infancia y dos días después del terremoto de 1985 dejó el hogar; tras varios años de vivir en la calle, hoy se dedica a ayudar a personas que sufren lo mismo.

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Josué Gil Sánchez Ramírez sufrió de niño las golpizas que le propinaba su padre alcohólico y drogadicto, dos días después del terremoto de 1985 dejó el hogar; su madre, ante la pobreza, decidió dejar a su hermana con una tía y a él internarlo en la Ciudad de México, luego lo mandaron con el padre Renato, en Chiapas, y finalmente huyó y terminó viviendo en la calle.

Su vida por las calles de Garibaldi se caracterizó por sufrir maltrato físico, hambre, frío y durmió en una alcantarilla, pero al crecer se regresó con el padre Renato, quien dirige Casa Manos Amigas, donde convivió con delincuentes y violadores rescatados de la cárcel. “Pasamos de ser 50 a 250 en el internado”, recordó en entrevista.

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Mano amiga

Al crecer decidió conformar la Casa Manos Amigas: Ayúdame a ayudar Pro Niños de la Calle, su propio ejército de paramédicos, profesionistas, enfermeras, maestros y gente altruista de Chicago, Toronto, Honduras, China, Guatemala y El Salvador. La organización se dedica a rehabilitar niños indigentes que son víctimas de abuso.

Se trata de una organización que opera desde hace cuatro años para salvar a los menores que se salen de sus casas por golpizas, tocamientos y violaciones sexuales de parte de su progenitor o padrastro, que fueron mutilados o prostituidos.

La organización carece de apoyos gubernamentales, por ello todos efectúan diferentes labores para reunir el dinero requerido para asistir a quienes lo necesitan, como en el caso de María del Pilar, quien a su corta edad fue atacada por un cliente con un picahielo, le perforó el vientre y requirió hospitalización.

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“La vi tirada, pedí una ambulancia que jamás llegó, me la llevé al Hospital de Balbuena, donde la estabilizaron, y antes de que la dieran de alta busqué a su madre, quien se dedica a la prostitución. Tiene un padrastro que la golpeaba. Ahora ella se encuentra en un albergue de señoritas en Chalco”, comentó Sánchez Ramírez.

En días pasados recogió de la calle a José, de 14 años, drogadicto que también fue canalizado a un albergue de rehabilitación donde come y se procura que tenga una vida más digna.

“No trabajamos con el DIF, pero en el caso de José, me reuniré con un licenciado del Centro de Apoyo a la Violencia Intrafamiliar (CAVI) para que se analice su caso, porque también ha sido víctima de maltrato, y que se analice el actuar de sus padres”, comentó.

Difícil labor

La labor del grupo no se concentra solo en menores, sino en sectores vulnerables: “Ayudamos a un travesti que fue fuertemente golpeado, pero lamentablemente falleció, las heridas eran mortales”.

En las escuelas también hacen trabajo altruista, comentó, ya que apoyan a los padres de familia juntando dinero para comprar plantillas a los niños con defectos en los pies. Además, otorga cursos de primeros auxilios.

Sánchez Ramírez suele salir a las calles a lavar carros, a hacer mandados, tirar basura de los mercados, limpiar escaleras de los edificios para obtener dinero que beneficie a los más desprotegidos. Inclusive ayudó al mismo Hospital de Balbuena con 3 mil pañales y gasas, además de utensilios de curación como jeringas, alcohol, agua oxigenada, algodón y medicamentos.

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“Me han corrido de varios trabajos, el último que tuve era de chofer. Mi patrón se dedica a la ropa de bebés y embarazadas, pero cuando yo veía a alguien necesitado me bajaba, ya sea para aplicar primeros auxilios a los atropellados o asistirlos; mi prioridad es estar en la calle ayudando”, refirió en entrevista.

El grupo opera en las redes sociales para solicitar ayuda y reunir dinero. En Zacatecas, Benjamín y la Morenaza se dedican a juntar cartón, botellas de plástico, ropa para vender en Ciudad de México y donar lo recolectado a los adultos mayores abandonados para otorgarles un techo, comida, medicinas, sillas de ruedas y atención médica.

“Hacemos hasta lo imposible para donar lo requerido como una cama especial que nos costó 4 mil 800 pesos. La idea es que esa cama, cuando ya no la ocupen, sea utilizada por otra persona que lo requiera. Todo se hace de palabra y confiando en la buena voluntad”, concluyó.

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