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José Luis Aguilar: “El espacio y la luz crean historias”

Entre libros, planos y maquetas se mueve el mundo que habita José Luis Aguilar, uno de los pocos Diseñadores de Producción experimentados con los que cuenta el cine mexicano.

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Entre libros, planos y maquetas se mueve el mundo que habita José Luis Aguilar, uno de los pocos Diseñadores de Producción experimentados con los que cuenta el cine mexicano, después de 35 años de trabajo y ganador de cuatro Premios Ariel otorgados por la Academia Mexicana de Artes y Ciencia Cinematográficas, nos platica sus impulsos creadores: “…la fantasía de poder transformar una caja negra, a través del espacio y la luz poder crear historias, eso es lo que realmente me motiva”.

Dentro del teatro y el cine hay múltiples oficios que se aplican todo el tiempo y en la mayoría de los casos son pasados por alto, ignorados porque se llega a creer que lo que se ve es solo gracias al director o al fotógrafo; sin embargo un simple still cuenta con el trabajo de decenas de personas ocupadas en los más pequeños detalles o bien en la construcción más grandilocuente, y como dice Win Wenders “no todo importa, pero sí todo cuenta”.

Para José Luis Aguilar definitivamente “el diseño y dirección de arte es un personaje más de la película… lo que está alrededor de un personaje, también está contando cosas”. La arquitectura y el teatro llegaron a él casi de forma paralela; sin embargo, no hubiera sido posible sin antes haber vivido el rodeado de las artes plásticas desde el dibujo, la pintura y la gráfica.

Sin la intención consciente de querer ser un escenógrafo, su inquietud e intriga por los espacios teatrales lo acercaron cada vez más hacia esos “mundos secretos… porque era la construcción de algo que no existe, pero en cuanto se prende la luz eso existe, está ahí, es real…”. En sus inicios iba más allá, quería crear el universo completo y comenzó como actor y director de teatro, donde de manera natural creaba los propios espacios escenográficos para sus proyectos personales, “porque entendía el espacio antes de entrar a él… y lo entendía ya como una totalidad”.

Admirador de las propuestas escénicas de Julio Castillo en mancuerna con el escenógrafo Alejandro Luna, se vuelve su heredero directo aprendiendo el oficio y compartiendo estéticas e ideologías “Alejandro me enseño con sus espacios propositivos, creativos y con fuerza, a ver al escenógrafo como un creador”. Finalmente el propio Luna lo llama a trabajar en el teatro como su asistente, hasta llegar por esa misma puerta al cine como asistente de producción en la cinta Santa sangre (1989) de Alejandro Jodorowki.

“Yo no entendí la escenografía como algo que tenía que ser real, yo entendí que a partir de entregar un propuesta tú tenías que hacer que el público tuviera algo que descifrar, no me interesaba que fueran puramente funcionales, siempre tenían que tener un sentido conceptual, que hubiera un concepto y sobre ese concepto trabajar y desarrollarlo”. Aguilar es contundente al declararse totalmente platónico. “Al final la forma de hacer las cosas no cambia, porque lo que es importante es tener buenas ideas, y que las ideas son de las personas y ahí está lo importante. Yo sí parto de la importancia de las ideas”.

Con solo dos años de experiencia dentro del cine, entra a su primera película como diseñador de producción de una cinta referente del cine mexicano épico: Cabeza de Vaca (1990) de Nicolás Echeverría. Frente a esta experiencia le quedan claras dos cosas: “Este es un oficio en el que vas descubriendo, aprendiendo cosas, este oficio, nadie te lo va a enseñar, es el hacerlo, hacer que exista”; así “todo se puede transformar, todo tiene una capacidad creativa, nada es estático, todo puede ir moviéndose y hay que decidir en el momento”.

Perteneciente a una generación combativa en sus propuestas creadoras, como Rodrigo Prieto, Guillermo del Toro, Emmanuel Lubezki, los hermanos Cuarón, Alejandro González Iñarritu, entre otros, con los que trabajó estrechamente para el proyecto televisivo de La hora marcada a finales de los ochenta. Hoy acepta que las cosas han cambiado, “más gente se integra al mundo del arte, es más democrático el uso de las herramientas, pero por otro lado, todo se vuelve efímero y se ha perdido mucho el valor de las cosas, el valor de las áreas creativas”.

“Cuando la tecnología no existía podías tener un papel y un lápiz, y podías escribir que querías hacer una película y cómo la quieres, pero ahora ya es diferente. En la actualidad los jóvenes pueden no solo tener la intención de hacer una película, sino hacerla en ese momento”. Sin embargo, advierte un peligro: “Hay una ignorancia brutal donde los jóvenes no quieren saber nada para atrás, porque están solo metidos en las redes y en lo actual. Solo les interesa contar sus historias personales”.

Sin negar la riqueza de las historias personales, sí observa a México como uno de los pocos países con una historia social y una capacidad creativa extraordinarias. Por eso apela a realizar un cine más amplio, que incluya todo tipo de historias y formas para contarlas, sin pensar si es “comercial”, de “arte” o “autoral”; como siempre “lo importante es la idea” para poder convocar al equipo creativo que lo hará posible, porque el cine es una de las artes que más voluntades y talentos debe tener para hacerlo realidad.

José Luis Aguilar ha logrado gracias a su contribución en la industria cinematográfica en la rama del arte y el diseño de producción, varias nominaciones al Ariel, ganándolo con cuatro películas: Mirolasva (1993) de Alejandro Pelayo, La reina de la noche (1994) de Arturo Ripstein, Un embrujo (1998) de Carlos Carrera y Morirse en domingo (2006) de Daniel Gruener; justo por esto acepta que el Premio Ariel debe existir como un reconocimiento, pero que nació en una época donde el cine era una industria de otra índole.

“Antes era más sencillo ganar un Premio Ariel, pero ahora los criterios de la Academia han cambiado y se ha vuelto anacrónico; aunque ha tomado un nuevo aire, —porque cada vez se apuntan más películas— pero hay que especializar al comité que vota las nominaciones, sobre todo en el conocimiento de los premios técnicos, darles criterios más sólidos… Estamos empecinados en hacer el cine como en Estados Unidos y eso acaba limitándonos porque no tenemos nada que ver, nunca hemos tenido nada que ver y cada vez tenemos menos que ver. México tiene mucho que dar, no desde lo folclórico sino desde las ideas y las propuestas creativas”.

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