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José Buil: “Me porté como un forense”

Los crímenes de Mar del Norte recrea, con mirada impasible, los asesinatos de cuatro mujeres a manos de Goyo Cárdenas

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En agosto de 1942, México declaró la guerra a los países del Eje. En medio de una paranoia bélica, Gregorio Goyo Cárdenas, estudiante sobresaliente, comenzó a estrangular jovencitas. Cuatro fueron sus víctimas; la última, Graciela Arias, de quien estaba enamorado. Inspirado en el cine negro de la época, José Buil filma Los crímenes de Mar del Norte, donde se adentra en la personalidad del estrangulador de Tacuba.

¿Por qué acercarse a la figura de Goyo Cárdenas?

La idea surgió en 1986, cuando trabajaba con Alfonso Morales. A lo largo del tiempo mis intereses con la historia fueron cambiando hasta que me decanté por la historia de cuatro crímenes enlazados con la historia de México. Quería contarlos de una forma ligera, haciendo alusión a la tradición del cine negro mexicano.

La película se puede ver como un homenaje al cine de mediados del siglo XX.

Es paradójico: perseguí el estilo del cine negro de entonces pero lo filmé con una cámara digital. Junto con Claudio Rocha, el director de fotografía, nos preguntamos: ¿cómo hacemos una película digital que se parezca a las de Roberto Gavaldón? Cuidamos la dirección de actores, el maquillaje, el vestuario, la música.

¿Por qué centrarse en los cuatro crímenes y no contar la vida de Goyo Cárdenas?

Porque ese es el hecho más importante en la vida de ese personaje y de las víctimas. La última versión del guión ponía énfasis en la relación amorosa entre Goyo y la señorita Graciela Arias, quien fue estrangulada a principios de septiembre de 1942 y sepultada en el jardín de su novio por él mismo. La relación es parte de la psicosis en la que se metió el asesino al matar a otras tres mujeres. Me porté como un forense. Tuve en mente el concepto del film noir y diseñamos una atmósfera de cine pegado al hueso, un concepto que saqué de Ezra Pound y que consiste en meterse en la carne, llegar al hueso y mostrar la fractura.

La Segunda Guerra Mundial, y en especial el “día del apagón”, tienen una presencia casi protagónica.

Si te fijas en los periódicos de agosto de 1942 descubrirás que la Ciudad de México vivía una psicosis bélica, ya que estábamos en pie de guerra. En agosto los gobiernos federal y capitalino le hicieron promoción al primer oscurecimiento bélico, que tendría lugar el 7 de septiembre. Inmerso en esa atmósfera, Goyo comete sus crímenes. Gracias al periódico La Prensa percibí que el día en que apresaron al asesino sobrevino el apagón. Cuando llegué a esa noticia decidí que haría un guión para llegar a ese momento.

Su película, quizá inconscientemente, tiende un puente con el presente en relación a los feminicidios.

No quería hacer una película que alimentara el culto a la personalidad de Goyo, que se dio durante el siglo XX.

Algo que sucede con los narcotraficantes en las películas y series.

Ahí hay un fallo ético evidente. El Chapo cada vez sale más guapo en las series y telenovelas. Lo hacen para ganar rating, aunque ello implique elogiar al criminal. Goyo Cárdenas era un ser despreciable, un mito producto de la cultura solemne del PRI. Cuando salió de la cárcel la televisión lo hizo famoso y recibió todo tipo de espacios. José Estrada le dedica El profeta Mimi; Cortázar lo menciona en La vuelta al día en ochenta mundos. En todo este rollo, temo que mi película termine promoviendo al estrangulador cuando en realidad quería desarticular su mitología.


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