'Agua de azar', mis filias y fobias: Jorge F. Hernández

El colaborador de MILENIO publica con Almadía su recopilación 'Llegar al mar', en el que reúne sus mejores textos publicados en este diario entre 2012 y 2014.
El escritor también presentó recientemente su libro 'El dibujo de la escritura'
El escritor también presentó recientemente su libro 'El dibujo de la escritura' (Foto: Omar Franco)

Ciudad de México

Hace unos días cruzó el Atlántico y dejó atrás las noches en vela por la construcción del deprimido de Mixcoac, pero se lleva muchas otras tantas noches de tertulias y pláticas sobre literatura y vida… al menos así lo recuerda Jorge F. Hernández antes de subirse al avión, convencido de lo que viene y satisfecho con lo realizado, como aquello que se encuentra en su columna “Agua de azar”, que semana tras semana se publica en esta sección, de donde provienen los textos que integran el libro Llegar al mar (Almadía, 2016).

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"Desde hace 16 años trato de compartir las cosas que a mí me gustan o me molestan"

“Al hacer la selección me doy cuenta de que algunas ya no se pueden releer, y esas ya mejor se van a la hemeroteca; pero sí hay otras que vale la pena conservar, porque son el recuerdo intacto de una canción de los Beatles, el homenaje a un escritor muerto siglos atrás, o el reconocimiento a un vivo prometedor. El Agua de azar sigue fluyendo y llegó al mar para flotar, incluso para cruzarlo, porque ya vivo del otro lado”. 

Una columna nacida hace ya 16 años, en la que se encuentran sus fobias y sus filias, en especial los momentos en que ha tenido que sortear algunos problemas, como sucedió aquel septiembre de 2014, cuando decidió suspender la columna sin saber a ciencia cierta qué vendría después.

“Para mí escribir es torear: he tenido distintas cornadas graves y, como los toreros, siempre he tratado de levantarme. Pero una vez que reaparezco en el ruedo, primero trato de verificar que sigo siendo el mismo, pero también que es problema que soy un poquito mejor.

“Quiero suponer que cuando se fue Lichi trato de honrar su memoria tanto, que a diario logro que alguien lo vuelva a leer o que lo lea por primera vez y eso me hace sentir bien. Los cates, como dicen los toreros, te ayudan a pensar”.

Soltar la pluma

En Llegar al mar se reúnen los textos publicados entre octubre de 2012 y octubre de 2014, cuando decidió poner lo que parecía el fin, aun cuando más bien se convirtió en una pausa, donde están los dibujos que preceden su actual personalidad de monero, cuenta el colaborador de MILENIO.

“Es una etapa donde se ve la bilis que tuve yo, en primer lugar, en contra de los plagiarios, contra mucho corrupto. Entonces son mis fobias y mis filias, que de eso se trata Agua de azar: cada ocho días, desde hace 16 años, trato de compartir con el lector las cosas que a mí me gustan y que a mí me molestan”.

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Hernández reconoce lo complicado que resulta mantener una columna cada ocho días, cuando no se sabe de qué escribir, pero eso se alivia cuando se cuenta con una válvula, “en mi caso es el dibujo, que me sirve para poner en orden las cosas y preguntar ‘¿vale la pena volver a escribir sobre el Cruz Azul o mejor ya no hago leña del árbol caído?’”.

“La idea es intentar hacer que alguien lo lea, porque hice una columna sobre él, o intentar que alguien se olvide de la primera plana, porque logré distraerlo en la página de Cultura; por eso es interesante la antología, porque hay columnas que se convierten en papel amarillo, pero hay otras que vale la pena volver a considerar, como cuando me despedí de Lichi”.

La más reciente etapa de Hernández con Agua de azar, que llega hasta nuestros días, se complementa con una de sus aficiones infantiles: el dibujo, una actividad que se “salió del huacal por culpa de Alejandro Magallanes, quien diseñó Llegar al mar: soy de los escritores que, no lo niego, publico en Almadía porque quiero que me diseñe Magallanes y van dos veces que me dibuja en la portada. Él me cachó con mis libretas”.

“Muchos escritores tienen libretas, pero no las enseñan, o nos enteramos ya que fallecieron. Tan se hizo chisme una cosa que era privada, que Alfaguara publicó El dibujo de la escritura, en donde ya sabes el truco: dibujo personajes o situaciones que me ayudan a escribir la columna o el cuento”.

El retorno se dio en gran parte impulsado por sus propios hijos, para quienes la columna se había convertido en parte de su vida cotidiana, una necesidad semanal, pero también por un tema más concreto: la necesidad de mantener la “pluma caliente”.

“Eché de menos el laboratorio semanal que significa poder soltar la pluma en tinta metódicamente. No es lo mismo que tú escribas una novela o cuentos, a que tengas un compromiso formal en el que no puedes entregar tarde, porque si no, no se imprime, y no puedes entregar un texto muy largo porque no cabe. Eso da disciplina”, cuenta Hernández, quien a estas alturas ya se debió haber devorado unos callos a la madrileña en la capital española.


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