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Sábado , 22.09.2018 / 04:52 Hoy

Jorge Volpi: “Pareciera que el cuerpo no importa”

'Examen de mi padre', diez ensayos con perspectivas anatómicas y políticas, es el corazón de esta entrevista que arriesga una opinión sobre el México sangriento de nuestros días 


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En su nuevo libro de ensayos, Examen de mi padre (Alfaguara, México 2016), Jorge Volpi se pregunta: ¿pero qué diablos es esa vida interior que se desvanece con la muerte? A lo que responde: “Desconocemos cómo surge la conciencia en el cerebro, qué provoca que en ese torbellino de millones de sinapsis surja de pronto algo, la idea de que somos uno mientras una sutilísima barrera nos separa del exterior, y acaso nunca llegaremos a saberlo. Creyentes y dualistas le confieren esta facultad a un dios… Monistas y ateos nos resignamos a creer que en la materia se halla el germen de nuestro yo”. De las dualidades entre espiritualidad y materia, entre corporeidad y alma, nace su nuevo libro de ensayos que pregunta ¿qué han significado la conciencia y el cuerpo humano para las sociedades de Occidente y en especial para la sociedad mexicana?

En estos diez ensayos describes la historia de la cirugía y de tu padre a través del advenimiento de la modernidad.

Mi padre era cirujano, tenía una relación con el cuerpo como solo podía tenerla un cirujano para adentrarse en él, arreglarlo, meter las manos para tratar de salvarlo o que viviera mejor. Esa fue su gran pasión y su gran alegría, y marcó una relación distinta con el cuerpo a la que puedo tener yo o cualquier otra persona que no se dedique a la medicina. Eso me sirvió como metáfora para hablar de la historia de la cirugía y cómo ese tratamiento del cuerpo se volvió algo científico, la obsesión humanista que inauguró Ambrosio Paré en el siglo XVI. Hay pocas referencias literarias. Hay, en cambio, ideas simbólicas en torno a las partes del cuerpo, al peso que han tenido en nuestra cultura, y a la manera en que esas partes tenían relación conmigo y con mi padre. No es un libro que haya planeado e investigado. Conforme iba hablando de esas partes del cuerpo, me adentraba en la historia de cómo han sido vistas ciertas partes del cuerpo, en la historia médica y anatómica, así como de sus metáforas.

Y utilizas las metáforas sobre el cuerpo para hablar sobre cómo tratamos el cuerpo en México.

Llevo la historia de la cirugía hasta esta época en que vemos a una gran cantidad de víctimas. Tenemos cuerpos sin historia, enterrados aquí y allá sin saber quiénes son, o bien tenemos historias sin cuerpos como el caso de los jóvenes de Ayotzinapa, a quienes no se les puede enterrar porque el cuerpo no existe. Esa es la dinámica de estos ensayos: la relación con mi padre, la relación de mi cuerpo con mi padre y conmigo, y a partir de ello pienso en cómo es el México que él imaginó, el México que quería entregarnos a nosotros y el México que le estamos entregando a los más jóvenes, un México muy desesperanzador.

¿Nos volvimos indolentes ante el dolor, ante los cuerpos desaparecidos o mutilados por el crimen?

Creo que por un lado tenemos esos cuerpos sin historia, esas historias sin cuerpos, esos cadáveres que abundan y que convierten a México en un cementerio y que hacen pensar que el cuerpo no importa. Pero por otro lado vivimos en una época narcisista. Estamos obsesionados con nuestro cuerpo, con la cirugía plástica que transforma nuestros cuerpos y con la exhibición de éstos de forma permanente en las redes sociales, sobre todo en Facebook y en Instagram.

Estos ensayos son una confrontación entre espiritualidad y racionalismo, entre Edad Media e Ilustración. ¿Entre tu padre y tú?

Mi padre, que murió en agosto de 2014, era católico. Tenía una especial devoción por la Virgen de Guadalupe, con una espiritualidad que le daba cierto consuelo, característica que no tengo. Desde los 15 años soy ateo y no creo en la vida ultraterrena. Lo único que tenemos es la vida y hay que tratar de llenarla y disfrutarla al máximo. Desde que murió mi padre, quería escribir sobre él a manera de homenaje, y escribí estos ensayos en torno al cuerpo. También porque creo, a diferencia de él, que creía en el cielo y en la salvación divina, que la pequeña inmortalidad radica en que todas las personas habitan en nuestro cerebro, de manera que cuando alguien muere, sigue viviendo en nuestro cerebro mientras sigamos pensando y dialogando con él.

Examen de mi padre llega en un momento en que también has perdido a uno de tus colegas y amigos más queridos: Ignacio Padilla

Cuando murió mi padre, empecé a leer libros de una tradición que es muy poderosa en la literatura universal: los libros sobre pérdidas. El tema le obsesionó a Nacho Padilla y, de hecho, el último curso que dio en la Universidad Iberoamericana fue sobre las pérdidas de padres e hijos. El último libro que alcanzó a revisar en su curso fue justamente éste, que leyó en manuscrito. No deja de ser una coincidencia un tanto triste la manera en que éste es un libro sobre un duelo que terminaba con la publicación de un libro y justo se publica cuando estoy en medio del duelo por la muerte de uno de mis amigos más cercanos.

¿Qué representa Ignacio Padilla para las letras mexicanas?

Era uno de los grandes cuentistas de nuestro tiempo. Creo que era el género en donde podía ejercer sus mejores habilidades, que radicaban en el dominio del lenguaje, con el cual era apabullante, un dominio que no le conozco a otro escritor de nuestra generación, y con una imaginación desbordada. A Nacho le interesaron otras áreas como los ensayos, sobre todo los que escribió en torno a Cervantes, una de sus grandes obsesiones. Además, practicó otros géneros como la novela y escribió obras de teatro, pero en el cuento y en el ensayo alcanzó una auténtica grandeza.

En 2009 publicaste El insomnio de Bolívar, en el que tratas la realidad mexicana de la década de 1990. En Examen de mi padre hablas de la reciente política xenófoba de Estados Unidos, de la guerra contra el crimen. ¿Cómo ves el México de los últimos 25 años?

La realidad mexicana ha empeorado drásticamente. Regresé a México en 2006. Tomé la dirección del Canal 22 en 2007, y el México que nos ha tocado vivir es consecuencia extrema de la guerra contra el narcotráfico, de la violencia desatada a partir de ese momento, de la acumulación de miles de muertes y miles de desaparecidos. Todo esto coincidió paradójicamente con el momento en que volví a ver a mi padre, que después de ser un hombre de una enorme vitalidad y lleno de intereses estaba en una etapa depresiva. De alguna manera coincidieron el declive de mi padre y una de las etapas más violentas, con mayor número de muertes que ha vivido México desde la Revolución.

Hubo esa época muy compleja que va de 1988 al año 2000. Esos doce años fueron el canto del cisne del PRI hegemónico, golpeado por el fraude electoral de 1988, por el alzamiento del EZLN en 1994, por la crisis económica. Y luego está el año 2000 como esa gran oportunidad que desperdiciamos para transformar las estructuras del país y de convertirnos en una democracia que funcione. Y dejamos ir esa oportunidad en medio de reyertas anodinas y absurdas durante el sexenio de Vicente Fox y, sobre todo, a partir de la confrontación entre Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón en las elecciones de 2006, y el lanzamiento de la guerra contra el narcotráfico y su consecuencia: la descomposición del país.

Este es un libro en el que también piensas en el devenir de México. Hablas de la discriminación y la injusticia que aún vivimos. ¿Qué esperas de ahora en adelante?

Este libro es la manera en que pienso el México de hoy, un México desafortunado y con muy poca esperanza. Viendo historias de otras naciones en situaciones peores que lograron sobreponerse y crear sociedades más prósperas y más justas, tengo la esperanza de que México pueda convertirse en una de ellas.

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