Saxofonista John Coltrane, un paraíso incendiario musical

Es tan importante que “aún suena dentro de nosotros como la libertad que buscamos, la expresión total de nuestras vidas”: Amiri Baraka.
Foto para la portada del disco "Impressions", grabado en 1961.
Foto para la portada del disco "Impressions", grabado en 1961. (Joe Alper)

México

Hace medio siglo fallecía el saxofonista John Coltrane, uno de los pilares del jazz. El viernes 21 de julio de 1967, la iglesia luterana de St. Peter, en Nueva York, recibió más feligreses que de costumbre: alrededor de 700 personas estaban atentas a las palabras del reverendo John García Gensel, conocido como El Pastor del Jazz.

Desde lo alto del balcón de la iglesia el saxofonista Albert Ayler condujo a un grupo de amigos músicos que habían venido a decir adiós a un revolucionario. Dos veces dejó de tocar para lanzar dos gritos. Uno, dirían quienes se sintieron tocados por la reacción de Ayler, fue de tristeza; el otro, una expresión de júbilo.

Ornette Coleman se unió con su grupo al homenaje en un momento muy emotivo. El contrabajista David Izenzon recordaría después: “Estábamos tocando ‘Holiday for a Graveyard’, Ornette y yo terminábamos al unísono en una hermosa nota, mi bemol. De repente Ornette dejó de tocar, y por algún motivo, sostuve la nota. Luego, mientras despegaba el arco del contrabajo, vi que cerraban el féretro de John”.

El saxofonista nacido en Hamlet, Carolina del Norte el 23 de septiembre de 1926, había fallecido el 17 de julio de 1967. Con 40 años de edad, Coltrane había trabajado una década como líder de sus grupos cuando fue atacado por el cáncer en el hígado. Le bastaron 10 años para crear una obra extensa que le ganó un sitio de primera magnitud en el Partenón de la historia de la música.

Además de sus grandes dotes como improvisador —fraguado sobre todo en los grupos de Miles Davis y Thelonious Monk—, dotó a la música de un profundo valor espiritual. Frank Kofsky, autor de uno de los estudios más profundos sobre el músico escribió: “No soy una persona religiosa, pero John Coltrane fue un hombre al que adoré como un santo e incluso como un dios”.

En su autobiografía, Miles Davis recuerda lo que significó para él su desaparición: “La muerte de Trane me hizo sentir realmente triste porque no solo era un músico hermoso y grande, era una persona amable y espiritual a la que yo amaba. Extraño su espíritu y su imaginación creativa y su acercamiento innovador a la música. Era un genio”.

Obseso del sonido, cerraba los ojos y se dejaba ir en largas improvisaciones que exasperaban a quienes no comprendían cómo podía tocar sin parar. El propio Miles se molestaba ante su empecinamiento en ejecutar solos tan prolongados. “¿Por qué no tocas 27 coros en lugar de 28?” —le preguntó con sarcasmo en una ocasión—. “Me envuelvo en esta cosa y no sé cómo parar”, respondió el saxofonista, a lo que el trompetista replicó con otra pregunta: “¿Ya trataste de sacar el saxofón de tu boca?”.

Y esa obsesión musical, como escribió Amiri Baraka, es la que hace posible que  John Coltrane no pierda su encanto, ni su presencia: “Todavía suena dentro de nosotros como la libertad que buscamos, la expresión total de nuestras vidas, como la expresión del alma, la enseñanza de que el paraíso incendiario de su música está dentro de nosotros para crear el mundo en el que vivimos”.