La jocosa mordedura

Escolios.
Stanislaw Jerzy Lec.
Stanislaw Jerzy Lec. (Especial)

Ciudad de México

Un murmullo taladraba los oídos del gobernante en turno: era la risa con que muchos de los ciudadanos se liberaban momentáneamente de su yugo. De boca en boca o en fotocopias desgastadas, los Pensamientos despeinados del poeta, periodista y aforista polaco Stanislaw Jerzy Lec (1909–1966) circulaban como un latigazo estilístico y moral, como una revancha  de los agraviados. A su primera edición de 1957, se sucedieron varias secuelas de este libro, que se convirtió en un clásico de su país. (En español hubo ediciones, hoy inconseguibles, de Carlos Lohlé y Península y, en 2014, Pre–textos publica una nueva versión.) Lec nació en el seno de una familia acomodada de origen judío, estudio en Polonia y Viena; en su juventud, colaboró en revistas satíricas de izquierda, fundó un cabaret literario y escribió poesía. Durante la invasión nazi fue apresado, pero escapó de un campo de concentración y colaboró en la Resistencia. Tuvo puestos diplomáticos en los primeros tiempos del socialismo, en 1950 viajó a Israel para establecerse en la nueva nación, pero regresó a Varsovia en 1952 donde siguió escribiendo hasta su muerte prematura. No abundan los detalles de Lec en la Polonia socialista, ni de su relación ulterior con el régimen; aunque sin duda existía una contradicción esencial entre la libertad del artista y la uniformidad y obediencia política. La sátira resultaba especialmente oportuna en esa época de simulación de una patria prometida y de abismal asimetría entre lo ideal y lo real. Lec revela, risueño, las fanfarronadas, embustes y fechorías del hombre común y su difícil adaptación al molde utópico. “Cuando el mito se convierte en realidad, ¿de quién es la victoria: de los materialistas, o de los idealistas”.

Si bien los aforismos de Lec están fechados en el mundo de la burocracia y picaresca socialista, rebasan con mucho sus circunstancias y se suman a esa tradición abstracta e intemporal del moralismo fragmentario que va de Pascal a Cioran. En los aforismos de Lec hay una asimilación de las fuentes occidentales y judías, así como del humor local, y se mezclan la reflexión filosófica y la broma; el artilugio estilístico o el sinsentido. “Hay que oír el callar en su contexto”. Lec pregona una manera franca y aguda de entender el mundo y de conversar con uno mismo. Acaso en el interior de todos hay un farsante o tirano y los aforismos de Lec ayudan a detectarlo. “Hay grandes palabras tan vacías que su interior es capaz de aprisionar a naciones enteras”. Lec enseña que el verdadero amor propio no radica en mentirse, sino en reírse de y con uno mismo. Así, mientras actuamos pomposamente, creyendo nuestras mentiras, ese genio satírico nos pone una zancadilla con su arte de la dolorosa irrisión. “Desde que el hombre se alzó sobre sus patas traseras, no ha recuperado el equilibrio”. Con Lec, el lector entiende que la humanidad es hueca y que esa oquedad sirve para que resuenen mejor sus carcajadas.