El más grande fotógrafo de la noche

Jesús Magaña murió a las 10 de la mañana del pasado lunes 30 de marzo, a los 81 años. Nacido en Guadalajara, durante los años setenta y ochenta fue el retratista más solicitado por las vedettes.

Jesús Magaña era una celebridad en la noche de la Ciudad de México: el fotógrafo más solicitado por las vedettes. Sus fotografías, a la entrada de los principales cabarets, incitaban la curiosidad o el deseo de quienes, inevitablemente, se detenían a mirarlas.

No imagino la vida nocturna sin Magaña, inconfundible con su mochila al hombro y la vista al frente, sin importarle quién pasaba a su lado. Cuando yo veía sus fotos, casi todas en blanco y negro, pensaba cómo era posible que su autor fuera ese hombre hosco y maltrecho al que Olga Breeskin, La Princesa Lea, Rebeca Silva, Angélica Chaín, Rosella y tantas otras bellezas buscaban insistentemente para que las retratara.

Taciturno, solitario, menguado físicamente por una embolia que le dejó inutilizada la mano izquierda y una cojera que no le impedía andar siempre de prisa, publicaba cotidianamente en periódicos y revistas desde los años sesenta, cuando comenzó su carrera.

Fue impulsor y amigo cercano de Meche Carreño y con ella viajó a Europa en repetidas ocasiones —los viajes fueron esenciales en su vida, le gustaba caminar por Nueva York, Londres o París, descubrir rincones que avivaban su imaginación y lo hacían recordar aquellos años cuando deseó convertirse en pintor.

Pigmalión de la fotografía lo llamó Lepoldo Meraz —El Reportero Cor—, famoso por su corrosivo sentido del humor y su inamovible lealtad a Televisa, durante muchos años el periodista de espectáculos más importante del país.

México Cinema, Cine Mundial, Cinelandia, Bellezas, Bueníssima, son algunas de las publicaciones en las que colaboró Jesús Magaña, quien tuvo desavenencias con los editores de revistas eróticas Vicente Ortega Colunga y René Eclaire. En una entrevista con su hijo David, publicada el 12 de febrero de 1994 en el suplemento sábado del diario unomásuno (retomada en el número 4 del periódico cultural De largo aliento en junio de 2014), rememora:

Vicente Ortega Colunga y René Eclaire me quedaron a deber no digo miles, millones de antiguos pesos. Siempre con la promesa del "te pago mañana", mañana que nunca llegó. (...) Con Ortega Colunga colaboré en Latin Señoritas y más adelante en Su Otro Yo. Su agradecimiento a la colaboración filantrópica que me solicitó fue hacerme a un lado para tratar de crear una fotógrafa: Paulina Lavista (Sabina), a quien le dio todas las facilidades para que hiciera un buen trabajo. Le proporcionó todo lo que ella pedía: cámaras, escenografías y viajes a locaciones naturales. Me imagino que a Paulina no le escatimó el dinero de sus pagos como a mí. (...) Con Eclaire trabajé para Bazar, Bravo y Eva, la primera revista de hombres desnudos en este país. (...) Eclaire publicó mi primer libro: Cien mujeres para un fotógrafo, del cual no recibí nunca regalías. Ni siquiera me dieron los ejemplares correspondientes como autor.

En 1972 una embolia alejó a Jesús Magaña de los estudios de cine, donde realizaba la mayor parte de su trabajo, tenía 38 años y un prestigio indiscutible. Al regresar a la actividad, tuvo que empezar de nuevo. En la misma entrevista, le dice a David:

Punto y aparte en mi carrera fueron las vedettes. Con la ojiverde y curvilínea Laila Buentello logré que todo el mundo pensara que era la mujer más sensual de México, sus reportajes y portadas se veían dos o tres veces por semana. Ya no se diga lo que conseguí con mujeres tan espectaculares como Grace Renat, Rossy Mendoza, Lyn May, Alejandra del Moral, Carolina Magaña y tantas y tantas... (...) Con ellas hice fotomurales de dos a cuatro metros para proporcionarlos a los centros nocturnos donde trabajaban. Las monumentales imágenes adornaban marquesinas de teatros y cabarets. Por esas noches cabareteras, a pesar de fotografiar con una mano, volví a brillar. Mi propuesta fotográfica era parte de la noche.

En aquellos años de desvelos, en ocasiones encontraba a Jesús Magaña en los cabarets; me inspiraba temor, parecía que siempre estaba de malas y no hablaba con nadie. Veía sus fotos por todos lados y deseaba que en algún momento pudiéramos sentarnos a platicar sobre ese mundo nocturno en el que él era un experto y yo un aprendiz; sin embargo, nunca encontré la oportunidad de hacerlo.

Llegó el 19 de septiembre de 1985 y me olvidé de Magaña, como me olvidé de tantas otras cosas. Los centros nocturnos cerraron temporalmente, sus fotomurales quedaron ocultos tras las cortinas, las vedettes se marcharon a otras ciudades, y yo caminaba entre escombros, guardando en la memoria lugares recién desaparecidos.

Esas mujeres eran artistas, luego las ficheras y los table lo echaron todo a perder

A mediados de los noventa conocí a su hijo David, quien me puso en contacto con él. Nos vimos en el Café La Habana una mañana del 2000, estaba retirado de la fotografía y escribía libros baratos de medicina natural. No quiso decirme gran cosa; desconfiado, quizá pensó que quería aprovecharme de su archivo cuando le propuse hacer un libro con sus fotos de vedettes y una larga entrevista.

—¿De cuánto estamos hablando? —me preguntó, esperando que le hiciera una oferta económica.

—No sé —le respondí—, primero tendría que revisar el material y ver dónde podríamos publicarlo.

Se quedó callado, pensativo. Para romper el molesto silencio, le pregunté sobre sus libros de yerbas medicinales; de una bolsa sacó uno y me lo obsequió. Nos despedimos, sin llegar a ningún acuerdo, con un ligero apretón de manos. Presentí que no volveríamos a vernos.

Pero lo vi una vez más, en 2013, estaba en una casa de reposo cercana a Ciudad Universitaria. Me llevó David. Nos recibió sonriente. Pensé que por fin podría responder a mis dudas y contarme su historia, sin embargo ya no se acordaba de muchas cosas.

—Las vedettes me tenían confianza, porque yo las cuidaba. Después de fotografiarlas, algunas se convertían en estrellitas de cine. Como sabía de maquillaje, las ayudaba a lucir mejor. Una de mis mejores modelos fue Rebeca Silva, le pusieron El Cuerpo por mis fotografías —me dijo con voz insegura.

A cada pregunta, volteaba hacia David, quien le ayudaba con datos y anécdotas. Pero entrecortaba las frases y de repente se quedaba callado, aunque cuando le nombré a La Princesa Lea, respondió entusiasmado.

—Ella era de primera línea, bailaba estupendamente, se metía dentro de una copa y se bañaba con champaña —luego volvió al silencio.

—¿Y Rosella?

Sonrió, entrecerró los ojos y me dio la última respuesta de esa mañana en que por fin pude platicar con él, el más grande fotógrafo de la noche.

—Era una mujer bellísima, un cuerazo. Era contorsionista, cantaba y bailaba... En realidad todas las vedettes, además de guapas, eran artistas; después llegaron las ficheras y los table y todo se echó a perder.