• Regístrate
Estás leyendo: Jaime Sabines, el poeta que cantó a la muerte
Comparte esta noticia
Martes , 25.09.2018 / 18:07 Hoy

Jaime Sabines, el poeta que cantó a la muerte

Memoria.

Publicidad
Publicidad

En 1988, en nuestra primera entrevista, Jaime Sabines, me dijo:

"Lo que uno tiene al escribir poesía es emoción: puede ser alegría, dolor, desesperanza. En ese sentido creo mucho en la palabra inspiración, o tal vez no sea inspiración sino alumbramiento.... La poesía no se escribe solamente con la actitud intelectual y reflexiva del hombre, el poema debe ser la emoción del hombre. Si lees un poema no estás buscando palabras sabias, profundas y filosóficas, buscas una emoción humana, y eso es lo que da el arte en general: la emoción de la vida".

Hace unos días leí una entrevista en la que el periodista, poeta y ensayista argentino Roberto Alifano hablaba de su relación como amanuense de Jorge Luis Borges, a quien conoció en los últimos años de su vida. Guardando las distancias, ya me hubiera gustado ser amanuense de Sabines, pero me sentí identificada con Alifano porque de algún modo el poeta chiapaneco accedió, luego varios años de terquedad, a dictarme apuntes de su vida y de cómo fue escribiendo su obra, lo que dio como resultado mi libro Sabines. Apuntes para una biografía (Coneculta Chiapas/ Conaculta 2012), reeditado por Tusquets en 2014 como Sabines. Apuntes biográficos.

Decía Alifano que primero fue devoto lector de Borges, y que después la vida le otorgó el raro privilegio de estar, durante once años, casi diario cerca de él.

Lo cito: "Su sabiduría estuvo a mi disposición. ¡Qué mejor regalo que escuchar a Borges no tan solo en charlas literarias sino también en las grandes y pequeñas cosas de la vida! Borges modificó mi mundo, lo iluminó con su luz única".

Estas palabras resuenan en mí: estar cerca de Sabines es uno de los dones que le debo a la vida. Sabines, como Borges y como muchos grandes escritores y humanistas de la literatura universal, era un hombre extraordinario, un hombre generoso con gran sentido del humor.

Conocí a Sabines en el otoño de 1988 en la Cámara de Diputados en San Lázaro, cuando él era diputado, por el PRI, por segunda ocasión; era un momento álgido de este México álgido. Como muchos otros integrantes de mi generación, lo admiraba y sabía de memoria fragmentos de sus poemas: "yo no lo sé de cierto, lo supongo...", "tu cuerpo está a mi lado...", "los amorosos callan...", "amanecí triste el día de tu muerte tía Chofí, pero esa tarde fui al cine e hice el amor...".

Estudiaba periodismo en la escuela Carlos Septién y trabajaba como reportera del noticiario Hoy en la Cultura, de Canal Once. Conseguí el acceso a la Cámara para acercarme al poeta, conocerlo en persona y, con actitud obstinada, pedirle una entrevista. El marco del primer encuentro fue, pues, esa acalorada sesión en la que los diputados de la oposición lanzaban invectivas contra los priistas tras el controvertido triunfo de Carlos Salinas de Gortari en las elecciones presidenciales.

Ingresé en el intrincado, escandaloso y repleto salón legislativo, y entre esa multitud el poeta, nombrado presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara, sobresalía con su iluminada personalidad. Estaba de pie en uno de los pasillos, y entre gritos y porras, ofensas y golpeteos de mesa de los diputados, Sabines escribía en un cuaderno los insultos que la oposición otorgaba a los priistas. En apenas 15 días la lista aportaba más 100 expresiones: "los priistas son sordos, ciegos, mudos, ineptos, insensibles, cínicos, magos, alquimistas, hampones, culeros, irresponsables, sucios, robots, indecentes, chanchulleros, asquerosos, tortuosos, pillos, escorias, hijos de su madre, extraterrestres, surrealistas, humanoides, cachirules, mezquinos, vulgares, cachondeadores, fascistas; y además, en escala zoológica, de manera precisa y simultánea: dinosaurios, coyotes, golondrinas, gaviotas, puercos, perros, mapaches, borregos y ratas", escribió Sabines.

Uno de esos días, al participar en una votación, desde gayola alguien le gritó: "Sabines, Los amorosos son del PSUM". "Bueno —dijo él— está bien que sean del PSUM o del PMT; creo que pueden ser de todos los partidos".

Era muy conocido el recelo que el Sabines sentía hacia las entrevistas, sin embargo en esta ocasión, para mi sorpresa, aceptó que lo fuera a entrevistar previó envío de un cuestionario que le mandé por fax.

Le llamé por teléfono unos días después: "Ya recibí tu fax —me dijo—. ¡Estás loca!, tiene 51 preguntas! Le voy a dejar 17". Una semana después realicé aquella entrevista que duró más de una hora, luego me dedicó mi deshojado Recuento de poemas: "Para Pilar, que este día 17 de diciembre de 1988 me ha chupado toda la sangre con su famosa entrevista para el Canal Once. Un beso, Jaime Sabines".

En diciembre de 1989, el poeta sufrió un accidente en el que se fracturó la pierna izquierda; las complicaciones fueron creciendo y otros malestares aparecieron. Ni casi 40 operaciones lograron reponerlo totalmente en la década que siguió. Sabines no volvió a caminar sin dificultades y parte de esos años estuvo postrado en cama. Unas semanas después de su accidente lo llamé para ir a verlo. Así comenzaron mis visitas a su casa del Pedregal. Durante un lustro, casi siempre a las 11 de la mañana, frente a algunas tazas de café y de sus cigarros Delicados. Algunas veces me dejaba entrevistarlo por su cumpleaños o alguna nueva edición o traducción de sus poemas.

Solía llevarle siempre algo, la más de las veces un queso, y por supuesto libros, o publicaciones en las que se decía algo sobre él. Alguna vez, por no llegar tarde, tuve que saltarme la compra del regalo. Al llegar me dijo: "¿Y mi queso?" Le expliqué los motivos por lo que no lo llevaba, y me contesto: "Pues cuando te vayas pasar por él y me lo vienes a traer".

Dio así comienzo a una amistad profunda. Cada encuentro era un portento de reflexión filosófica y proverbial sobre la condición humana y sus contradicciones, y una lección de vida de alguien que, aquejado por la enfermedad, siempre esperaba el amanecer. No había ocasión en que no saliera de la casa del poeta con una emoción que me desbordaba.

En varias ocasiones le pedí me dejara grabar cada charla, quería guardar para siempre sus palabras. Primero me dijo: "No seas abusiva, ya eres mi amiga, y ahora quieres también grabarme; eres un verdadero pulpo. Además ¿a quién le va a interesar mi vida, lo que yo diga?" Insistí y en una de esas visitas me dijo: "Está bien, te voy a dejar que me grabes, pero no ahora. Cuando vuelva a caminar aceptaré que me entrevistes e iremos a un parque, caminaremos por alguna calle, tomaremos un café y así podrás entrevistarme". Ese día nunca llegó. Pero sí el momento en que accedió a esa larga entrevista que se prolongó por cinco años. Sí, pasó otro lustro de encuentros casi semanales y largas conversaciones cuya riqueza originó en mí la idea de usarlas como base para una biografía. "Eres ambiciosa", me dijo Sabines. "Nadie puede hacer una biografía, ni siquiera de uno mismo; hay cosas que se pierden, que se olvidan. Podrías hacer unos apuntes biográficos, eso sí tendría sentido". A partir de entonces grabé todas las charlas con él. En ocasiones me avisaba de que le harían alguna entrevista, y me pedía fuera para registrarla, o como aquel medio día en que grabó para una colección del Fondo de Cultura Económica un CD con poemas de Neruda.

Los años siguieron. Al cumplir 70 años, la sala principal del Palacio de Bellas Artes fue insuficiente para sus miles de lectores, a los que Carlos Monsiváis definió como la Orden de los Amorosos, una orden que afilia poetas, estudiantes, intelectuales, prófugos de la abogacía, entusiastas del bolero, políticos, burócratas, periodistas. "Si la poesía convoca multitudes no todo está perdido", agregó el cronistas que mantuvo una estrecha amistad con el poeta, y a quien debemos que Sabines haya comenzado en sus últimos años revisar las libretas en las que escribía sus poemas con la idea de publicar algunos inéditos, y que dará origen al libro Poemas rescatados, ardua y minuciosa labor que han heredado sus hijos Julio, Judith y Jazmín, y que los de la Orden de los Amorosos esperamos ver con ansias.

En ese tiempo, Sabines viajó y fue invitado a muchos festivales nacionales e internacionales de poesía: Rotterdam, París, Nueva York, Bogotá, Madrid, Trois Rivier, en Canadá, en donde daba recitales, se traducían sus poemas y, si había silencio total, como en la lectura que ofreció en la Residencia de Estudiantes de Madrid les decía:

"Hay silencios ominosos de parte de ustedes. Por qué no me dan dos o tres palmadas por cada poema?, es que no pido precisamente aplausos, pueden ser tomatazos, pero lo que quiero es una respuesta del público porque uno no está leyendo para la pared, estoy leyendo para oído humanos".

Por eso los aplausos en Bellas Artes, de los que dijo: "duelen", fueron estupendos para el poeta.

Sabines solía empezar sus recitales con el poema "Lento amargo animal", del que decía era una carta de presentación.

Recuerdo que en esos años recibió por correo una invitación a Moscú para un festival de poesía en donde sería el invitado de honor. La declinó porque le daba miedo el frío de Rusia. Alguna vez lo invitaron a Líbano, la tierra de su padre, el mayor Sabines, tampoco quiso ir porque temía encontrar un país muy diferente al que recordaba su padre, que lo dejó siendo niño y nunca volvió. "Yo soñaba con ir a conocer la tierra de mis ancestros, pero luego ya no me dieron ganas de ver un Líbano destrozado, como parece estar ahora: las luchas intestinas han acabado con él", me comentó.

Jaime Sabines fue y sigue siendo un poeta de todos. He sabido que hay un programa de radio en Buenos Aires que inicia cada mañana con la voz de Sabines diciendo: "Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo..." El programa lleva el nombre de ese poema. Y cuando tuve la oportunidad de presentar mi libro en Beirut, a invitación del embajador Jaime García Amarla y la embajada mexicana en ese país, conocí a tres o cuatro académicos que trabajaban sobre la obra de Jaime Sabines y que opinaban que parecía un poeta árabe que nunca hubiera salido de Líbano.

"Creo que toda esa literatura árabe y mi descendencia paterna marcaron mi visión fatalista de que el hombre, cuando habla de libertad, no es más que un muñeco manejado por la vida.... Me encanta toda la literatura árabe. Creo que es muy diferente a la occidental; ellos son más sueltos, más profundos, más líricos, ven el mundo con ojos más generosos, más transparentes. Tagore es uno de mis grandes maestros: me fascina por su sinceridad, por su ternura; posee un elemento al que yo aspiro: la profundidad de la poesía oriental. Lograrlo ha sido mi meta", me contó en otra charla.

Hoy celebramos los 90 años de Jaime Sabines y el poeta que cantó a la muerte, pero sobre todo a la vida, parece estar aquí entre nosotros diciéndonos palabras como estas:

"¡Hay que insistir en vivir!, son palabras que me he repetido en estos años. En el fondo no hay más que deseo de vivir porque la vida es estupenda, a pesar de todo lo que te puede doler. La felicidad está en todas partes, a todas horas, es cuestión de que te des cuenta y la agarres. Mañana se te puede escapar, desde luego, pero la puedes volver a tomar de nuevo. No es que sea un terreno amurallado: está a nuestro alcance a todas horas: así como se viven momentos de agobio o de tristeza, de dolor o de angustia, todo esto se mezcla para hacer lo que llamamos el tejido de la vida".

"Esa es la conclusión, todo lo que he escrito llega a eso, todo se resume en estas tres palabras: hay que vivir". Y así, viva, está la obra de Sabines entre sus lectores.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.