El inventario de sí mismo

La vida y la obra de José Emilio Pacheco son, en varios sentidos, un ejemplo de tenacidad e independencia.

Ciudad de México

En primer lugar, él representa la voluntad creativa del escritor. Los primeros libros de poesía de José Emilio Pacheco no nos ofrecen, probablemente, una voz original. Hay algo en ellos cansino, repetido, más un intento que una verdadera realización, pero a través de un esfuerzo de trabajo implacable, de la revisión continua tanto de sus poemas como de sí mismo, él logra transformarse, encontrar la voz individual e inventar ideas y metáforas propias.[*]

En segundo lugar, él significa la conciencia de que el pensamiento sobre la naturaleza del hombre es una reflexión poética inevitable. Por eso, sus textos líricos nos dejan ver cómo la exploración moral puede devenir un análisis afilado, inmisericorde y transformarse en una reflexión ácida, dura y burlona. Los poemas irónicos, cínicos que escribió en su madurez son composiciones perfectas y poderosas. Las piezas “Cuento de espantos” y “Ulan Bator”, no solo nos conmueven, también nos cuestionan en nuestra condición de seres equivocados, precarios y ficticios.

En tercer lugar, de un modo sutil y al mismo tiempo decidido, nos mostró la pertinencia de la poesía, si no política, sí social, capaz de pensar nuestro tiempo real y concreto. A partir del momento que abandona el intento de crear una lírica del entusiasmo y las imágenes —admirada por él, pero una forma antagónica de su humor apocalíptico— y asume de manera creciente una profunda preocupación ética y metafísica, comienza a producir textos que tienen como propósito dar cuenta crítica de nuestro tiempo. Pueden gustarnos o no, pero son en varios casos composiciones insoslayables. Algunos de esos poemas han devenido un lema o un epigrama de la generación de los años sesenta y de nuestra condición contradictoria. Uno de estos textos es, desde luego, el poemínimo, la poesía en segundos: “Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años”.

No es verdad que la poesía de José Emilio Pacheco haya sido aceptada de una manera fácil. No fue así, ni podía serlo, ya que él se atrevió a nadar a contracorriente de las formas de escritura en boga y reivindicó no solo su visión personal sino el papel de la escritura como una forma de conciencia del hombre en general y de la historia en particular. Además, afirmó su derecho como escritor a pensar diferente y no coincidir. Esto lo llevó a alejarse de Octavio Paz. Dejó de publicar con frecuencia en la revista Vuelta y se refugió en su magnifica columna de crónicas literarias, “Inventario”, de la revista Proceso. Por otro lado, durante los años de este distanciamiento fue objeto de ataques tanto de escritores de su generación como de una parte de los jóvenes de ese momento, directores o subdirectores de revistas leídas o muy leídas. José Emilio Pacheco arrostró la embestida. Ignoró los accesos de vehemencia hacia su persona y, cuando fue necesario, contestó con exactitud e inteligencia. Frente a la opinión que apostó en su contra, subestimando su poesía y sus críticas escrupulosas, el inventario de sí mismo que él creo de un modo minucioso, con modestia, pero también con un temple admirable, lo convirtieron en un gran escritor mexicano. José Emilio Pacheco pertenece todavía a una época en la que el rigor y la universalidad eran la medida de nuestra literatura.



[*] Este texto está basado en el artículo “Las batallas del sentido” publicado en Pequeños ensayos largos, Ed. Juan Pablos, México, 2001.