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Lunes , 24.09.2018 / 03:19 Hoy

Introducción a la tristeza clitoridiana (en la del Valle)

Es la primera mujer en su familia que llegará soltera a los 30. Los hombres la indignan, los considera imbéciles.

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En el noveno piso de un edificio ochentero ubicado al principio de la calle Fresas la han dejado sola. Sola en el departamento de su infancia. De las tres habitaciones, dos están vacías. Montó su despacho en el cuarto de servicio y ahí Lorena trabaja todas las mañanas. Es diseñadora gráfica. La sala y el comedor —separados por tres biombos de bambú— comparten una peluda alfombra azul profundo que Lorena odia con la vista, pero no puede dejar de sentir placer cuando la pisa descalza.

Primero (enero 2014), la dejó su hermano —busca ser arquitecto en Londres—, luego (septiembre 2014) murió su papá —de un derrame cerebral—, y después (enero 2015) su mamá le anunció que se iba de tiempo completo a la casa de campo en Valle de Bravo a disfrutar su viudez en compañía de sus amigas y que Lorena podía quedarse en el departamento de Fresas. Así lo dijo: “El departamento de Fresas”; que su madre nombrara con esa frialdad el hogar en el que habían vivido juntos durante 26 años la hizo comprender dos cosas: que la familia estaba rota y que —por fin— la habían dejado sola.

***

La desconcierta ser mujer en los mismos lugares en los que fue niña: cruzar ahora —a los 29 años—, con la cabeza llena de tristeza clitoridiana, el mismo parque —San Lorenzo— que a los siete años visitaba los domingos con su abuela para comer helados de vainilla en una banca bajo las hojas de un naranjo.

Es la primera mujer en la historia de su familia que llegará soltera a los 30. Los hombres la indignan, los considera irremediablemente imbéciles. Ha salido con muchos (¿27, 30?), todos veinteañeros —la idea de meterse con un cuarentón la asquea— de distintas procedencias: hípsters de la Condesa; punketos del Centro; fresas del sur (Pedregal) y del norte (Bosques); neohippies de Coyoacán; pandrosos socialistas de Tláhuac, Xochimilco y Vallejo; godínez de Cuajimalpa; pequeños empresarios orgánicos de la Roma y la Juárez, y ninis de La Herradura. Todos coinciden en su incapacidad en hacerla venir con la lengua; en poseer inútiles cuerpos rígidos en donde el sexo comienza, existe y muere con una penetración. Hombres aterrados ante las exigencias de su clítoris anhelante de nuevos esquemas en donde imaginación y elasticidad sean más importantes que la dureza. Y duros han sido los 27 o 30 hombres con los que ha salido Lorena: duros (algunos efímeros, otros resistentes) y ya.

Lorena últimamente —cuando camina por Félix Cuevas y entra al Liverpool Insurgentes por la calle Oso, como hacía de niña cuando los sábados la llevaban a comprar chocolates— piensa en el clítoris de su abuela; se pregunta si ella también sufrió tristeza clitoridiana y —mujer de su época— la resistió muda, sometida, en amarga quietud.

Lorena, rabiosa, decepcionada, una y otra vez, corre de su cama a los inútiles hombres que desprecian —porque no lo entienden— a su clítoris. Los corre y a veces llora. Si no es muy tarde llama a su mamá y habla con ella sobre cuando eran una familia en la calle Fresas; le cuenta chismes sobre gente del pasado. Lorena habla con su mamá hasta que los ojos se le cierran solos con los sonidos de la noche y se queda dormida con la tristeza clitoridiana latiendo tenue, profunda, al fondo de sus días y sueños, detrás de cada uno de sus pensamientos.

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