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Sábado , 21.07.2018 / 16:42 Hoy

Intersticios: El Único y sus cadenas

En el caso de Stirner, su defensa del egoísmo absoluto, basada de inicio en la idea de que no hay mayores ególatras que Dios y que el Estado, no encaja con las posturas actuales del individualismo a ultranza...

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Eduardo Rabasa

Como bien apunta Roberto Calasso en el ensayo que escribió sobre El único y su propiedad, de Max Stirner, lo raro en el caso de pensadores como Stirner o como Nietzsche es que no hubieran sido enarbolados por causas o regímenes de todo tipo, incluida, sobre todo en el caso de Nietzsche, la famosa y burda asociación entre su pensamiento y el nazismo. Y es que frente a la manía moderna de clasificar y encasillar todo de la manera más aséptica posible, la aparición de un pensamiento atípico, inquietante, que de ser tomado en serio sacudiría nuestra concepción de nosotros mismos y del mundo, genera tal rechazo que, además de la táctica preferida de ignorarlo, la otra vía más sencilla para neutralizarlo consiste en adherirlo a alguno de los moldes preconfigurados con los que pensamos y actuamos en el mundo.

Así, en el caso de Stirner, su defensa del egoísmo absoluto, basada de inicio en la idea de que no hay mayores ególatras que Dios y que el Estado (pues exigen obediencia y sumisión absoluta e incondicionales), no encaja con las posturas actuales del individualismo a ultranza, que en el nombre de la libertad de acumular en realidad instaura y defiende un régimen que en el nombre de todos enriquece y beneficia a una élite cada vez más reducida. Stirner contrapone la idea délfica del autoconocimiento con la idea moderna de individuos que actúan como poseídos por el mandato de códigos racionales y seculares, que al perseguir fantasmas niegan su cuerpo y se niegan a sí mismos, siempre en aras de metas cambiantes que por definición jamás alcanzarán: “En el frontispicio de nuestro siglo no se lee ya la máxima délfica: ‘¡Conócete a ti mismo!’, sino: ‘¡Explótate a ti mismo!’”.

Si la modernidad le cortó la cabeza a Dios y al Rey, fue solo para sustituirlos por ideas igual de esclavizantes, en cuyo nombre se justifican y legitiman atrocidades iguales o peores que aquellas que estaban llamadas a combatir. Como contrapartida al individuo gregario, Stirner propone el Único, el sujeto que hace suyos sus deseos y pensamientos, que no espera un código moral o social que le dicte cómo ha de vivir, sino que se atreve a valorar y aceptar las consecuencias de sus actos. El Único de Stirner no quiere ni todo para sí ni ceder ante cualquier impulso, y privilegia la asociación y la fraternidad electivas, nunca impuestas ni mezquinas. Quiere simplemente poder ser él mismo, no más, pero tampoco menos, y cortar las cadenas sociales y mentales que lo atan a una vida correcta, prefigurada y decidida en lo esencial incluso desde antes de su nacimiento.

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