Los intelectuales en Venezuela

El caos y la polarización social, sumados a la crisis del papel que amenaza al trabajo editorial y periodístico, son el centro del siguiente reportaje sobre el futuro cultural del país sudamericano.

Ciudad de México

En estos días de humo y neblina, intelectuales, editores y escritores también están ahí, en primera línea, detrás de sus respectivas trincheras. Una atalaya en pleno campo de batalla, donde se venden libros y se realizan encuentros en torno a la cultura. Un periódico que se va quedando sin páginas y aún así continúa circulando. Una editorial estatal, quizás la más prestigiosa de América Latina, que produce como si nada y —de realizarse— se prepara para la próxima feria del libro. Un suplemento que consiste en ir andando por Caracas y que espera por papel para volver a la calle. Una novela policial por escribirse en momentos en que la realidad superó a la ficción.


GARCILAZO PUMAR Y RODRIGO BLANCO, LUGAR COMÚN

Restos de basura quemada, grafitis: sin evolución no hay revolución, hombres en moto, gente mirando y preparándose para una jornada más de protestas en el sector de Altamira —a las 10 de la mañana la calle está semicortada—, un obelisco y en la esquina, una librería ubicada en el epicentro de las manifestaciones. Garcilazo Pumar y Rodrigo Blanco son socios y editores, pero desde el año pasado enfrentan dificultades para poder seguir con sus publicaciones. Este es el Lugar Común, el lugar de todos, dice Pumar, respecto a su atalaya que se mantiene firme y no ha sufrido daños a pesar de los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes prácticamente a la puerta. “Aquí se reúnen desde grupos anarcopunk y de diver­sidad sexual, pasando por una gran cantidad de escritores”, sigue Pumar. Se jactan de ofrecer la mejor oferta de libros de izquierda de la ciudad y de contar a muchos chavistas entre sus fieles. Aun así no tienen gran contacto con el sector oficial. Se refieren a algunos de los intelectuales del régimen, que ya no tienen mayor actividad cultural y se han convertido en funcionarios. “Ya no piensan, la­dran”, dice Pumar. Como en el resto de la sociedad, la polarización también afecta al campo intelectual. Blanco denuncia que “incluso intelectuales dentro de la oposición, no voy a dar nombres, pero de los cuales uno espera cierta iluminación, toman también el atajo de apoyar situaciones de violencia en la calle que son la negación misma del trabajo intelectual”. Todo lo contrario a lo que se pro­pone Lugar Común, pensado como un espacio para abrir debates. “Quiero creer que la libertad de pensamiento aún es posible en todos los venezolanos”, dice Garcilazo.

El intelectual siempre fue un insubordinado, dicen, pero su rol ya no es de guía como en el siglo XIX o parte del siglo XX. “Antes el escritor podía ser presidente y estaba en la vanguardia de los cambios, yo creo que ahora más bien está en la retaguardia —acota Blanco—, y su función es más humilde, pero también necesaria: mantener un poco de cordura y estabilidad en medio de la sinrazón. No hay que perder de vista cuáles son los verdaderos debates que se están dando, más allá de la acción de calle, más allá de la represión, y sin olvidar que todo eso ha pasado, acá hay una situación de crisis transversal y es lo que a veces los radicales de lado y lado no quieren que se discuta: la inseguridad, los altísimos niveles de mortandad y de violencia, la crisis alimentaria y de producción, la falta de materias primas para todo, crisis hospitalaria, crisis de gobernabilidad, crisis de institucionalidad, la no separación de poderes, o sea, todo ese tipo de problemas”.

De alguna manera la falta de papel les afecta a todos (o a casi todos). Los editores de Lugar Común no creen que se trate de algo planificado, al menos en el caso de las editoriales, sino de la ineficacia general. “El gobierno simplemente no ha podido garantizar ni siquiera el abastecimiento del producto más venezolano que hay que es la harina pan”, dice Garcilazo Pumar. “El tema del papel nosotros no lo resolvemos, estuvimos casi un año sin poder publicar nuevos libros, hace dos semanas pudimos publicar nueva­mente un título utilizando papel bond que es el que se consigue, pero ya no podemos hacerlo más porque ahora no hay planchas para imprimir —relata Blanco—. En nuestro caso se ha parali­zado la producción. En otros casos, han podido imprimir a precios prohibitivos”. Dicen que incluso las editoriales del gobierno han bajado su nivel de producción, pero éstas no lo reconocen.

Ambos editores con formación de izquierda son antichavistas pero no están con la oposición. “Nos hemos propuesto elaborar algo —dicen—, pero el gran problema es que todos los días cambiamos nues­tra percepción del asunto. Hay que ser un tipo con una capacidad analítica extraordinaria o un genio para entender qué es lo que está pasando aquí. Yo la verdad no puedo”.


ELÍAS PINO ITURRIETA, EL NACIONAL

El bus se encumbra por las sinuosas curvas de las montañas que rodean Caracas, pasa por el búnker que es la embajada de Estados Unidos, se detiene frente a un centro comercial. En el café espera Elías Pino Iturrieta, historiador y profesor universitario, además de editor adjunto y columnista del periódico El Nacional, uno de los principales del país que en el último tiempo lleva el slogan: “sin papel no hay periódico”, porque ha debido reducir dramáticamente sus páginas, suplementos y la cantidad de libros que publica. Al igual que otros periódicos como Últimas Noticias, El Nacional tiene papel hasta mediados de año y después nadie sabe qué va a suceder. Tendrán que iniciar muy pronto los despidos, confiesa, pues tal como reclaman los trabajadores de la prensa, la falta de papel en el país está poniendo en riesgo el trabajo de 30 mil personas.

Pino Iturrieta, antimilitarista y antigolpista, de­cano de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, UCV, dice: “El presidente Hugo Chávez utilizó la historia como no la había utilizado jamás un político venezolano. Comenzó a construir un relato de su revolución y de su papel partiendo de la historia de Venezuela, y vinculándolo con Bolívar. Eso no es nuevo… Aquí no hay sino un dios verdadero y se llama Simón Bolívar. Eso se exacerba con Chávez y la gente en general se vuelca hacia el historiador. Entonces la historia se convierte en un fenómeno importante para la so­ciedad venezolana como nunca había sucedido y el intelectual dedicado a la historia ocupa un plano que jamás había ocupado. Por ejemplo, el recientemente desaparecido Manuel Caballero, quien se convirtió en una estrella mediática. Nunca antes el libro de historia se había convertido en un best seller”.

Parecerá presuntuoso, advierte, pero hay un gran desnivel entre los intelectuales del chavismo y los del otro lado. “Acá hay —dice por el lado suyo— historia­dores de primera línea y de reconocimiento nacional e internacional, allá hay repetidores de discursos de Chávez, entonces el enfrentamiento no se da porque el poeta tal discute con el poeta cuál, el historiador tal en un debate le saca la madre al otro, no, simplemente eso no existe”. Quizás por esta percepción o por la polarización que lo permea todo, aunque el profesor Elías no se identifica con los líderes actuales de la oposición, no puede reunirse hace unos ocho años a tomar cerveza con quienes fueron grandes amigos y discípulos, y que ahora son del otro bando. En estos días se abusa de la palabra fascista. “Es inadecuada tanto cuando la maneja el gobierno, como cuando la maneja la oposición. Eso no existe, por fortuna. Es un término que no explica la realidad, sino que la oculta. Tenemos que buscar el entendimiento del chavismo y del antichavismo mirando la historia de Venezuela. Maduro nos dice fascistas a los estudian­tes, a los profesores. Él es producto de una militarada tropical lamentable, que inventó un término para permanecer y para justificarse: el socialismo del siglo XXI”, dice Pino, quien trabaja en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Católica Andrés Bello. En su opinión, “hay una unión pro­clamada por la misma precariedad: los estudiantes reclaman becas, los profesores reclaman sueldos. Que las becas son muy pobres, que los sueldos son muy pobres. Que no hay seguridad en los campus. No es que se trate de que vamos a unirnos por interés político, se trata de que no nos queda más remedio que unirnos porque son las mismas reivindicaciones que estamos reclamando”.


CARLOS NOGUERA, MONTE ÁVILA

Los intelectuales se pronuncian, están activos, tienen blogs, programas de televisión (aunque desde las propias filas de la izquierda se denuncia la salida del aire de varios programas de televisión a cargo de escritores e intelectuales progobierno), columnas de opinión. Están los intelectuales, que apoyan a los estudiantes y que llamaron al gobierno a abrir “espacios reales de diálogo político que encaucen la búsqueda de soluciones por vías pací­ficas y que se desmantele la tentación de atajos violentos antidemocráticos”. Y están los intelectuales y artistas que apoyan al régimen y que recientemente sacaron un comunicado condenando la vio­lencia de “ellos”: “Desde hace varias semanas la derecha fascista en Venezuela ha venido llevando a cabo un conjunto de acciones de desestabilización, orquestadas en acompañamiento con las agen­cias de inteligencia del imperialismo” y hacen un “llamado a todos aquellos que tienen diferencias con el Proyecto Bolivariano, para que éstas sean expresadas de manera verdaderamente pacífica, sin alterar el orden y la vida pública, en los distintos espacios de diálogo que garantiza la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, y que la revolución siempre ha proveído para la expresión de todos y de todas”. A este último grupo pertenece Carlos Noguera, director hace 11 años de una de las editoriales más prestigiosas de América Latina, con una historia de casi medio siglo y catálogo de casi dos mil títulos entre traducciones y ediciones de poesía, narrativa y ensayo latinoamericano. Antes de conceder la entrevista, preguntan si es para un periódico “imparcial”.

Para hablar del rol del intelectual en esta “crisis”, Noguera se remonta al inicio de su militancia en los años 70 y luego por la historia del chavismo, pasando por el golpe petrolero. “Entre los intelec­tuales bolivarianos existe una unidad, monolítica no es una palabra que me guste, pero es una unidad bastante apreciable incluso desde afuera y en buena medida, causada por estos incesantes ataques de la derecha y del adversario político. Esta delicada situación que está viviendo el país se expresa en varias dimensiones. En primer lugar, la defensa de la Constitución y las leyes, la Constitución de la República Bolivariana del 99, y de las leyes que surgieron para darle sustancia a esa constitución, la defensa de la democracia y de la revolución, y de la lucha por la paz, eso es nuestra divisa fundamental”.

En su opinión es necesario distinguir entre la gente que protesta y “estas vanguardias violentas que son claramente otra cosa, gente pagada, sicarios. Entre esos dos adversarios políticos se mueve la derecha, constituyen una buena masa, son casi el 50 por ciento. Nosotros les ganamos a veces por 5 puntos, a veces por 4, a veces por 11 como le ganamos la última vez en diciembre, pero hay una presencia importante de un movimiento de derecha, y ellos tienen todo el derecho a salir a la calle a protestar pacíficamente”.

Le pregunto si le ha afectado la falta de papel en su trabajo. “Soy un editor y no estoy enterado de la parte de la imprenta —responde—. Como no soy impresor, he tratado de delegar algunas actividades”.

—¿Han reducido o no el número de publicaciones?

—Nuestra producción anual es de ochenta títu­los, y ese plan operativo se ha sostenido. Treinta títulos de reimpresiones y 50 de nuevos títulos en las diversas colecciones —dice el editor.

Vuelvo a preguntar: me refiero concretamente al problema del papel que vienen enfrentando algunas editoriales venezolanas en el último año. “Bueno, la verdad, no tengo cifras y cualquier cosa que te comentara sería un ejercicio de ficción de mi parte, que prefiero reservarla para las novelas mías”. El editor se despide anunciando los títulos que preparan para la próxima feria del libro que tradicionalmente se realiza cada mes de marzo en Caracas.


JOSÉ (CHEO) CARVAJAL, CARACAS A PIE

Caminar por Caracas hoy implica sortear “guarim­bas”, quema de neumáticos, barricadas. Tal vez esa sería la aventura de la página Caracas a pie —que se publicaba en el diario El Nacional durante seis años— si siguiera circulando. Pero en la Venezuela de hoy, más difícil que el papel sanitario es conseguir papel para imprimir. “Era una experiencia extraña al diarismo —dice el periodista y caminante Carvajal en un correo electrónico, los cortes de ruta impidieron nuestra reunión—, distanciada de la información habitual sobre temas urbanos, porque hablaba más desde la ciudad que de ella. Trayectos, reflexiones sobre la marcha, un ejercicio de integrar lo desintegrado a través del andar. Era observación y propuesta. Aunque suene incongruente, mezclo el es con el era, porque si bien quisiera que en algún momento se reactivara, el hecho es que dejó de salir publicada hace ya tres semanas. Salimos de las páginas de este diario porque, vaya paradoja, ya casi no tiene páginas: se redujo de cuatro cuerpos a uno. No por un viraje digital sino porque no hay papel para imprimir. Estiran por cuentagotas su stock y no se vislumbran soluciones a corto plazo. Para importarlo se necesitan dólares que el gobierno no le otorga a El Nacional desde mayo de 2013, según ha revelado su director. La falta de papel en los diarios parece generalizada, menos para diarios como Ciudad CCS, brazo más propagandístico que periodístico de la oficialista Alcaldía del municipio Libertador. Aunque sin ventana para mostrar, seguimos a pie por Caracas”.

Carvajal y su colega Juancho Pinto y comenzaron su experiencia trazando rutas y mostrando lo que veían. La intención no era producir “un simple itinerario turístico”, sino mostrar opciones para caminar la ciudad, a la manera de la deriva situacionista, dando cuenta de nudos y tensiones, de fracturas sociales. De alguna manera era la defensa del peatón en una ciudad en que la gente ya casi no camina.


ELOI YAGÜE, NOVELA POLICIAL

Un escritor de novela negra se nutre de la realidad social y política, así pensaba hasta hace poco Eloi Yagüe, profesor de Comunicación Social de la Universidad Central y autor Amantes letales y El nexo vertical, entre otros libros. Hoy la realidad de su país lo rebasa. “Los sucesos me afectan ante todo como ciudadano —escribe en un correo elec­trónico desde Estados Unidos poco después de bajar del avión—. Hay mucho dolor, desesperanza y frustración porque el gobierno no toma en cuenta el clamor de la gente y responde con represión. Los sucesos actuales no me nutren, me enferman. He escrito novelas donde se reflejan abusos de poder, pero lo que está ocurriendo supera la ficción. Tal vez un autor pudo imaginar lo que sucede en Venezuela: Kafka”.

Yagüe apoya al movimiento estudiantil. “Luchamos por la defensa de la autonomía, por el derecho a la libertad de expresión, por el derecho a la democracia, por el derecho a un presupuesto justo y que se gaste menos en armas y más en educación, investigación, desarrollo, ciencia y tecnología. Y en esas luchas coincide toda la comunidad universitaria: estudiantes, profesores, empleados y obreros. Los intelectuales, periodistas, escritores, y académicos solo podemos hacer una cosa: luchar, en la cátedra y en la calle, por la defensa de las libertades democráticas que actualmente están en peligro de desaparecer por obra de un gobierno que está a medio camino de convertirse en una dictadura”.

Como muchos, Yagüe pensó en un comienzo que Chávez podía en­carnar ese ideal de cambio en Venezuela, aunque nunca le gustaron los militares. “Llegó al poder emprendiendo una serie de cambios políticos necesarios, comenzando por atender a los pobres, a los sectores histó­ricamente relegados. En eso ocurrió la intentona golpista de la derecha en 2002, y Chávez tuvo entonces el gran argumento para defenestrar a sus enemigos y atornillarse en el poder. A partir de entonces empezó a manifestarse como un hombre autoritario, rodeado de aduladores que propiciaron un odioso culto a la personalidad al estilo de Stalin, y reforzó sus antiguos lazos militares para consolidar el apoyo de las fuerzas armadas. Ese proceso de poner todos los poderes del Estado en manos de sus partidarios tuvo su punto alto con la propuesta de reforma constitucional de 2007 que fue sometida a referéndum y perdió por un estrecho margen. De haber ganado, Chávez se habría convertido en un dictador por la vía legal. Así lo entendí y voté NO a la reforma. Recuerdo que esa noche, tras ser anunciado el resultado, Chávez dijo, en cadena nacional, que era "una victoria de mierda”.

Al cierre de esta edición, diversas organizaciones de la prensa denuncian agresiones físicas, detenciones, censura y amenazas a periodistas en las últimas semanas. Factor a lo que se suma la falta de papel. Un malestar se expande y no lo quita ningún papelón (bebida típica en base a panela y limón). Si escucho una vez más la palabra fascismo, vomito.