Una institución cultural

Gonzalo Celorio (Director del FCE de 2000 a 2002).
Gonzalo Celorio.
Gonzalo Celorio. (Cortesía)

Ciudad de México

Estuve a cargo del Fondo de Cultura Económica de 2000 a 2002, un periodo breve pero en el que surgió la colección Noema de ensayo, que publicó una buena cantidad de títulos.

El Fondo cumple una función determinante en el ámbito de la lengua española. Su catálogo nutre, en gran medida, los planes de educación superior en ciencias sociales y humanidades de Latinoamérica y España. Nació en 1934 como un fondo de libros de la rama económica, que Daniel Cosío Villegas creía importante para los estudiantes de la Escuela Nacional de Economía.

En 1939 amplió su espectro temático y de publicaciones. Editó literatura, sociología e historia, hasta convertirse en una especie de “fondo de cultura ecuménica”, como algunos solían llamarle, que rebasó fronteras y adquirió un papel relevante en la educación latinoamericana a través de sus filiales en el extranjero. Así, cuando la censura franquista limitó la edición, para España el Fondo fue una especie de ventana abierta al mundo y lo mismo ocurrió en Argentina. No pasó lo mismo en Chile porque Pinochet cerró sus puertas.

En la época de Miguel de la Madrid se creó la colección La ciencia desde México, que poco después cambiaría su nombre por el de La Ciencia para Todos, en la que los científicos mexicanos elaboraron materiales de divulgación. También se abrió la colección de literatura infantil, con títulos de enorme calidad.

Los momentos críticos también son parte de la historia del Fondo. Arnaldo Orfila fue expulsado de la dirección por publicar Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis,  y yo pasé por un asunto semejante, suscitado por la incomprensión gubernamental acerca del papel que el Fondo debía ostentar. Las presiones vinieron de la cabeza de sector: la Secretaría de Educación Pública. Para el régimen de Vicente Fox, el Fondo no debía subsidiar filiales en el extranjero. Su gobierno podía entender que se manejara con recursos fiscales y que no fuera rentable pero no que una institución mexicana mantuviera nuevas filiales en Argentina, Brasil, Perú, España, Estados Unidos, Venezuela o Colombia. Se pensaba que era una erogación gratuita cuando realmente le otorgaba a México un liderazgo educativo; jamás entendió la rentabilidad cultural y política que aportaba al país.

Me presionaron mucho para que las filiales fueran autosuficientes. Trabajé empeñosamente en eso y más o menos lo conseguí pero hay que tener en cuenta que una editorial de Estado no puede ser rentable (como no es rentable publicar a Sor Juana Inés de la Cruz o a Kierkegaard pero hay que hacerlo). Equivaldría a privatizarla. Hay que buscar un equilibrio, y eso no es tan sencillo, y como yo no tenía ningún vínculo político con el partido en el poder, carecí del apoyo necesario  para cumplir cabalmente mi labor.

Hoy el Fondo enfrenta un reto editorial: los nuevos soportes electrónicos. Tiene que ver de qué manera cumple la función ulterior de cualquier publicación, que es la de establecer una relación estrecha entre el autor y el lector. Debe estar a la vanguardia de los nuevos mecanismos de publicación electrónica que, en algunos casos, sustituirán al papel pues, por naturaleza, el Fondo no es solamente una editorial de ventanilla que recibe originales para ponerlos en las librerías. Tiene la responsabilidad de buscar lo que es necesario publicar, debe estar atenta y sensible a lo que ocurre en el mundo. Antes de ser una editorial es una institución cultural.


*Versión a partir de una entrevista realizada por Héctor González.