El insólito Ricardo Garibay

El Santo Oficio.
Ricardo Garibay
Rocío Vázquez (Archivo)

Ciudad de México

El cartujo recuerda a Ricardo Garibay una tarde —en el estudio de su casa, en Cuernavaca— gritándole, exigiéndole preguntas rápidas y precisas. Era un torbellino y él no encontraba donde protegerse. Lo entrevistaba con motivo de la publicación de su novela Taíb y al concluir, tembloroso, con el corazón a la deriva, se sacó una última pregunta de la manga: ¿Por qué nadie lo quiere?

Como respuesta esperaba una bofetada, un gancho al hígado, quizá una mentada. En vez de eso, el escritor cerró los ojos, apretó la poderosa mandíbula y luego, con inusitada humildad, le dijo con calma: “Porque he sido soberbio, grosero, porque la amistad es muy frágil y no la he sabido cuidar”.

La remembranza surge después de leer la conversación de Elena Poniatowska con Garibay incluida en Palabras cruzadas (Era, 2013), donde éste habla de su relación con los poderosos, de los intelectuales, de la izquierda mexicana y su “falso revolucionarismo tan cómodo desde el café y desde la existencia perfectamente burguesa y parásita”. Es un retrato cabal de uno de nuestros escritores imprescindibles, como lo llama Josefina Estrada en el prólogo de Ricardo Garibay. Antología (Cal y arena, 2013), cuya revisión alienta también esta reminiscencia.

El libro preparado por la autora de Virgen de medianoche es una excelente puerta de entrada a la literatura y al periodismo de un hombre cuyo único destino fue la escritura. Dividido en seis apartados: cuento, memoria, crónica, semblanza, diálogos y paraderos literarios, muestra la fuerza y enorme calidad de la prosa de un hombre dispuesto siempre al combate.

“Para mí —dice en uno de los dos epígrafes de la antología—, escribir es pelear, pelear contra todo y contra todos, y lo más, pelear en mi contra —y sé bien lo que digo, no hay ingenuidad ni jactancia barata—. Y como de muchos modos me amo y me detesto sin pudor alguno, no quiero que la derrota me venga de fuera”.

En su prólogo, Estrada recorre la vida y obra de Garibay, menciona su amistad con Fausto Vega y Rubén Bonifaz Nuño, sus incursiones en el teatro y en el cine, su trabajo como comediante radiofónico, su afición por el billar, su experiencia como modelo en la Academia de San Carlos y sparring del boxeador Trini Ruiz. Todo lo aprovechó en su literatura. “Desde su primer relato —consigna la antologadora—, Garibay abrevó en su vida para escribir. Podría ser el prosista mexicano que, con más clara decisión, se erigió a sí mismo como personaje”.

Fragmentos de Fiera infancia y otros años, Las glorias del Gran Púas (crónica de las andanzas de Rubén Olivares, el más grande ídolo del boxeo mexicano en los años setenta), notas de sus lecturas, cuentos como “Naúfragos” y “Oro de peso pluma”, entre muchos otros textos, aparecen en esta antología de un hombre lleno de demonios, de contradicciones, pero también de irremediable amor por las palabras.

Queridos cinco lectores, con tristeza por la muerte del entrañable dibujante Manuel Ahumada, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.