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Viernes , 21.09.2018 / 06:00 Hoy

Inocencia bajo la nieve

Vibraciones

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Las palabras que acompañan el número de las sinfonías de Joseph Joachim Raff (1822–1882) pueden dar una idea falsa: no buscan establecer un programa extra musical, sino ofrecer sugerencias sensuales, y eso —sembrar imágenes que evoquen mundos sonoros— lo convierte —desde un punto de vista conceptual— en un precursor del impresionismo.

Escuchemos, por ejemplo, los movimientos uno y dos de los cuatro que componen la Sinfonía 11, El invierno. El primero (allegro) lleva por subtítulo “La primera nevada”. La escritura es atrevida: una forma sonata descompuesta, tan enrarecida que ya casi nada puede reconocerse en ella desde una postura clásica.

Se exponen muchas melodías rotas, que solo son insinuadas, una tras otra (a veces se evitan, a veces se rozan, a veces se enciman), y luego desaparecen sin haberse completado. La sensación es de misterio y también de movimiento, como si el oído avanzara a gran velocidad por una campiña y escuchara muchas cosas —pájaros alegres, tres niños juegan, un perro ladra, chillidos de puertas entreabiertas, agua que cae, el molino quebranta café, galopan caballos— sin poder aislar —y por lo tanto entender— ningún acontecimiento sonoro: los recibe distorsionados y lejanos, envueltos en la confusión distante de un viaje.

Un inicio de melodías rotas —un inicio hipnótico, intrigante y discontinuo— le permite a Joachim Raff establecer, hacia la mitad del movimiento (que dura casi 11 minutos), un desarrollo regido por la dinámica de lo impensado, en donde nada (ni un giro, ni un acento, ni un color, ni una forma) resulta predecible: ante tal abundancia de temas en estado embrionario, cualquier fragmento que se decide completar suena lógico, mas no obvio. Y el compositor decide completar una melodía de pasión atormentada, profundamente romántica, que brinda cierta quietud, cierto estatismo, como si de pronto comenzara a nevar y el oído hubiera buscado refugio, y desde ahí —viendo la nieve caer desde la tranquilidad de un lugar seguro— quedara a merced de sus pensamientos, y poco a poco su ánimo se oscureciera hacia la tristeza.

Pero alrededor del tema principal todo es inquietud y sorpresa: las melodías rotas saltan y mutan y se combinan. Su agitación es frenética. Los acontecimientos sonoros han cambiado drásticamente. Ahora los pájaros se insultan unos a otros, los tres niños han corrido a sus hogares (sus madres, histéricas, los han llamado), el perro gime de frío, las puertas están herméticamente cerradas, el silencio en la cocina es de cementerio y el agua cae sin tregua: anega caminos (esos caminos por donde galopaban los caballos que ahora se protegen en el granero) que bajo la nieve han desaparecido.

Joachim Raff escribió El invierno en 1876 —seis años antes de su muerte— pero nunca la publicó en vida (se estrenó en febrero de 1883). Entonces surge una pregunta: ¿no la publicó porque la consideró demasiado atrevida o porque la dejó incompleta? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Las dos posibilidades suenan forzadas. Es claro que el tratamiento melódico (alineado a la tendencia hacia la ambigüedad tonal de los últimos románticos) es atrevido para la época, pero Raff publicó en vida obras posteriores igualmente atrevidas, como las oberturas a dramas de Shakespeare: La tempestad, Romeo y Julieta y Otelo. Desde un acercamiento lógico–estructural, la sinfonía no está inconclusa; la única pista —demasiado vaga— en torno a esta teoría es que el segundo movimiento es el único que no lleva subtítulo (el del tercero es “Al lado de la chimenea” y el del cuarto “Carnaval”).

En este segundo movimiento (allegretto) el oído descubre, desde su sillón junto a la ventana, que uno de los niños desobedeció a su madre y sigue afuera, en la nieve; avienta copos, unos encima de otros, y les moldea formas de muñecos. Hay una melodía principal alegre, traviesa y jocosa; continua y persistente. Aires de vals alrededor de ella. De pronto truenos y ráfagas de viento. El niño se aferra al juego, pero es demasiado fuerte la tormenta, y el oído escucha cómo el niño desfallece y su cuerpo es sepultado bajo los copos de nieve.


hrjoglar@gmail.com

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