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Innecesarias frases hechas

La piel de la cara de Tomás es roja y opaca. Falta intensidad en su mirada. Casi no habla; cuando lo hace, su voz es inexpresiva, pastosa y plana.

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Un año, para Tomás, eran muchas victorias materializadas en la espléndida y frenética fiesta que, al final de diciembre, ofrecía en su departamento de Arquímedes. Una reunión cuyo recuerdo, durante el año siguiente, revivía —triunfante, orgulloso— casi todos los días, como si fuera una presea adherida a la solapa de su saco.

Las cosas cambiaron cuando, en 2010, cumplió 34. Ese diciembre —por primera vez en siete años— canceló la fiesta por falta de quórum. Le fallaron sus mejores amigos; ellos tenían nuevos compromisos: hijos, trabajo, una boda en puerta... Y ya no hubo regreso: la espléndida y frenética fiesta de Tomás quedó en el pasado. Se convirtió en una memoria antigua.

Tomás no le dio importancia. Algún fin de año lo pasó con su familia en Guanajuato y otro cenó con su novia en turno en el último piso de la Torre Latinoamericana. Pero conforme su edad se acercó a la cuarentena, la ausencia de sus fiestas lo deprimió. No era la fiesta en sí, sino lo que significaba: la materialización de sus victorias. De pronto, al no tener ni escenario ni público para poder celebrarlas, comenzó a dudar incluso de la realidad de esas victorias. Y todo aquello que Tomás presumía —ser un exitoso hombre de negocios— se desmoronó ante sus ojos: su departamento de Arquímedes lo heredó de su abuela; era subdirector de Proyectos en la empresa de su tío; esa soltería que tanto presumía se debía más al miedo que a una insaciable necesidad de independencia.

Lo que a Tomás le sucedió en julio, poco antes de su cumpleaños 41, es un misterio que su tío va a llevarse a la tumba. Se sabe que lo encontraron en su oficina inconsciente y dos días después salió del hospital de la mano de su hermana con la receta de un coctel de antidepresivos en la bolsa interior de su saco.

Tomás no ha regresado a trabajar y su hermana, solterona también, se ha mudado al departamento de Polanco para cuidarlo. Tomás se ve tan viejo. Profundas ojeras extienden hasta la base de la nariz un ceniciento cansancio. Hay un agujero del tamaño de una pelota de tenis en el centro de su rizado cabello castaño. La piel de su cara es roja y opaca. La intensidad falta en su mirada. No hay compromiso en sus pequeños ojos color avellana: evaden —abúlicos, desganados— las formas y los rostros. Casi no habla; cuando lo hace, su voz —inexpresiva, pastosa y plana— se limita a monosílabos en innecesarias frases hechas.

Ahora mismo, mientras su hermana encarga por teléfono siete órdenes de bacalao, Tomás camina —paso lento y titubeante—, se sirve café —en su mano tiembla la taza— y aclara: “Es para nuestra fiesta de fin de año”.

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