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Viernes , 22.06.2018 / 14:07 Hoy

Infierno seductor

El autor nos hace testigos del resultado de un colonialismo depredador que se ensaña en la explotación de la naturaleza y en el cristianismo más abyecto.

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Jorge Gallardo de la Peña

El personaje principal de la película es el Amazonas, una franja de agua caudalosa que serpentea por la espesura de la selva para constreñirla y asfixiarla, y entre más infernal se vuelve, más contundente es su seducción. En lo más profundo de esta vorágine impetuosa, aislado de manera voluntaria, vive Karamakate, un chamán con una manera distinta de entender el conocimiento.

El abrazo de la serpiente narra dos historias que el autor estructura en paralelo pero en épocas diferentes: el viaje de Teo, un etnobotánico alemán que está enfermo y busca la yakruna —una planta medicinal con propiedades alucinógenas que puede salvarlo de la muerte—, está situado en 1909, y el de Evans, su colega estadunidense que busca la misma planta con fines científicos, se sitúa en 1940. Así, el autor nos envuelve en un viaje donde el matrimonio entre cielo e infierno se hace epitalamio.

La película plantea que hay maneras distintas de entender el conocimiento, que es propio de cada lugar y funciona de acuerdo con las necesidades de la comunidad; cito dos ejemplos: cuando Teo se enfurece al darse cuenta de que una tribu ha robado su brújula, el chamán evita la violencia obligándolo a embarcarse: “¿Para qué apegarse a las cosas? Eso es típico del blanco, sobre todo cuando están las estrellas, el sol”. Y sabemos, porque es un acto cultural, una tradición de nuestra naturaleza, que cuando el marido está de viaje suele escribir a la esposa; sin embargo a Karamakate le causa tal extrañeza que lo motiva a risa, a la carcajada, pues no entiende para qué y por qué hacer eso; su burla da fuerza a la premisa y al conflicto porque es espontánea y clarifica el choque entre dos civilizaciones que tienen maneras diferentes de ver y entender el conocimiento, pero no significa el poderío de una sobre la otra, sino el de aprender la tolerancia; por eso los personajes continúan su viaje en son de paz.

El autor logra mantenernos en suspenso en las dos historias, nos hace testigos del resultado de un colonialismo depredador que se ensaña en la explotación de la naturaleza y en el cristianismo más abyecto.

El abrazo de la serpiente es una película sincera —el desarrollo de sus personajes lo demuestra—, realizada con oficio, cuyos acontecimientos retratados en blanco y negro remiten al sueño, a la alucinación, a la yakruna; la cámara capta todos los ángulos que exige la acción para intensificar la fuerza del río y la selva, un infierno verde, violento, que tiene la capacidad de seducirnos.

El abrazo de la serpiente” (Colombia, Venezuela y Argentina, 2015), dirigida por Ciro Guerra, con Nilbio Torres y Jan Bijvoet.

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