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Domingo , 23.09.2018 / 02:32 Hoy

Infancia no es Edén

A fuego lento


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Sabemos que los recuerdos pueden tener la consistencia de una taza de té o salir en tropel frente a un pelotón de fusilamiento. Menos seguro es que pueden también servir de asidero cuando la vida se empeña en irse por el desbarrancadero, tal como observamos en La casa inundada de José Mariano Leyva.

Estos recuerdos, por cierto, no son edificantes. Leyva ha elegido un ámbito de la memoria al que tenemos un acceso restringido: el de los niños mexicanos que compartieron sus temores y arrebatos con los niños del exilio sudamericano que hallaron refugio en la Ciudad de México y Cuernavaca en la década de 1970. No habitan una sucursal del paraíso sino un terreno donde se libra una batalla contra los apetitos burgueses. De modo que la infancia tiene poco tiempo para el juego y mucho en cambio para iniciarse en las responsabilidades de la vida adulta, sobre todo porque los padres y las madres no son más que proveedores ideológicos, libertarios hacinados en comunas o cambiando el mundo a la hora del desayuno. ¿El cariño? ¿Qué es eso? El cariño está siempre ausente pero no la acción revolucionaria ni la teología de la liberación.

Como cabría esperar, no hay nostalgia sino desencanto en la voz del narrador, a quien conocemos en un hotel de Tepoztlán después de un fin de semana enganchado a la cocaína y el alcohol junto a una modelo. ¿A esa condición ha ido a parar quien se hizo en la escuela de la tolerancia, la libertad de pensamiento y el desprecio al dinero? En el mundo progre en el que le había tocado crecer, los compañeros de ruta eran capaces de abusar de un niño o meterse a la cama de la esposa de su sobrino pero había espacio también para compartir el sufrimiento ajeno. ¿A dónde fue a dar este último reducto del sueño igualitario? Leyva oculta inteligentemente la respuesta y deja a su protagonista intentando corregir las faltas del pasado cultivando el amor de su pequeña hija.

La casa inundada admira por la luz impúdica que arroja sobre una franja inhóspita de la memoria pero decepciona porque su escritura no está a la altura de los recuerdos que invoca (cómo que “influenciado”, cómo que “Ninguno de los tres la pasamos bien”, cómo que “La pareja de mexicanos se hicieron pasar por regiomontanos millonarios”). José Mariano Leyva se ha preocupado más por acuñar frases despampanantes (“Somos lo que más nos da vergüenza”) que por pulir y volver a pulir hasta dar con las palabras y el ritmo que trasciendan el mero registro. La decepción crece si caemos en la cuenta de que La casa inundada no es su primera novela. Sí: las pequeñas cosas pueden malograr las grandes historias.

La casa inundada
José Mariano Leyva
Literatura Random House
México, 2016

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