El indignado

Caracteres.
El indignado
(Especial)

Ciudad de México

Si estos Caracteres no gustan, me asombro; y si gustan, me asombro igual.

Jean de La Bruyère

Desde 2006, si no un par de años antes, éste es un personaje ubicuo tanto en la república de las letras como en la república a secas. Todos conocemos por lo menos a un indignado. Todos hemos padecido o gozado por lo menos una vez el arrebato de la justa indignación.

No faltan causas para indignarse. En este país inicuo y más que trunco siempre ha habido pobreza. Y crimen, organizado o no. Y corrupción de arriba a abajo de la pirámide social. E impunidad para los de arriba y para los violentos, que no por fuerza son los mismos. Y fraudes, electorales o de cualquier otra índole. Y descontento justificado. Y una elemental desigualdad. Pero nunca como ahora, salvo en los cataclismos revolucionarios, se habían visto tantos indignados.

A últimas fechas, quien tenga acceso a un mínimo de publicidad se indigna públicamente. La actriz de telenovelas donde no aparecen ni por asomo los motivos de la indignación. El cineasta cuyas películas, en sentido literal y figurativo, no son de este mundo. El narrador que novela al narco desde el baluarte de una beca del Estado. La poeta, becaria también y a mucha honra, que versifica la muerte. El funcionario cultural muy bien pagado que tampoco deja de cobrar sus emolumentos. El político de toda laya y partido que se confabula con otros criminales para medrar.

Y luego están los indignados de veras. Los que perdieron un hijo. Los que no saben si lo han perdido. Los hijos de buena o mala madre que siguen vivos y no tienen nada que perder. Y que por esa misma razón o sinrazón se ganan su público a punta de protestas y marchas y bloqueos y a veces de golpes y palos y pedradas y hasta incendios e incluso linchamientos que, lo saben y no les importa, son nuevas causas de indignación.

Y más allá del bien pero no del mal se agazapan los indignantes. Los parásitos y depredadores que, con la complicidad activa o pasiva de los gobiernos y las policías y el ejército, y también sin ella, viven de la sangre de los demás. Los que extorsionan al prójimo. Lo amenazan. Lo secuestran. Lo torturan. Lo matan. Decapitan el cadáver. Lo cuelgan de un puente. Lo incineran. Lo desaparecen. Lo aniquilan con todo y su nombre propio y sus apellidos. Hacen lo que les dé la gana sin que los abajofirmantes indignados los mienten en sus denuncias colectivas. Sin que los manifestantes indignados los repudien. Sin que nadie, y no me excluyo, se atreva a exigirles la paz.

Yo no soy ajeno a la satisfacción implícita o explícita en el acto de indignarse en público. Me indignan la connivencia o la tolerancia o, en el mejor de los casos, la negligencia de las autoridades municipales y estatales y federales con los temibles indignantes. Me indignan la parcialidad o la necedad o, en el peor de los casos, el oportunismo de ciertos indignados. Me indigna que la indignación sea selectiva, que la triste suerte de los de aquí indigne más que la triste suerte de los de allá. Pero, sobre todo, me indigna mi propia y no siempre ineludible indignidad.