Incultura y altruismo

Semáforo.
Semáforo
(SHUTTERSTOCK)

Ciudad de México

La cultura no se hizo siempre como hoy suponemos que se hace. Originalmente, la música era hecha por todos, recreada por todos; la plástica, lo mismo. En YouTube hay varios videos de la tribu Aka, supuestamente una de las más primitivas del mundo. Los aka viven con música: cantan y danzan para organizarse y trabajar, para llevar a cabo sus ceremonias y su vida común. Serán “atrasados”, pero su música tiene variaciones de ritmo, armonías complejas, polifonía y han desarrollado una notable pertinencia de la improvisación individual en el canto. La cultura no es algo que reciben sino aquello que hacen.

En las sociedades complejas y divididas, la cultura es una disposición en la que unos pocos crean y otros muchos consumen. No es el mejor acomodo de cosas, a la larga, porque lleva a fenómenos que los antropólogos han llamado “aculturación”:  los cambios sociales suelen sustituir una cultura, conocida y habitable, por otra, ignorada y hostil, donde las personas quedan como ignorantes, tontos y pobres. Y eso sucedió con las culturas indígenas de América y, en buena parte, con las africanas. Perdieron su cultura y nunca llegaron a estar en situación de paridad con los nativos de la civilización: ni productores ni consumidores de la cultura hegemónica. Y no es que se les deseara el mal (es rarísimo, en la historia, el deseo del mal; lo común es la estupidez bajo una idea torpe del bien) pero muchos indios quedaron en la posición de ser carne de capital, mera labor, sin voz, casi sin ser. Había que educarlos y sacarlos de su atraso, suponían los bienhechores occidentales. Pero una cultura no es algo que se pueda solamente recibir. Es algo que se hace o no existe; se cultiva o no es. La Ilustración fue un periodo admirable en muchos aspectos, pero legó esa zona ciega: Occidente quiso salvar de sí mismos a sus colonizados y solamente fabricó sirvientes, vasallos. El altruismo no fabrica proximidad, ni semejanza imaginaria. Reproduce incluso la estructura vertical y, a la larga, frena la movilidad social (lo que, a su vez, genera violencia). La vía altruista quizá salve almas individuales, pero arruina al prójimo: se ayuda a quien no puede. Y la ayuda sirve, pero solamente para la persona individual y para casos específicos; se vuelve tiránica cuando se asume como norma social.

En las culturas primitivas todos participan, hacen; en las civilizadas, unos hacen y otros reciben, o adquieren. El primer esquema no logra reproducirse a gran escala, solo puede imaginarse en comunidades pequeñas y es frágil ante el embate de las civilizaciones; el segundo es cómplice de los poderes, las segregaciones y crea grandes desiertos de aculturación. El dilema no es nuevo. Lo narra Tácito en su Agrícola; lo explora Montaigne en su ensayo sobre los caníbales y reaparece en las rabias de Rousseau y en muchas rebeliones subsecuentes. Es una pugna constante entre dos mecánicas, la de comunidad y la de civilización, y no conviven sino que se excluyen; sus orígenes apuntan siempre —en Tácito, Montaigne, Rousseau y hoy— a los derechos de autoría y propiedad. Para lo que viene, recomiendo este video: “Larry Lessig: Laws that choke creativity” (YouTube).