La importancia de la sangre resulta definitiva

Técnicamente Ernesto es capaz de coronar su peón adelantado, pero lo suyo son los triunfos imposibles.
Técnicamente Ernesto es capaz de coronar su peón adelantado, pero lo suyo son los triunfos imposibles; solo cuando todo está perdido despliega sus mejores cualidades.
Técnicamente Ernesto es capaz de coronar su peón adelantado, pero lo suyo son los triunfos imposibles; solo cuando todo está perdido despliega sus mejores cualidades. (Ilustración: Alfredo San Juan)

México

Santiago Valle (negras) y Ernesto Lecuona (blancas) se enfrentan en ajedrez clásico. Las seis de la tarde. Primer piso de una casa (la de Santiago) en el centro de Azcapotzalco.

La posición de Ernesto es ganadora; tiene un peón de más (el de la torre de la dama) y con paciente precaución lo guiará hacia la coronación. Sin embargo, está agitado. Se mece el cabello y se lleva a la boca su taza que ya no tiene café. Es abogado de quiebras, hijo de una pareja que se conoció en el departamento de deudas de un banco. Su vida siempre ha estado rodeada de conceptos límite (“deudas”, “quiebra”, …) que han moldeado su personalidad de extrañas maneras: Ernesto ama las caídas; que lo den por muerto lo apasiona. Es de esos hombres que renacen de la destrucción y brillan en la desesperanza.

El tablero de plástico está extendido entre dos tazas sobre una mesa chaparra de madera oscura tallada con triángulos y cruces cuya función original —Santiago lo asegura— es servir de asiento cuando se monta un elefante. A Santiago le gusta improvisar. Es diseñador de interiores. Hijo único de una psicóloga que se divorció embarazada de cuatro meses. Es un hombre abierto hacia lo invisible. Cambia su estrategia según la circunstancia. Es de esas almas camaleónicas cuya capacidad de transformación a veces se confunde con hipocresía. Pelear, esconderse, reír o llorar son decisiones que toma sobre la marcha.

Técnicamente Ernesto es capaz de coronar su peón adelantado, pero lo suyo son los triunfos imposibles; solo cuando todo está perdido despliega sus mejores cualidades. Las ventajas lo descontrolan y sumen en la angustia. Ha dominado a Santiago; lo tiene contra la lona. Es cuestión de paciencia, de ejecutar un final meramente teórico... pero Ernesto no sabe —no puede— ir ganando. 

—Ernie, déjame servirte más.

—Santiago toma la taza de su amigo, prende una luz, camina hacia la cocina y regresa con café humeante—. ¡Aquí lo tienes! —y Santiago apoya la taza frente a Ernesto con fuerza innecesaria. 

La voz de Santiago (el “Ernie” que tanto le molesta), los vaivenes de Santiago, la luz de Santiago, los ruidos de Santiago… el tener un peón de ventaja… Ernesto comienza a sentir el terror de su clara victoria. Y Santiago desea empujar ese miedo y adelanta su rey un escaque. Es un movimiento inútil que realiza con violenta determinación y una irónica sonrisa triunfal. Ernesto entra en pánico. De pronto lo atormentan funestas fantasías y se convence a sí mismo de que todo está perdido… entonces, ante la absurda idea de su muerte inminente, en su interior nace una fuerza heroica llena de ideas geniales sobre cómo remontar su ruina: provoca un intercambio de peones —que lo hacen perder tontamente su ventaja— y ofrece tablas con voz plena de orgullo y dicha, auténticamente convencido de haber salvado una posición catastrófica.