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Domingo , 21.10.2018 / 01:02 Hoy

Imagen del deseo

“Escríbelo, hombre, escribe lo de Elsinore”, le insistía Lavista, “lo puedes hacer como lo hiciste en tu cuento Ein Heldenleben…”, y Elizondo lo hizo.

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Habrían de pasar más de cuarenta años para que Salvador Elizondo (1932-2006) lograra volver a los tiempos felices. En las formas que resume la literatura, claro está, que al narrador no se le daba eso del túnel del tiempo; sí, en cambio, una magia escritural para situar a la memoria y los recuerdos en el centro de la narración. Muy especialmente en Elsinore. Un cuaderno, que treinta años después de publicado por el Equilibrista, ahora en El Colegio Nacional, nos lleva de la mano del autor a esos tiempos donde la infancia comienza quedar atrás y la señal del deseo aparece en el firmamento.

Tiempo que experimentó Elizondo, apenas un lustro, a su llegada a Elsinore, población californiana del sur norteamericano, donde fue inscrito en una escuela militar para completar los estudios iniciados en el Instituto México y el Colegio Alemán. Años que recobró hacia la década de los 80 cuando, a insistencia de Paulina Lavista, se decidió a escribir acerca de la lejana experiencia, sin dejar de lado cierto divertimiento memorioso que coloca a Elsinore… como una gran pieza literaria ejemplo de biografía personal, invención documentada, creación testimonial, autoficción o como quiera llamársele.

“Escríbelo, hombre, escribe lo de Elsinore”, le insistía Lavista, “lo puedes hacer como lo hiciste en tu cuento Ein Heldenleben…”, y Elizondo lo hizo.

“Estoy soñando que escribo este relato. Las imágenes suceden y giran a mi alrededor en un torbellino vertiginoso. Me veo escribiendo en el cuaderno como si estuviera encerrado en un paréntesis dentro del sueño, en el centro inmóvil de un vórtice de figuras que me son a la vez familiares y desconocidas, que emergen de la niebla, se manifiestan un instante, circulan, hablan, gesticulan, luego se quedan quietas como fotografías, antes de perderse en el abismo de la noche, abrumadas por la avalancha del olvido y sumirse en la quietud inquietante de las aguas del lago”.

Un comienzo, muy elizondiano, que recuerda aquel otro de El grafógrafo (1972): “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo…”.

Con epígrafe de Ernst Jünger y dedicado a Pablo, Jonás y Mateo, Elsinore… relata unos cuantos acontecimientos vividos por el protagonista (y su acompañante Fred) en la nueva experiencia escolar y, fundamentalmente, revive desde la evocación los sentires del entonces Salvador Elizondo en el nuevo Salvador Elizondo (c. 1980). El amor del alumno por la maestra: los sueños de aquellos años. “Un sueño único que ahora que lo estoy soñando otra vez por escrito los abarca a todos y en el que todos se confunden en una sola imagen: la del Deseo”.

Esta nueva edición de Elsinore…, la quinta a tres décadas de publicada, contiene ilustraciones de Nuria Meléndez Gámez, presentación de Lavista y prólogo de Daniel Saldaña París. Se acompaña además de una libreta iconográfica con fotos, dibujos, anotaciones y cartas provenientes de los cuadernos escolares del autor, y la misiva que Octavio Paz le envió tras leer el libro.

“Un libro precioso. Decirle que me encantó sería quedarme corto”, escribió Paz.

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