El ignoto arte de la exclusión

[EL SANTO OFICIO]
Feria del Libro en Londres.
Feria del Libro en Londres. (The London Book Fair)

Ciudad de México

Tendido en su catre, bocabajo, con la almohada sobre la cabeza, el cartujo intenta resolver un misterio, no cómo eligen los funcionarios culturales del gobierno de Enrique Peña Nieto (no necesariamente priistas, aunque lo parezcan) a quienes viajan para representar a la literatura mexicana en el extranjero. No, eso nunca. No tiene ninguna duda —lo ha dicho y lo repite hasta el cansancio— de la calidad de los seleccionados, menos aún de quienes viajan en pareja para ofrecer una versión de la popular oferta del dos por uno. La unión familiar, está convencido, debe fomentarse de cualquier manera y a cualquier precio, y las excursiones a cuenta del erario son una inmejorable oportunidad para hacerlo. Los viajes, reconoce, no solo ilustran sino fortalecen lazos afectivos e incluso propician reconciliaciones, sin hablar de la oportunidad de promocionar la propia obra.

Reacio a las teorías de la conspiración, descarta enérgicamente la existencia de mafias, capillas, amiguismo, complacencias. Lo vuelve a decir, en todos los tonos y en su único idioma (y eso a medias): no tiene objeción alguna en los convocados por los funcionarios de una administración tan eficiente en la cultura como en todas las demás áreas de la vida pública, tan dispuesta al escrutinio y a la rendición de cuentas —sobre todo cuando nombra a un hombre del temple de Virgilio Andrade para fiscalizarlo.

Los viajes son positivos para los creadores. Eso lo saben todos, excepto quienes no se despegan de sus escritorios y computadoras por estar escribiendo. Nunca han leído a Magris, quien dice: "Quien viaja sobre el papel se desacostumbra imperceptiblemente a la vida y vuelca sus pasiones sobre el gráfico de la vida, sobre las curvas estadísticas de sus fenómenos; pasa a ser un hombre sin atributos para el que, escribe Musil, la verdura enlatada se convierte en el sentido verdadero de la verdura fresca". Nunca, quizá, pobres de ellos, han sido invitados a sumarse a las delegaciones de escritores viajeros; son vistos —por los funcionarios, valga la aclaración— como hombres sin atributos.

El monje se ha perdido en divagaciones mientras el misterio continúa ahí, intocado. Se pone a silbar, esperando una iluminación, una señal; una respuesta. Pero nada. Al final, fatigado, sudoroso, desiste: no logra penetrar el enigma de cómo o quién determina no la admisión sino la exclusión de los escritores en los viajes fuera del suelo patrio (¿así se dice?). A la Feria del Libro de Londres, por ejemplo, no fueron considerados autores reconocidos por su diálogo —largo y productivo— con el idioma de Shakespeare, con una obra significativa en la poesía, el ensayo y la narrativa. ¿Nombres? No tiene caso mencionarlos, pero los funcionarios de Peña Nieto deberían saberlos y en todo caso explicarnos —solo eso— el motivo por el cual fueron relegados.

Queridos cinco lectores, con la lluvia en el alma y una canción triste de Billie Holiday, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.