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Sábado , 23.06.2018 / 19:13 Hoy

Ignacio Padilla, escritor generoso y amigo entrañable

Amigos y colegas comparten anécdotas y memorias que conservan del escritor mexicano.


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Ángel Soto

Un escritor ejemplar, un conversador soberbio, un amigo queridísimo, pero sobre todo un tipo inmensamente generoso. Así resumen sus amigos a Ignacio Padilla —Nacho, como todos lo llaman cariñosamente. Su muerte no sólo ha causado el desconcierto de la comunidad literaria, también el de sus lectores y de quienes conservan momentos imborrables con él.

Algunos de sus colegas más cercanos evocan su calidad literaria y humana y comparten con MILENIO algunas memorias entrañables.

Jorge F. Hernández lo recuerda como “un amigo incondicional, un padre amoroso, un autor muy cercano a quienes lo leíamos con admiración”. Cuenta que cada vez que visita Salamanca le parece inevitable recordar que en la universidad de esa ciudad Ignacio Padilla obtuvo su doctorado y destacó por su inmensa calidad académica. “En alguna de las paredes de esos edificios centenarios están sus iniciales”.

Jorge remarca la ironía que a veces puede suscitar la muerte de un escritor. “Queda un vacío y nace además el nuevo lector de su obra. Irónicamente a veces se tienen que ir escritores para que los empecemos a leer. Tenía muchos libros por delante para regalarnos. Da muchísimo coraje que falleció por un accidente y no porque haya descuidado su vida”.

“No tengo ningún empacho en decir que la admiración que le profeso no está exenta de envidia, porque Nacho Padilla transpiraba esa suerte de grandeza que produce envidia en quienes intentamos seguirle la sombra a los grandes”, agrega.

Para Nicolás Alvarado, Nacho era un “un tipo absolutamente entrañable, con el que compartí muchas comidas, muchos tragos, muchas experiencias agradables. Era un gran conversador, pero sobre todo era un lindo tipo, un extraordinario padre, lo que se reflejaba también en su producción como escritor de literatura infantil”.

No deja de destacar que como escritor fue “alguien extremadamente complejo, que siempre estuvo preocupado por el poder perturbador de los entornos y de los objetos. A mi juicio el mejor libro de Nacho es su ensayo sobre La vida íntima de los encendedores, que ensaya y reflexiona sobre lo perturbador que le resultaban los objetos".

Recuerda que en su último gran encuentro pasaron la noche en su casa, durante una despedida a Jorge Volpi, que se mudaría a Europa. “Era alguien que sabía recorrer distancias kilométricas para llevar a su hija a una fiesta, o para despedir a un amigo” concluye.

Julio Patán resalta su apetito literario y su precocidad creativa. “Era un autor joven, pero tuvo una obra muy abundante. Tuvo libros con mucha resonancia, tuvo muchos lectores y muchos premios — yo creo que el último y más destacado fue el Premio Mazatlán de Novela— y se los merecía, antes que nada por ese compromiso con el oficio literario”.

Desde sus incursiones tempranas en la literatura mostró “una firme vocación literaria, unas enormes ganas de figurar, de discutir, de estar ahí”.

Antonio Ortuño comparte la historia de quien se confiesa admirador y lector inseparable. “Nacho fue un tipo generosísimo conmigo desde que yo era periodista. En la FIL de Guadalajara lo entrevisté en varias ocasiones por los libros que iba publicando. Hace diez años, cuando yo publiqué mi primer libro, me topé a Nacho afuera de la sala de prensa; llevaba mi libro para que se lo firmara. .Fue un momento muy conmovedor porque me pareció de una generosidad extrema que el escritor al que has entrevistado tantas veces se ocupe de comprar tu libro y llevártelo para que se lo dediques”.


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