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Ignacio Castro Rey: “El miedo es el más viejo compañero del hombre”

En "Ética del desorden", el filósofo español reflexiona sobre el orden oculto, imprevisto, que acompaña a la vida humana 


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Un libro de ética, inusual, que “no intenta que los hombres aprendan a conducirse en términos supuestamente morales, sino que cada uno asuma su indescifrable signo natal y le dé una forma de vida” ha sido publicado recientemente por la editorial Pre-Textos y se presenta este otoño en España. Se trata de Ética del desorden. Pánico y sentido en el curso del siglo del filósofo Ignacio Castro Rey (Santiago de Compostela, 1952).

A lo largo del volumen, donde se advierte que “el vínculo entre ética y alegría, entre moral y fuerza, ha sido peligrosamente olvidado”, el autor explora el orden oculto que puede observarse en las contingencias y accidentes que recaen sobre la vida humana; a la vez, somete a juicio el vértigo de esta experiencia, de la cual, aparte de dolor, miedo e incertidumbre, pareciera provenir un sentido, derivado de la sensibilidad afín a todos los seres, que daría forma a la crisis de la cultura moderna en que vivimos.

A continuación, la conversación que sostuvimos con el escritor, quien también ha publicado, entre otros, los libros Roxe de Sebes, mil días en la montaña (Madrid, 2016) y Sociedad y barbarie (Barcelona, 2012).

Proponer una ética del desorden es provocador. Cuando lo asocia al pánico y sentido en el curso del siglo ¿no cede al caos de la época?

No sé si la intención ha sido exactamente provocar. Además, ¿no estamos ya continuamente provocados? Si aparece la palabra pánico en el subtítulo es porque Ética del desorden nació de afrontar al detalle el vértigo actual que nos produce, en esta enorme ficción social y técnica en la que nos protegemos, la vivencia elemental de la finitud: los accidentes, el dolor y la muerte, el hecho de ser parte de la tierra, en relación íntima con seres que no conocemos ni nos gustan. Mi libro es un largo intento de extraer sentido de esa desolación de nuestro suelo, un desamparo que no debemos eludir. Sin embargo, nuestro incesante espectáculo de provocación nos separa de la posibilidad mental y cultural de encontrar sentido en esta contingencia real que hoy nos asusta. Lejos de este canon de ficción, invirtiendo desde dentro el pánico, Ética del desorden intenta convocar una nueva épica, señalar la grandeza que sigue aquí, renovándose en la fuerza de lo minúsculo: ver y escuchar, querer, decidir, esconderse, trabajar, cocinar. Busqué escarbar en el sentido de las imparables contingencias diarias para extraer de ellas un puñado de signos que permitan re-aprender a vivir. Signos desapercibidos, nuevos y viejos a la vez, que nos donen una vacuola desde donde respirar y vivir de otro modo, libre —al menos, con una mano— del inmenso aparato de coacción que nos rodea. Es necesario reinventar otra relación con lo secreto, con esa zona de sombra que nos sigue y que, una vez superado el miedo inicial, puede rejuvenecer el deseo. En este aspecto, pienso que mi libro no cede al amasijo caótico con el que nos quiere paralizar esta época tardía, tal vez porque no tiene nada afirmativo que ofrecer.

Lo contingente como territorio de lo humano atraviesa su libro. ¿Analizarlo fue una forma de estabilizar sus signos?

Fue una forma de escuchar y asimilar, pues no se puede pensar sin al mismo tiempo cambiar corporalmente. Hay una manera extrema de la transformación (incluso de la subversión) que pasa primero por la aceptación, por un esfuerzo de comprensión. Entrar en la necesidad íntima de lo contingente, como Rulfo hace con los murmullos fantasmales de Comala, es una vía para darle cuerpo a los demonios que nos asustan y ordenar sus signos. Acercarse es una forma de desactivar algunos peligros. Todo mi libro está recorrido por el imperativo estoico de atender lo inesperado, que no ha sido llamado y ocurre de modo contingente, para extraer de ello una ética no antropocéntrica. Lo no elegido es lo que nos configura, desde los más remoto. Recordemos que casi nada importante: nacer, tener tal nombre, poseer cierto tono de voz, ha sido elegido. En este sentido, las deformaciones de la vida son las que nos forman, y no las planificaciones en las que nos instalamos. He querido pues escribir un libro que entienda que nuestra “salvación” solo consiste en entrar en el corazón de aquello que nos amenaza con la perdición. No olvidemos que Ética del desorden está atravesado por la certeza antigua de que el universo ocurre siempre dentro de una mente cualquiera, una mente que no tiene exterior. Esto es “el hombre”, el testigo de una desconocida exterioridad, al menos para una línea oscura de pensamiento que va de Platón a Nietzsche, de Berkeley a Wittgenstein. No hay más remedio que afrontar el colmo de la necesidad justo en aquellos accidentes que ponen en cuestión el refugio antropomorfo, y a veces muy narcisista, en el que nos retiramos. Los planes para mañana son muy necesarios, también para que resalten más nítidamente las anomalías. Y en las anomalías encontraremos con frecuencia más verdad que en los planes que hemos trazado con cuidado, en la seguridad de nuestras vidas privadas.

Aborda a profundidad la liga entre percepción y pensamiento: ¿cabría una esperanza para la debilidad que las amenaza?

Sí, cabe. Defiendo esa esperanza, pero al borde mismo de lo que más nos asusta, cerca de ese gran Afuera ingobernable que nunca tendrá cobertura histórica ni técnica suficiente. Al menos con un pie, con una mano o un hemisferio cerebral, el hombre solo puede encontrar remedio intelectual a un paso del dolor, en medio de aquello que hay que sentir y sufrir antes de pensar. En tal aspecto, me temo que mi libro es impertinentemente afirmativo. Como si en él se dijese que, después de tantos siglos de reinado de la orgullosa Razón, no hemos en realidad dejado atrás nada fundamental. No hemos perdido nada, y un vasto territorio de calma sigue aquí, a nuestro lado. El problema es que tal serenidad (hoy tal vez más oriental que occidental) nos exige regresar al límite real, pensarlo, y no injuriar más a la condición mortal. Y esto precisamente para que lo mortal no se convierta en letal.

Su ética se propone en el tiempo y el espacio del acontecimiento. ¿Cómo los afecta el pánico que observa?

El miedo es el más viejo compañero del hombre, tanto como el más dulce de los animales. No somos dioses. Esto quiere decir que, sobre todo por dentro, estamos rodeados de peligros. Salvo que queramos convertirnos en una civilización odiosa, peligrosa para sí misma y para las demás, no debemos querer exterminar el miedo, pues brota de un límite común que nos acompaña como una sombra. Dondequiera que vayamos nos acompaña una pregunta, un silencio que no cesa. Afrontar tal soledad común es la única vía para algún día ser dueños de sí y encontrar comunidad. Es necesario recuperar una relación moral con lo no elegido, incluso con lo no humano: esa muchedumbre de sensaciones, vivencias, deseos, recuerdos y seres extraños que nos rodean, por dentro y por fuera. En la medida en que ocupa un espacio, un paraje local que casi nunca atendemos, el tiempo es una incesante y discreta fuente de acontecimientos. Si le prestáramos la atención que merece al acontecimiento de vivir, la tecnología corporal incorporada en nuestros sentidos haría bastante prescindible este juego tecnológico con el que se protege nuestra cultura pueril. El hombre desarrollado es un marginal en el mundo de los sentidos. Es urgente reinvertir esa pérdida y, al menos con una mano, con un pie, volver a tocar un suelo terrenal que nos permita recuperar la fraternidad humana.

Ha llamado la atención el entramado de citas literarias que ocupa, donde abunda la poesía y su pasión por el lenguaje. ¿Qué diría esto sobre la naturaleza de su propuesta filosófica?

La abundante presencia literaria supongo que indica que mi libro está movido por un tipo de conocimiento que tiene en el arte su modelo. Se trata de un conocimiento que no funciona con la contraposición dual universal vs. singular (concepto vs. percepción, sociedad vs. naturaleza), sistema de oposiciones separadoras que es el eje de la actual glorificación de lo social, lo histórico y tecnológico. De vuelta de esta separación, mi libro cree encontrar en la literatura y la poesía (también en la pintura y el cine) un tipo de conocimiento que no se eleva sobre las cosas, sino que las abraza. La industria conserva añadiendo una sustancia que altera la materia original. El arte conserva abrazando la caducidad de las cosas, entrando en ellas para comprender una eternidad compatible con su más breve duración.

¿Qué sería exactamente el vértigo de la finitud que ha observado en su pensamiento alguno de sus lectores?

La finitud, el misterio de lo real, es el gran fantasma que acompaña nuestro trasfondo, el borde de temor de esta espectacular elevación que es hoy Occidente. Ocurre como si todo nuestro estruendo histórico, desde lo bélico a la industria cultural, no fuera más que una huida de un ancestral “silencio que no duerme” (Lispector). Ahora que estamos todos en vías de integración, también la mujer y el niño, parece que la pura y dura existencia mortal es lo que ha de quedar otra vez fuera. De ahí que la salud y casi todos los alivios corporales del individuo (la risa, el amor, la comida y la bebida, las emociones, el sexo y el ejercicio físico) queden en manos de especialistas, expertos que nos han de devolver la tecnología que nuestra alma ha perdido. Me he empeñado en escudriñar minuciosamente los signos de este miedo pueril que se esconde en nuestra velocidad de escape, en esta teología del progreso que nos ha hecho tan infelices. Lo hago con cierta dulzura, siendo primero cruel para después ser amable, y no me arrepiento de ello.

Sin buscar adoctrinar, su libro convoca al esfuerzo trabajoso y la voluntad de vivir, haciendo un elogio de la rareza y los accidentes que definen al ser humano. ¿No es esta una postura frente al sentido?

Mi postura parte de la base de que la verdad de lo humano se manifiesta primeramente en lo que aparece por debajo, en un subsuelo que surge brusca e inesperadamente. En otras palabras, nos debemos a lo que aparece con el signo inicial de la excepción. Pero no se trata de fundar otra dialéctica entre la regla y la excepción, que siempre acaba santificando la regla y dejando la excepción para el fin de semana. No se trata de volver a refugiarse día a día en la religión económica, compensándola eventualmente con cómodas minorías reconocidas, sino de pensar de otro modo la mayoría. Solo como un “fenómeno de borde”, sin antecedentes y cercano a lo imperceptible, es como se manifiestan las verdades. Los grandes acontecimientos se acercan con pasos de paloma, decía Nietzsche. Tal vez no sea injusto con los desheredados de la tierra que, como insisten distintas religiones, la fuerza de la verdad se revele en lo pequeño, en una fragilidad que guarda escondida una fortaleza sensible. Como dice el Tao, todo lo que es fuerte se parece a un recién nacido, pues aprende a doblarse para no romperse. Vivimos lanzados en la dirección contraria, transportados en una temerosa rigidez moral (disfrazada de economía tecnológica) que nos hace cada vez más impotentes. La esencia del poder mundial de la economía, que nos ha hecho tan tristes, no es económica. Lo peor del capitalismo es su “espíritu”, su filosofía, como se observa espectacularmente en la admirada cultura estadunidense. El llamado “primer mundo” vive de una metafísica que ha pervertido la relación con la verdad de la finitud, orillándola a caros espacios privados, reservas exóticas o espacios demonizados. Diseñamos un entretenimiento con efectos especiales (musculares, tecnológicos, sexuales o terroríficos) para revivir un pueril simulacro de lo que hemos dejado morir en nosotros. Bajo esto, que es el canon del mundo desarrollado, mi libro persigue otro Occidente, una anómala tradición escondida bajo nuestro estereotipo de despegue espectacular. Ética del desorden defiende, en otras palabras, una experiencia cercana a una tierra enigmática de la que nunca debimos separarnos. ¿Es esta propuesta necesariamente ofensiva o incomprensible? Creo que no, pues quiere atender a algo dormido que espera dentro de nosotros.

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