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Miércoles , 15.08.2018 / 09:00 Hoy

Huracán

Crónica


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Lo que no vino es lo que viene.

El volumen está bajo, como siempre lo está en la oficina, pero ve con alarma que el huracán Demóstenes, nacido en el mar Caribe días atrás, amenaza las costas de la península.

No suelo jurar, pero juro que no lo preví, que no lo anticipé. La literatura puede ser profética, pero no lo creo de verdad.

Vivo en los Estados Unidos, en el estado de la Florida, más precisamente en Bradenton, sobre la costa oeste de la península, que se conoce como la “Costa del Sol”. Del sol y de los huracanes. Desde que me mudé en el 2003, varios nos visitaron —ninguno como Irma.

Mr. Black está informado sobre la costumbre de ponerle nombre a los huracanes. Se imagina a varios individuos sentados alrededor de una mesa en los cuarteles generales del Centro Nacional Atmosférico, jugando a nombrar a estos aluviones de viento y lluvia. Y conjetura que, ante tanto nombre pedestre, Charlie, Hugo, Katrina, algún entusiasta de las letras había ganado la pulseada, y entonces la tormenta había recibido un nombre distinto, serio: un nombre griego.
En la pantalla, un círculo rojo se expande concéntricamente sobre la costa este de Florida.

El nacimiento de un huracán se parece mucho al de una ficción. Muchos de los huracanes del Atlántico salen de África. Esta es el marco introductorio, digamos, en el que se plantea la situación y aparece el protagonista del relato. Luego, el huracán-relato toma velocidad y va agrandándose, llenándose de agua y de viento, convirtiéndose en una espiral feroz y hermosa. Ese es el desarrollo. Pero, en este punto, algo ocurre. En una narración clásica, hay casi siempre un momento donde tenemos un suceso inesperado, una revelación, un gesto que condensa todo el significado de la ficción. Es el instante de máximo ascenso, para que luego la historia se relaje y descienda. Hay un giro, muchas veces predecible. Los huracanes, en cambio, son caprichosos, dan vueltas como un lavarropas, oscilan, y por eso la incertidumbre: ¿para dónde doblará? En el caso de Irma los modelos “espagueti” de los centros atmosféricos daban decenas de itinerarios en múltiples colores, cual jardín de senderos que se bifurcan. Sus posibles rutas eran, como las de la literatura, infinitas. Lo que era casi una certeza el lunes o el martes —que el huracán afectaría la costa este del estado, que atacaría Miami; es decir que iría por la derecha—, se modificó hacia el miércoles o el jueves—que el huracán, cual espada salomónica, partiría al estado en dos e iría por el medio, en dirección a Orlando— y volvió a cambiar para el viernes 8 de septiembre —que el huracán había girado hacia la izquierda y “abrazaría” la costa oeste, dirigiendo su ataque a Tampa.

Comenzamos a aprender sobre categorías: 5, 4; 5, 4. Y esa semana fue anticipación, radio y televisión. Anticipación, radio y televisión.

Cualquier información, favor de comunicarse con la policía, dice el locutor televisivo vestido de traje y corbata, y da el número. Entonces se escucha un ruido horrible y monótono. Es el sistema de emergencia estatal; luego de los segundos correspondientes del chirriante aviso, el mismo locutor, desencajado, anuncia que el huracán Demóstenes ha dado un giro y se dirige hacia Clearwater a una velocidad histórica. Todos prestan atención a la pantalla y él entiende por fin que el cartel del tiro al blanco y la espiral del suéter rojo que daba vueltas en la secadora eran parte de una misma figura, algo más que una coincidencia. Y piensa en el Dr. Z., y en lo que hace a eso de las once de la mañana.

La angustia de no vivir más, de no ver más a los seres queridos. La angustia en las caras. Desabastecimiento de agua y pan, una llanta de auto reventada, 20 paneles de madera prensada para cubrir 27 ventanas. ¿Deberíamos irnos a un refugio? Allá lejos, el mar y la tormenta. Tornillos, taladros, transpiración, amigos, cansancio, aprehensión. Agua, alimentos no perecederos, pilas, rescate de objetos preciosos (muñecos, libros). Una amiga querida nos anuncia que no ha podido con la desesperación y se va con su familia y perra para Charleston, Carolina del Sur. Una locura. ¿Una locura? Nos llenamos de dudas. ¿Estarán bien ellos? ¿Estaremos bien nosotros? Acá cerca, el mar y la tormenta. ¿Deberíamos irnos a un refugio? Elementos para una película de corte casero.

Domingo 10 de septiembre. Anuncian que Irma “caerá sobre la tierra” en Sarasota, a pocos kilómetros de nosotros. Nos preparamos para lo peor; qué frase tan inútil. Abandonamos la casa, la dejamos a oscuras y nos refugiamos en la de mis padres (mi casa es de madera y, como el cuento del lobo y los tres cerditos, tal vez no resista). A las seis de la tarde, la electricidad amenaza con irse. Pero no se va. Las noticias anuncian que el huracán “caerá a tierra” en Naples, a 180 kilómetros de donde estamos. Es cerca, pero no tan cerca. Comienzan los vientos; algo de lluvia. Anuncian que Irma ha bajado a categoría 2. De 4 a 2, de 4 a 2, números que en otro contexto dicen poco y ahora lo dicen todo. Apenas hemos comido; estamos con los ojos bien abiertos. Mi hermana me escribe por WhatsApp que han sentido un ruido tremendo. A dos cuadras de donde estamos, han experimentado un tornado. “El cielo se puso verde”, me dirían luego.

Y entonces, llega el clímax.

—Tengo a tu hijo de rehén. Es el que anda buscando la policía.
—A mí me importa un carajo
le responde Annie.
Y cuando ella se dispone a acabar con la vida de Mr. Black, a cerrarle para siempre su última oportunidad, una mano, invisible pero real, toma el teléfono.
—¿Quién habla?
pregunta el Dr. Z, enojado.
—Jim… Jim, escucha, solo te pido que mires la pantalla de la televisión.
El Dr. Z le hace caso. El volumen está bajo y la imagen está dividida en dos: una mitad muestra el círculo concéntrico rojo sobre un área de Florida; la otra tiene un primer plano de la cara de Mr. Black y de Carlo, ambos filmados por el camarógrafo del canal 6 que acaba de ingresar al edificio.

Irma se desvía un poco hacia el centro del estado y no nos pega, no nos da, no nos cae. Mucho viento y algo de agua, eso sí. Pero las imágenes dantescas (siempre la literatura) que se habían formado en mi cabeza no se concretan, pertenecen a otro espagueti, a otro mundo alternativo donde la ciudad donde vivo era arrasada por Irma. Nos vamos a dormir a eso de las 10 de la noche, hora que había sido anunciada como la hora final. Afuera, la naturaleza ruge, pero yo no escucho.

—Es el huracán… está por caer, deben salir de ahí… quería avisarte gime Mr. Black.
—El huracán giró lejos de aquí hace unos minutos… Lo soñé ayer, ¿sabes? Soñé que esto iba a pasar, que nos íbamos a salvar
explica el Dr. Z.
Se escucha un sollozo en el otro auricular.

Abrimos los ojos con algo de incertidumbre, como si despertáramos en otro planeta. Todos bien. Repito: todos bien. Sin luz en mi casa, sin una parte de la verja. El jardín de mi madre, algo dañado; ella se pondrá a recomponerlo inmediatamente, porque ese jardín es, representa, su vida. Voltaire.

Y se me viene a la cabeza “Un día en la vida de Mr. Black”, un cuento que forma parte de mi último libro, La derrota de lo real. El libro salió este año, antes de Irma; el relato lo escribí hace varios años. Es el que han estado leyendo aquí. En él, Mr. Black y el Dr. Z se salvan del huracán, como nos salvamos nosotros.

No suelo jurar, pero juro que no lo preví, que no lo anticipé. La literatura puede ser profética, pero no lo creo de verdad.

Me queda la duda, el pensamiento mágico que me invade de tanto en tanto: ¿habré convocado al huracán hacia la realidad al hacerlo ficción? ¿Debería tener más cuidado? ¿O resolví la situación en la ficción con un leve giro y eso ayudó a ahuyentar a Irma de mi realidad? ¿Tengo que seguir escribiendo estas cosas sin pensar?

Lo real ¿puede ser derrotado por la literatura?

Solo sé que estábamos felices de estar vivos. Y entonces María pegó en Puerto Rico, donde tenemos mucha familia y amigos, y el terremoto se hizo presente en la Ciudad de México, donde tengo muchos amigos.

Y entendí que lo que no vino es lo que viene. Lo real siempre viene.

Habrá que volver a creer. A crear. A empezar.

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