Humanismo tecnológico

Semáforo.
Semáforo
(SHUTTERSTOCK)

Ciudad de México

Desde los tempranos años treinta hasta el filo del nuevo milenio, Octavio Paz fue siempre un crítico feroz de la tecnología. Y tenía razón —con Marx, con Chesterton, con Iván Illich— cuando decía que el horror moderno consistía en que nos hemos convertido en instrumentos de nuestros instrumentos. Y bien, antes de su declive final, Paz fue sometido a una riesgosa operación a corazón abierto. Al referir la experiencia, reflexiona en ese otro costado de la tecnología: como recurso de participación y alivio del dolor del otro. Tubos, jeringas, máquinas y sondas pueden ser el miedo, pero también la esperanza. Decidió operarse y, la operación “fue la confirmación de que una de las pruebas del verdadero amor es la participación en el sufrimiento del otro. Lo había presentido, un poco antes, al escribir La llama doble, y llamé a ese sentimiento, para distinguirlo de la usual simpatía, desenterrando una palabra que usó Petrarca: compathía”. Hallo conmovedora esta lectura de la tecnología. Petrarca y el desfibrilador: compathía.

En nuestro siglo, la tecnología no es más aquella montaña de chatarra que aceitaba obreros y los convertía en objetos. Estamos de acuerdo con que los nuevos vampiros del software han hecho montañas de dinero y son la nueva plutocracia, con influencia mundial y mucho poder. Sin embargo, del corazón mismo de la perversidad, de pronto vimos surgir, uno tras otro, productos que parecían absurdos dentro de “las aguas heladas del cálculo egoísta” (como llamó Marx al capitalismo). El software de Open Source se tardó más de la cuenta en adquirir prestigio; los usuarios suponían que no podía ser buen producto si era gratuito. Mi navegador de internet, el procesador de textos (no procesador de palabras, como el Word de Microsoft), un montón de aplicaciones —calculadoras, manejador de correo, etcétera— y, sobre todo, la bendición de los libros electrónicos, música, videos: gratis, porque sí, porque vale la pena, para alguien, regalar su trabajo, compartir su propiedad, poner algo valioso sobre un mundo abierto.

Al principio, daba vergüenza y risa que alguien se atreviera a dar como fuente de su información a Wikipedia. No había manera de que una cosa hecha en la calle, por quién sabe quién, y aventada al ciberespacio, pudiera competir con los proyectos enciclopédicos que marcaron nuestra modernidad. Hoy, la Britannica se ha dejado de imprimir mientras que Wikipedia se ha más que duplicado.

Parecen pequeñas cosas, y se olvidan. Pero se trata de algo especial: son capital de trabajo y de conocimiento. Se usan decenas de millones de veces al día. Y todos estos recursos se multiplican cada año. No hay que ser economista para darse cuenta de que la riqueza generada por la gratuidad del ciberespacio es inmensa; tanto que podemos considerarla como el mayor recurso mundial contra la pobreza. Y son riqueza real, no limosnas asistenciales.

Pero también significa que mucha gente, en muchas lenguas, está dispuesta a regalar y compartir su propio capital, su conocimiento y su trabajo sin siquiera el reconocimiento autoral, solo porque vale la pena. Porque la civilización tiene sentido.