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Martes , 16.10.2018 / 01:11 Hoy

Hoteles y fantasmas

Los paisajes invisibles

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Para Sergio González Rodríguez el lugar propicio para encuentros fantasmales era un cuarto de hotel, ese domicilio momentáneo en vacaciones o en los viajes de trabajo y en el que por breve que sea la estancia intentamos adaptar a nuestro estilo de vida para no sentirnos en un espacio impersonal sino en un sitio hogareño, digamos a través del orden o el desarreglo, la limpieza o el descuido: el cuarto de hotel tiende a parecerse a la habitación de la residencia verdadera, pues hay quienes procuran mantenerlo pulcro que los que hacen de éste una auténtica pocilga. En Teoría novelada de mí mismo, González Rodríguez explica la naturaleza espectral de los hoteles (en soledad o en compañía, la ocupación constante, ininterrumpida, crea una suerte de cofre de sicofonías) y marca la diferencia entre el hotel y el motel. Al final del libro incluye 22 axiomas que sintetizan sus ideas (“Tesis para la teoría del fantasma vivo”), y esto es lo que propone para el hotel: “Un cuarto de hotel sería una porción del desierto sobre cuya arena se dibuja la caligrafía del deseo”; “Las habitaciones de los hoteles pertenecerían a esa especie de caja de resonancia de energía material e inmaterial”; “Una habitación de hotel: ensamble del miedo, la prospección, la memoria y el deseo frente al acontecimiento de estar en el mundo”.

Del motel refiere: “Los moteles: ‘campo del crimen’, el anhelo profundo de que lo imprevisto llame a la puerta”.

Sin abordar a fondo ejemplos literarios o fílmicos de hoteles y moteles ya que el ensayo se concentra en sus experiencias como viajero y los contactos fantasmagóricos que tuvo en algunos sitios, Sergio González Rodríguez desentrañó los atributos de esos territorios que, mientras más antiguos o emblemáticos, poseen una memoria íntima con olor a moho, madera vieja y cañería.

Así, leyendo Teoría novelada de mí mismo, me fue imposible no evocar las habitaciones del Chelsea Hotel de Manhattan e imaginar los ruidos que a medianoche suben o bajan por el elevador o la escalera, murmullos de una variopinta multitud de sombras que en vida lo mismo pudieron ser celebridades que vagos o truhanes; me fue difícil no recordar la fachada del Hotel Isabel, en República del Salvador e Isabel la Católica en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y tratar de adivinar el balcón desde donde Wilfrid Ewart asomó la noche vieja de 1922, solo para que una bala perdida entrara en su cráneo por el orificio del ojo izquierdo, su ojo ciego, porque el malogrado escritor inglés ignoraba que para recibir el año nuevo, los mexicanos de la época solían disparar al aire para sumarse al estrépito de los petardos.

De igual modo, leyendo Teoría novelada… recordé la imagen en blanco y negro de la marquesina del Motel Bates, y luego la secuencia de la ducha, la cortina y el filo que le corta la garganta a Marion Crane en Psicosis de Alfred Hitchcock o las truculencias que registró Gerald Foos para su solaz en el paradero Manor House de Colorado, reveladas por Guy Talese en El motel del voyeur. Y podría mencionar otros espacios como el Hotel Earle, donde el dramaturgo Barton se enfrenta a la cruda realidad con su vecino Charlie Meadows alias Karl Mundt en Barton Fink (1991) de los hermanos Coen, o el Hotel Mon Signor de Cuatro habitaciones (1995), filme colectivo de Allison Anders, Alexandre Rockwell, Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, en el que a Ted, un neurótico botones estilo Harold Lloyd, le suceden hilarantes peripecias porque sí, entre el hotel y el motel hay una frontera psíquica, y esa es la del refugio temporal y el campo del crimen.

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