El hombre de las ferias

Caracteres.
Caracteres
(Especial)

Ciudad de México

Cualquiera puede ser o transformarse en el hombre de las ferias (del libro). Lo mismo un autor que un mero editor. Lo mismo un varón que una hembra. Lo mismo tú que yo. Porque este síndrome propio de la vida literaria no perdona a nadie, y menos que a nadie, a quien cree merecer el perdón.

Si la persona ordinaria del autor o editor es su doctor Jekyll, el abominable hombre de las ferias es su míster Hyde. En la calle y hasta en el aeropuerto es un ser de apariencia normal. Cuando mucho, lo delata el celular de última generación que no deja de consultar mientras platica distraído contigo. Pero apenas baja del avión, apenas lo recogen en una camioneta fletada por su editorial, apenas irrumpe en el lobby del hotel donde todos los feriantes se hospedan, el monstruo toma posesión de él.

Asusta percibir cómo sus ojos se tornan esquivos, cómo su atención de por sí exigua se dirige a lo que haya detrás de ti, cómo se diluye su sonrisa en una mueca desdeñosa, cómo se acelera su andar para escabullirse. De golpe, el hombre de las ferias no tiene tiempo para alguien como tú.

Si aún no es tan famoso, procura la compañía de gente muy famosa que le contagie la fama por su sola proximidad. Si ya es famoso, se rodea de admiradores que acrecienten su fama con el caudal de la admiración. No hay lugar para sus pares, sus simples colegas, en esa estricta jerarquía. Literal y literariamente, no le sirven de nada.

El prototipo del hombre de las ferias es un o una novelista. Ganador(a) de algún premio internacional. Jurado frecuente de otros premios. Dueño(a) de una buena lap–top para redactar en donde sea su columna sindicada o sus novelas todoterreno. Progresista moderado(a) o, si no, de una radical incorrección política. Con ingenio para sortear las entrevistas. Aplomo al presentar libros que no ha leído ni le gustan. Desparpajo al hablar en privado de otros escritores. De tirajes. De regalías. De traducciones. Y a veces, pocas veces, de literatura.

Un solo inconveniente dificulta la carrera del exitoso hombre de las ferias. Para que su presencia en los grandes foros editoriales del país y del mundo siga siendo indispensable, cada año o dos o a lo sumo tres debe publicar otro libro, aunque su vida tumultuosa no sea idónea para escribir con arte.

Cuánta envidia provoca en el narrador feriado la suerte más benigna de ciertos poetas oportunos que con un solo poema, compuesto por lo común en el éxtasis de una proba indignación ciudadana, tienen de sobra para lucirse durante décadas enteras en festival tras festival.

Pero la fama de los prosistas es de quien la trabaja y, hay que reconocerlo, Brabante el feriante es muy trabajador. Cuando te topas con este ubicuo personaje en alguna de las escasas ferias a las que te es dado asistir, sueles imaginar qué pasaría si les dedicara a sus libros la mitad del esfuerzo que consagra a su imagen pública. Y más de una vez te preguntas, avergonzado, si no cambiarías la reputación discreta de los tuyos por su inmensa popularidad.