'Un hombre ajeno', una obra sobre el vacío existencial

El montaje, del dramaturgo mexicano Alejandro Ricaño, será presentado los fines de semana hasta el 20 de abril en la Sala Chopin.
El dramaturgo Alejandro Ricaño y el elenco de "Un hombre ajeno".
El dramaturgo Alejandro Ricaño y el elenco de "Un hombre ajeno". (Especial)

Ciudad de México

A partir de la máxima anónima que dice: "Nada de lo humano me es ajeno", el dramaturgo mexicano Alejandro Ricaño creó su más reciente puesta en escena: Un hombre ajeno, la cual es interpretada por José María Yazpik, Adrián Vázquez y Oswaldo Benavides, quienes representan al mismo personaje. La obra será presentada de viernes a domingo a partir del 21 de febrero y hasta el 20 de abril en la Sala Chopin de la Ciudad de México.

"Normalmente en las obras de teatro las anécdotas son fuertes y los personajes están subordinados a ellas. En este caso, sin embargo, la historia sirve como un estudio de trasfondo de las personas", dice Ricaño en entrevista con MILENIO.

"Tomás, el personaje principal, es una persona a la que todo le es ajeno. Acaba de tener una ruptura amorosa. Decide irse a vivir a Nueva York, donde cree que puede permanecer anónimo. El día que cumple 40 años, como un último intento de experimentar el amor, busca por Internet a la niña que le gustaba en la primaria. Una vez que la encuentra regresa al país para tener una cita con ella", explica el también dramaturgo de El amor de las luciérnagas.

La puesta en escena es la historia de estos dos personajes venidos a menos, con una incapacidad de crear relaciones afectivas, de asirse al mundo y a la realidad; asimismo, es el encuentro de Tomás con ese amor y su pasado: sus pérdidas, sus padres, la ex pareja de la que no termina de alejarse, menciona.

El director, quien asegura le está yendo bien en su carrera, escribe por encargo: "Prácticamente todo lo que hago está comprometido para alguien. Un hombre ajeno, sin embargo, surgió de la sensación de vacío que me tocó vivir a mí a los 30 años, en un momento donde todos nos empezamos a cuestionar si vamos a estar con alguien".

Con el montaje, Ricaño quería romper con lo que venía haciendo, donde la crítica lo había encasillado en las comedias esperanzadoras: "Quería hacer una obra que no tuviera este ritmo frenético que caracteriza mis trabajos, ni comedias engolosinadas que terminan con una luz de esperanza, sino un montaje donde se apague la luz y todos se quedan en silencio".

Normalmente en sus obras, argumenta Alejandro, se dice que las cosas están mal, pero pueden estar mejor: "Este es el discurso básico de los 12 años que tengo escribiendo; salvo mi primera obra, que es deprimente, horrible y acaban los personajes destruidos, me hice a la idea de que había que mostrar el lado bueno del mundo, porque hay una obsesión en el gremio teatral de decir 'al cine vas a que te digan que la vida está bien, y al teatro a que te digan que la vida está jodida'. ¿Por qué nos extraña que la gente no vaya al teatro, si las butacas son incómodas y además acudes para que te señalen lo que está mal?".

En la obra, Tomás se encuentra con la niña que le gustaba. Pero no lograr hallar una luz de esperanza. Al contrario, apaga su luz. "Es válido que existan personas que no quieran hablar, que les guste permanecer en la oscuridad y que quieran dejar de estar aquí. Siento que es válido contar esa historia", dice.

Al respecto, el director de teatro, quien estudió en la Universidad Veracruzana, menciona que está empezando a trabajar sobre un guión que reivindica el suicidio para que deje de ser satanizado y de tener la visión católica de que decidir quitarse la vida es lo peor.