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Martes , 17.07.2018 / 12:44 Hoy

Hojas de Whitman

(Fragmentos del libro 'Crónica de mí mismo', correspondencia completa de Walt Whitman publicada por vez primera en español por Errata Naturae)

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Milenio Digital


A los directores de Harper’s Magazine

Brooklyn, 7 de enero de 1860

La idea de “Canto del feuillage nacional”* es presentar una colección de pinceladas, escenarios, episodios y escenas típicas de cada zona (dedicándole una, dos o tres líneas a cada una): norte, sur, este, oeste, Canadá, Texas, Maine, Virginia, el valle del Misisipi, etc., etc., etc., todas ellas estrechamente ligadas en la necesidad de condensar América, “¡Siempre América!”, con un estilo gráfico, breve, claro y apresurado, como si se quisiera reunir un enorme ramo de flores y se tomara y añadiera rápidamente cada peculiaridad que se presentara para formar un ente compacto que lo englobase todo, una suerte de Poema Nacional a mi manera.

¿Hay otro poema de ese tipo o que se le parezca?

Empecemos por el estilo. Sí, se trata de un estilo nuevo, claro está, pero de un estilo que reclaman las nuevas teorías y los nuevos temas o, digamos, el nuevo tratamiento de los temas, y que se nos impone para cumplir el propósito americano. Cada nueva persona (poeta o no) forja su propio estilo, a veces alejándose mucho.

Además, ya llevo un largo camino recorrido con el público americano, especialmente con las clases literarias, por lo que sin duda merecerá la pena que les ofrezca una visión de mí y de mi nueva poética.

El precio es de cuarenta dólares, que deberán abonarse al contado en el momento de la aceptación.

Me reservo el derecho a incluir este poema en cualquier antología que pueda publicar en el futuro.

Si mi nombre se incluyera en el programa de colaboradores, no debe figurar más allá de la tercera posición.

Si al final rechazaran el poema, por favor, sean tan amables de guardarme el manuscrito hasta que vaya a recogerlo. Mandaré a alguien o pasaré por allí a finales de la semana que viene.


Walt Whitman

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*Harper’s rechazó el poema “A Chant of National Feuillage”, que se convirtió en el número 4 de los Cantos democráticos cuando se imprimió por primera vez en la edición de Hojas de hierba de 1860; más tarde fue titulado “Nuestro viejo feuillage”.



A su madre (fragmento)

Washington, 30 de junio de 1863

Queridísima madre:

Le he enviado a George su carta junto con la de Han, aunque no sé si le llegarán, pues creo que el 51.º estará a medio camino de Vicksburg. Sigo sin recibir noticias de George. Madre, estos días atrás he sufrido un fortísimo dolor de garganta y de cabeza, justo hasta anoche, pero hoy me encuentro casi recuperado por completo. He estado por la ciudad prácticamente como siempre (me refiero por los hospitales, etc.) y me han dicho que rondo demasiado las camas de los enfermos, plagadas de fiebre y heridas putrefactas, etc. Me he encariñado mucho con un soldado, Livingston Brooks, perteneciente a la Compañía B del 17º. de Caballería de Pensilvania y que trajeron hace unos quince días muy enfermo de fiebres tifoideas, pues me lo encontré en lo que parecían ser sus últimas horas debido a la negligencia y a un horrible viaje de unas cuarenta millas, malas carreteras y una conducción temeraria. Luego, cuando llegó aquí, como es un sencillo muchacho de campo, muy tímido y callado, y no se quejaba, lo desatendieron. […]

Madre, como le he comentado en anteriores cartas, no puede hacerse una idea de cómo estos jóvenes enfermos y moribundos se aferran a un amigo y lo fascinante que resulta todo eso a pesar del ambiente hospitalario plagado de tristeza y de escenas de repulsión y muerte.

En este mismo hospital, el de la plaza del Arsenal, donde se halla este soldado de caballería, sigo otros quince o veinte casos especiales, algunos de ellos con el mismo interés. Hay dos de East Brooklyn: George Monk, perteneciente a la Compañía A del 78º. de Nueva York y Stephen Redgate (su madre es una viuda y le he escrito), ambos gravemente heridos y ambos menores de diecinueve años. ¡Ay madre! Cuando paso junto a esas hileras de catres, me pregunto si no será demasiado alistar a estos críos y someterlos a semejantes experiencias prematuras. Me consagro en cuerpo y alma al hospital de la plaza del Arsenal porque alberga con diferencia los peores casos, las heridas más repulsivas, a los que más sufren y a los que más consuelo necesitan. Voy todos los días sin falta y muchas veces por la noche (a veces me quedo hasta muy tarde; nadie me lo impide, ni guardias, ni médicos, ni enfermeras ni nadie; me dejan a mis anchas). […]

El señor Lincoln pasa por aquí (calle Catorce) todas las noches de camino a casa. Anoche lo vi sobre las seis y media: iba en su calesa de dos caballos y lo custodiaban unos treinta jinetes. La calesa, conducida por un cochero y sin sirviente ni lacayo, llegó primero a trote lento; la caballería al completo, encabezada por un teniente, la seguía de cerca. Anoche tuve ocasión de ver con claridad al presidente: parece más preocupado que de costumbre, tiene la cara surcada por profundas arrugas y líneas de expresión y su aspecto resulta gris debido a su tez oscura… Un hombre de aire curioso, muy triste. A una señora que estaba mirando conmigo le dije: “¿Quién no puede ver a ese hombre sin perder todo deseo de atacarlo? ¿Quién puede atreverse a decir que no tiene buen corazón?” […] El carruaje está bastante desvencijado; de hecho los caballos son lo que mis amigos conductores de Broadway llamarían “viejos jamelgos”. El presidente viste de negro y lleva sombrero de copa. Ayer iba solo. Primero se dirigió a la casa del secretario de Guerra, en la calle K, a unos trescientos pies de aquí. Permaneció en el carruaje mientras Stanton salía y mantenía una entrevista de quince minutos con él (desde mi ventana se ve todo). Luego dio media vuelta y dobló la esquina a trote lento hasta la calle Catorce seguido por la caballería. Ciertamente, creo que ahora sería más seguro para él que se limitase a parar en la Casa Blanca, pero supongo que es demasiado orgulloso para abandonar sus viejas costumbres.


A Peter Doyle* (fragmento)

Brooklyn, 21 de agosto de 1869

Llevo tres días muy enfermo. No sé qué es lo que tengo, pero me deja postrado y sumamente débil, con los miembros prácticamente inútiles. He pensado en ti, mi querido muchacho, la mayor parte del tiempo. […]

Y ahora, querido Pete, hablemos de ti. ¿Cómo te va todo, querido muchacho? ¿Hay alguna mejoría en lo de la cara?** Querido Pete, debes perdonarme por haber sido tan frío el último día y la última tarde que nos vimos. Aquella charla y tu proposición —ya sabes a qué me refiero— allí, junto a la fuente, me dejaron sin palabras y me apartaron de ti. Incluso me pareció (pues te lo diré sin medias tintas, querido camarada) que la persona a la que quería y que siempre había sido tan varonil y prudente había desaparecido y un loco asesino potencial había ocupado su lugar. Hablé de forma muy severa y mordaz (aunque ahora veo que mis palabras podrían haber dado la impresión de encerrar otro significado que te resultara insultante, pero que ni remotamente se me pasó por la cabeza, jamás). Sin embargo, no voy a hablar más del tema, pues sé que semejantes pensamientos debieron de asaltarte cuando no eras tú mismo, cuando te encontrabas en un momento de locura, y ya han pasado, como un mal sueño. […]

Querido camarada, pienso en ti a cada instante. Mi amor por ti es indestructible y, desde aquella noche y aquella mañana, se ha vuelto más fuerte que nunca.

Querido Pete, querido hijo, mi querido muchacho, mi joven y amado hermano, no dejes que el demonio vuelva a ponerte semejantes pensamientos en la cabeza —infamia atroz—, pues éstos solo pueden traer asesinato, muerte y deshonra ahora y las agonías del infierno en el más allá. ¿Qué sería entonces de tu madre? ¿Y de mí?

Walt Whitman


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*En la vida emocional de Walt Whitman, Peter George Doyle (1843–1907) es de todos conocido. La amistad romántica surgió en 1865 y abarcó los años en que Whitman residió en Washington D.C. y continuó casi hasta su muerte del bardo en Camden en 1892. No obstante, a pesar del papel prominente que Doyle (a quien John Burroughs llamó “un Whitman a la sombra”) desempeñó en la vida de Whitman, el conocimiento de su historia personal resulta incompleto.

**Según el doctor Richard M. Bucke, Doyle padecía una erupción cutánea popularmente conocida como “picazón de barbero”. Puede que Whitman escogiera estas palabras con sumo cuidado para referirse a la sífilis, y la evidente amenaza de suicidio de Doyle fue una reacción exagerada, aunque al parecer el joven era dado a sufrir periodos de depresión.


A Richard Watson Gilder*

26 de noviembre de 1880

Hace aproximadamente un año, R. Worthington, residente en el 770 de Broadway, Nueva York, compró en pública subasta las planchas electrotípicas (456 páginas) de la edición de 1860–1861 de mi libro Hojas de hierba, planchas originalmente realizadas por la joven firma Thayer and Eldridge bajo mi supervisión allí mismo y luego en Boston (en la primavera de 1860, según un contrato de cinco años de duración). Se imprimió y publicó una pequeña edición en esas fechas, pero, seis meses después o así, Thayer and Eldridge quebró y esas planchas se almacenaron sin más hasta hace aproximadamente un año (finales de 1879), fecha en que Leavitt, subastador, las puso a la venta en Nueva York, y el susodicho Worthington las compró. (Antes de ponerlas a la venta, Leavitt me escribió para hacerme una oferta por ellas. Yo le contesté diciéndole que las planchas no valían nada, pues habían sido reemplazadas por una edición más amplia y diferente, que yo no les podía dar uso —a las de 1860— ni iba a permitir que nadie más las utilizara, dado que yo era el único propietario de los derechos de autor.)

Sin embargo, parece ser que, finalmente, Leavitt las sacó a subasta y Worthington las compró (supongo que a precio de ganga). Luego W. me escribió para ofrecerme doscientos cincuenta dólares si añadía algo al texto y autentificaba las planchas, pues pensaba publicar un libro. Yo le respondí (en esos momentos estaba en San Luis, impedido y enfermo) agradeciéndole la oferta, lamentando que hubiera comprado las planchas, rechazando la propuesta y prohibiéndole que las usara. Creí entonces que el asunto había quedado zanjado, pero he de añadir que, hacia septiembre de 1880 (yo estaba por entonces en Londres, Canadá), le escribí a Worthington en relación con su anterior oferta, que yo había rehusado, y le pregunté si seguía conservando las planchas y si estaba dispuesto a hacerme la misma oferta, a lo que no recibí respuesta alguna. Volví a escribirle por segunda vez, y de nuevo, no obtuve respuesta.

Supuse que todo había concluido y que no había nada que hacer, pero hace una semana me enteré que Worthington ha estado imprimiendo y vendiendo arteramente el volumen de Hojas de hierba a partir de esas planchas (debió de comenzar a principios de 1880) y de que sigue haciéndolo en la actualidad. El 22 de noviembre de 1880, encontré el libro (impreso según esas planchas) en Porter and Coates, esquina de las calles Nueva y Chestnut, Filadelfia. P&C me comentaron que Worthington se lo proveía y que llevaba haciéndolo intermitentemente desde hacía casi un año.**

Primero: quiero que Worthington deje de publicar los libros. Segundo: quiero mis derechos de autor por todo lo que ha vendido (aunque no creo que vea un centavo en la vida). Tercero: quiero que, si es posible, se le interponga a W. una demanda judicial.

Soy el único propietario de los derechos de autor y creo que mi documentación al respecto está toda en regla. Publico y vendo el libro por mi cuenta, ése es mi único medio de vida. Lo que Worthington ha hecho ya me ha supuesto un detrimento. Se puede contactar con el señor Eldridge (de la firma aludida más arriba en Washington D.C. Él corroborará lo dicho (es mi amigo).

Walt Whitman


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*Gilder (1844–1902) fue subdirector del Scribner’s Monthly de 1870 a 1881 y director de su sucesor, The Century, desde 1881 hasta su muerte. Whitman lo consideraba uno de los pocos hombres cuerdos “en ese delirio artístico de Nueva York”.

**Aunque Whitman resume aquí los detalles de la venta de las planchas de la edición de 1876 de Hojas de hierba, no siempre es coherente y tal vez franco: al menos en cuatro ocasiones aceptó derechos de autor que ascendían a 143 dólares con 50 centavos de parte de Worthington, autorizando así la edición “pirata”.

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