Una hoguera para Octavio Paz

El Santo Oficio.
Octavio Paz
Octavio Paz (Conaculta)

Ciudad de México

El cartujo pasea alegremente por las páginas de Itinerario crítico. Antología de textos políticos de Octavio Paz (Conaculta/ Senado de la República, 2014), cuando siente un cross a la mandíbula, como diría Roberto Arlt. No cae de milagro, pero queda tocado sin remedio cuando lee “El diálogo y el ruido”, discurso pronunciado por el poeta de Piedra de sol en la feria de Fráncfort en 1984, por el cual fue quemado en efigie frente a la embajada de Estados Unidos mientras la multitud vociferaba: “Reagan rapaz, tu amigo es Octavio Paz”.

Eran días de furor por la revolución sandinista y Paz cometió el sacrilegio de criticarla. La izquierda mexicana, siempre tan vehemente, no se lo perdonó. En las páginas de periódicos y revistas le dieron hasta con la cubeta, lo llamaron fascista, traidor, vendido al imperialismo y a Televisa. En la Cámara de Diputados, honorables legisladores también se desgarraron las vestiduras y arrojaron sobre él maldiciones eternas.

El amanuense compartía el furor de los enemigos de Paz; como tantos otros, no había leído el discurso ni lo había escuchado en el programa 24 Horas, conducido por Jacobo Zabludovsky, pero estaba convencido de su perfidia, sobre todo si así lo decían los hombres más lúcidos y progresistas del país —muchos de ellos ahora predicadores frecuentes en la llamada pantalla chica.

En Itinerario crítico, libro prologado y compilado por Armando González Torres, aparecen las palabras de Octavio Paz sobre ese movimiento de sueños rotos. Dice: “El levantamiento fue nacional y derrocó a la dictadura. Poco después del triunfo, se repitió el caso de Cuba: la revolución fue confiscada por una élite de dirigentes revolucionarios”.

Era una profecía pero, como suele suceder, pocos la comprendieron y el profeta fue sacrificado por quienes se arrogan el privilegio de la pureza y a veces hasta de la voz del pueblo: la voz de Dios.

Después de Fráncfort, Paz y su esposa Marie-José viajaron a Bombay, Hong Kong, Tokio, Kioto, Bangkok y Delhi. En Kioto se enteró del escándalo provocado por su texto leído en Alemania, pero no le dio mayor importancia. Fue al regresar a México cuando advirtió su proporción desmedida.

En una larga carta a su amigo Pere Gimferrer (Memoria y palabras, 1999), habla del acontecimiento, lo hace con tristeza pero también con energía. Escribe: “Frente a la realidad inmensa de México, la física y la humana (los paisajes, las ciudades, la gente, las maravillas y los horrores), ¿qué vale la minoría vociferante? Es un mal, una dolencia con la que hay que convivir. La única manera de curarlos y desarmarlos es dialogar con ellos. ¿Es posible? Los ha sido en Europa y en otras partes, ¿por qué no ha de serlo en México? Tal vez mi misión —o más bien dicho: mi función— en la historia de la cultura moderna de México ha consistido en preparar ese diálogo. No me tocará participar en él pero lo habré hecho posible”.

Queridos cinco lectores, en el centenario de Octavio Paz, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.