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Lunes , 24.09.2018 / 06:48 Hoy

Historieta de amor

Hombre de celuloide


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Acostumbrados a que Estados Unidos publicite súper héroes cada temporada, cualquier adaptación fílmica que parezca inspirada en el cómic despierta sospechas. Y en efecto, La forma del agua tiene un espíritu que recuerda al cómic, pero al cómic mexicano. La forma del agua trae a memoria los mejores números de la serie Tesoro de cuentos clásicos que publicó Editorial Novaro allá por 1957. Desde Cronos (1993), Del Toro no ha dejado de referirse a estas historietas que no se parecen a las de ninguna otra parte del mundo. Si los franceses tienen un estilo particular (que vimos recientemente en Valerian y la ciudad de los mil planetas), los japoneses tienen lo suyo. Y los italianos y los belgas. Todas estas culturas usan sus cómics para hacer cine con ellos. Pero en México solo Del Toro ha tenido la inteligencia de usar lo mejor de nuestros cómics para dar a sus películas la simplicidad, el erotismo y la belleza de una obra que cuenta la historia de un amor entre cierta afanadora muda y un dios del mar.

Es cierto que, como sucede con la historieta, los personajes no están desarrollados. Pero lo más importante es la imagen. Porque a decir verdad la película no nos mantiene al borde del asiento y resulta más bien predecible. Sin embargo, vale la pena ver a este monstruo que emerge del agua y con belleza exótica descubre a una mujer que, cuerpo aparte, tiene también una hermosura suficientemente rara como para haberle hecho difícil encontrar el amor.

Además, Del Toro se parece a Lovecraft en esto: desprecia el realismo. Ni el cine de uno ni la narrativa del otro buscan retratar la vida como hacen los posmodernos. Hay en ello una declaración de principios: el cine está hecho pasa soñar. Pero a diferencia de las pesadillas de Lovecraft, los sueños de Del Toro dejan un sabor agridulce. Son sueños amorosos y, como el monstruo de La forma del agua, nos hacen creer que el bien es más fuerte que el mal.

Del Toro ha creado un universo propio. Esto es lo más sustancial que puede decirse de un director. Es un universo poblado de princesas, fantasmas, faunos, y en el que ahora habita un tritón que come gatos y da voz a una mujer en esta simple pero estilizada historia de amor.


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