Historia del cannabis en México: Yerba maldita

Hacia 1840 la mariguana dejó de ser medicinal y recreativa, a partir de entonces se le estigmatizó como una amenaza a la salud, la moral y el equilibrio mental de los mexicanos y se le condenó ...

Cuando la medicina profesional recetaba mariguana

Fue poco después de la Independencia que la mariguana recreativa y medicinal apareció con este nombre en la historia de México. Bajo el influjo de médicos extranjeros que en Europa proponían el uso farmacológico del cannabis (la Reina Victoria la usaba para calmar sus dolores menstruales), los médicos mexicanos comenzaron a incorporar en sus recetarios la mariguana como remedio de diversas enfermedades: hemorroides, cólicos, humores intestinales, hemorragias, dolor de articulaciones, entre otras (según textos farmacológicos y artículos periodísticos de la década de 1840).

Pero había otra razón. Poseídos, como todo el país, por un fervor nacionalista que no dejaba de motivar su trabajo, los galenos tricolores se propusieron demostrar que un país en ciernes como México no necesitaba importar plantas medicinales, debido a que en el exuberante y pródigo territorio nacional se hallaba la suficiente flora medicinal como para poder curar las enfermedades de un país que acababa de perder la virginidad histórica convirtiéndose en un país independiente. (Leonardo Oliva. Lecciones de farmacología, 1853. Crescencio García. Fragmentos para la materia médica mexicana, 1859).

De hecho, algunos de ellos creían que el cannabis existía en México antes de la Conquista (lo que no es cierto) y por ello la consideraban parte del patrimonio nacional. Tanto así que en la Exposición Internacional de París de 1855, México llevó una enorme cantidad de productos industriales, médicos, minerales, agrícolas, etcétera, de todos los lugares de la República, entre ellos, como aportación del estado de Querétaro, a la mariguana (con ese nombre) como una planta medicinal narcótica.

Después de la Independencia, los primeros consumidores

En la Expo Internacional de París de 1855, México presentó esta planta medicinal y narcótica

Pero al mismo tiempo que la mariguana fue finalmente reconocida por médicos profesionales como fármaco, y se referían a ella en tono serio y académico, ciertos mexicanos de la post-Independencia le dieron otro uso: el recreativo. Fumada, la yerba producía efectos singulares y distintos a cuantas drogas existían por entonces en México, incluidas las etílicas, que habían estado prohibidas en la Colonia, como el chinguirito y el mezcal, y las psicotrópicas que se consumían escasamente en el underground indígena. Como fármaco, la yerba fue aceptada gracias, como mencionamos, a la aceptación médica de entonces; como droga recreativa prácticamente desde el principio fue anatematizada y condenada. Con el tiempo, la demonización y prohibición legal de la mariguana recreativa —como sucedió con la cocaína— será el factor clave para la marginación, en el siglo XX, de la mariguana medicinal.

Cuando la mariguana en México comienza a fumarse, de manera muy reducida, como una sustancia lúdica, una o dos décadas después de la Independencia, a pesar de que por acto reflejo la mayoría de los mexicanos se paniquearon, no faltaron quienes sintieran azoro y curiosidad al observar en terceros o en carne propia los desusados y misteriosos efectos que provocaba la anómala planta.

Es el caso de un relato poco conocido de Guillermo Prieto, que aparece en su libro Viajes de orden suprema (1857), en el que se describen etnográficamente las inusitadas costumbres de una comunidad indígena otomí del municipio de San Juan del Río, Querétaro, cuyos caciques —en una experiencia ritual-adivinatoria— fumaban mariguana para en trance canábico juzgar si el matrimonio de sus hijos debía o no realizarse. En el texto, Prieto no muestra en absoluto el tono denostador, sensacionalista y condenatorio que tendrán después la mayoría de las crónicas sobre la yerba.

Del mismo modo, en el ensayo autobiográfico-erótico del poeta Manuel M. Flores, "Las rosas caídas", escrito hacia 1864 y publicado por primera vez en 1954, se relata suave la manera en que el vate poblano se deleita fumando la yerba por primera vez, solo en su cuarto, aunque se siente torpe al día siguiente; y luego, cuando en una casa decente de Puebla, una de sus jóvenes amigas la fuma, alucina inocente y experimenta cierta voluptuosidad hacia su acompañante. Nada pasa, la yerba no es diabólica ni convierte en energúmenos a quienes la fuman. El relato de Flores no se deriva de un juicio previo que concibe la mariguana como la encarnación vegetal del demonio. Es simplemente una sustancia novedosa, que al parecer el poeta nunca más volvió a probar, por indiferencia no por malviaje.

México a la vanguardia prohibicionista

Pero al lado de esta actitud desenfadada y más bien aislada, de Prieto y Flores, se incuba muy pronto, y con el tiempo se exacerba, una simbolización en verdad histérica de la advenediza planta. Lo significativo del hecho es que esta simbolización no se confeccionó desde la atalaya del gobierno mexicano ni de otros macro poderes, como la Iglesia o la prensa: fueron todos los actores de la pieza teatral mexicana, ricos y pobres, hombres y mujeres, gobernados y gobernantes, analfabetos y cultos, quienes actuaron al unísono fieles al discurso mestizo que México había asumido como paradigma ético y cuyo recetario les ordenaba rechazar de manera implacable a la forastera yerba.

Apegados al canon de occidente, aquí solo aceptamos el alcohol como droga psicoactiva

De pronto y sin coerciones ni marketings mediáticos, irrumpió toda una sinfonía condenatoria, un alarido de terror y espanto emergido de la mayoría de las gargantas del México independiente que entonó uno de las primeros himnos de guerra mestizos: ¡La mariguana es mala, maléfica, aciaga y siniestra, mata, aniquila, devora, agarra los rabos, los zarandea y arroja los cuerpos a las calderas humeantes del infierno! El ideario mestizo se irguió como una cobra que muestra sus colmillos y veneno contra uno de los primeros enemigos que inventó: una planta que además de ser uno de los vegetales más útiles que haya creado la naturaleza, fumada se trocaba en una entidad infame y monstruosa; no exagero, tal es el tono que desde entonces se volverá lugar común.

Al lado del invasor extranjero, que tanto quiso apropiarse de aquel México endeble que apenas gateaba, la mariguana fue incluida en el catálogo de los enemigos de la nación como una de los peores amenazas de la salud, la moral y el equilibrio mental de los mexicanos, con un grado de histerismo que dos siglos después puede darnos risa, pero cuyo contenido esencial, en la segunda década del siglo XXI, no ha muerto.

Fue histérica la condena porque en realidad los consumidores de mariguana eran unos cuantos. Durante todo el siglo XIX y hasta la década de 1960, en México, quienes metían humo de cannabis en sus pulmones eran un porcentaje ridículo de la población. Pero la histeria es sintomática y el hecho de que haya durado tanto (de hecho, insisto, aún está viva, por más que el tono de neurosis obsesiva haya mermado) nos revela la fuerza y el arraigo de este mensaje prohibicionista en la gran mayoría de los mexicanos.

Lo interesante es que México fue quizás el primer país del mundo que condenó la mariguana recreativa en este tenor histérico; ni en Francia, Inglaterra, Estados Unidos ni en algún país de América Latina, que en el XIX comenzaron a experimentar lúdicamente con el cannabis, sucedió algo semejante. Sin proponérselo, México puso el ejemplo de lo que a principios del siglo XX sería una actitud universal contra la mariguana.

Vade Retro. A México lo pone nervioso una planta

Acoto dos respuestas a la pregunta de por qué esta actitud. En primer lugar, tal vez, porque de pronto apareció en la mesa de los mexicanos un espantajo a quien nadie invitó: la mala cannabis, la maléfica yerba, la hórrida Rosa María, que olía raro y provocaba efectos desusados que chocaban con el discurso de la embriaguez del México mestizo de entonces, apegado desde siglos antes al discurso de la embriaguez occidental, a saber, a la aceptación del alcohol como única y exclusiva droga psicoactiva. El pulque (la reina, con mucho, de las bebidas alcohólicas de entonces en México), el chinguirito (aguardiente de ron) y los mezcales, aún no la cerveza, eran las bebidas que consumía la mayoría de la gente (los pudientes, además, vino); no el peyote, no los hongos, no el ololiuqui, no la salvia, no el toloache, drogas consumidas solo por algunos grupos de indígenas de manera muy aislada y marginal; y la mentalidad esencial del México independiente era mestiza, es decir, un discurso simbólico ni indígena ni europeo, que sin embargo en la letra deseaba emular el ideario venido de los países líderes del mundo como Francia, Inglaterra y Estados Unidos (el criollo mexicano no dejaba de tener esta mentalidad mestiza).

En este discurso mestizo, que solo permitía alterar el cuerpo y la mente con bebidas etílicas y no con raíces, biznagas o flores psicotrópicas, la mariguana —que es una droga psicotrópica light— no checaba; por ello había que rechazarla, anatematizarla y proscribirla; las primeras generaciones de mestizos del México independiente (a excepción de los escasísimos consumidores) se aterraron con los efectos que producía el cannabis en el cerebro y se aferraron a los que provocaban las bebidas alcohólicas.

De este modo, el rechazo a la mariguana por los mexicanos del siglo XIX significó, sobre todo, dos cosas:

1. Es, entrelineas, un rechazo a las formas en que las culturas indígenas —antes de la Conquista y de manera marginal y diseminada en el siglo XIX— consumían drogas; y, de paso, a los primados de la cultura indígena en sí.

2. Revela que el México independiente y mestizo, en el tema del consumo de drogas, le apostó al ideario occidental (judeocristiano y humanista) de concebir las bebidas alcohólicas, consumidas con mesura, como las únicas drogas permitidas y aceptables.

En segundo lugar, la actitud altamente paranoica contra la mariguana que se incubó en la década de 1830-40, aumentó y se consolidó durante el Porfiriato y se mantuvo durante y después de la Revolución hasta nuestros días, quizás se debió a que esta cultura mestiza, que debía aprender a caminar sola a partir de la Independencia, sin barandales colonialistas y con una identidad incipiente, híbrida y débil, se sintió vulnerable ante la aparición de una droga con efectos desacostumbrados que ponía en riesgo su capacidad de actuar con madurez, entereza o incluso indiferencia ante la planta intrusa.

La resimbolización actual de la mariguana

Durante el siglo XIX México vivió una situación única y singular en el mundo occidental en relación con la mariguana recreativa. Fue de los primeros países de Occidente que comenzó a consumir cannabis con fines lúdicos, de manera marginal pero significativa; además, sin copiar ni emular a nadie, conformó un discurso vade retro contra el consumo de la mariguana que creó un estilo acusatorio dominado por una histeria desbocada que todo el mundo adoptó a partir del siglo XX.

En suma, en el siglo XIX México inventó sin proponérselo el justo vilipendio y la condena precisa contra la mariguana, lo que justificó tanto la reprobación moral como la criminalización de la producción, la distribución y el consumo de una planta que casi dos siglos después, en México y el mundo, está en proceso de resimbolización, es decir, a punto de instalarse en el escaparate institucional de las drogas legales, al lado de su majestad el alcohol. Aquí, la histeria se volvió historia.

*Escritor