Una historia de vida detrás de las artesanías

Alberto Rivera, artesano, cuenta cómo emigró de Michoacán a Estados Unidos, trabajó duramente, y luego regresó al país para promover las creaciones mexicanas, como las populares Catrinas de barro. 

Monterrey

Al final del corredor comercial que la Unión de Artesanos de Nuevo León tiene en la Plaza Morelos, cerca de la bodega para los locatarios, y sentado sobre una pequeña silla de madera, se encuentra un singular artesano, quien se presenta como Alberto Rivera.

Mientras revisa un pañuelo blanco traído desde Michoacán, especial para barnizar madera, el carpintero argumenta que fabricó las más de 20 guitarras que cuelgan del pequeño local. Éstas se encuentran empaquetadas y pintadas con flores.

El hombre de cabello y bigote negro, ojos grandes poco expresivos, dijo ser originario de Michoacán, de donde asegura que emigró a Estados Unidos justo el día que inició el Festival de la Guitarra.

Al mismo tiempo que se transportaba hacia el vecino país del norte, asesinaron a su padre y robaron su hacienda.

"Esa Virgen de Guadalupe que ves allá atrás, la hice yo, pero cuando le digo a la gente que cuesta tres mil 500 pesos, se desmaya. Si vieran lo que gasto; con la pura madera, en promedio son como cuatro pies de largo, hecha de cedro", explica mientras enciende un cigarro con sus manos resecas, calludas y manchadas de tinta café.

El artesano, quien estudió hasta la secundaria, no sólo hizo la Virgen, también dice que fabrica catrinas de barro, que se decoran con vestimentas pintorescas.

"La Catrina del sombrero azul es un diseño alemán, la mandaron hacer y me regalaron la patente del diseño. Esa lleva seis holanes y la patentada siete", asegura, mientras apunta el extraño diseño, que cuenta con una posición seductora, pues la Catrina flexiona ligeramente hacia el frente su huesuda pierna que yace sobre una repisa.

Rivera también presume de haber laborado como mánager en una compañía exportadora e importadora de Estados Unidos, comerciante de alimentos como carne y birria, y guardia de seguridad. También dice haber sido minero con doble turno, del cual sólo descansaba dos horas diarias.

Indicó que el Conarte lo apoya. Además, presume haber ganado los últimos cinco años el Premio Nacional de Catrinas.

Antes de que se acabe su cigarro, relata el amorío que recientemente tuvo con una mujer de 30 años, con quien llevaba dos años, pero hace pocos días ella terminó la relación, echando por tierra la boda que estaba programada para la primera semana de abril.

El triste desenlace de su romántica historia termina cuando su ex pareja canceló los planes para contraer nupcias, ceremonia que dijo haberle costado 100 mil pesos.

Antes de ella, Alberto tuvo una esposa, con la que se casó joven, pero de quien se separó hace 28 años. Menciona, efusivamente, alzando lo que queda de su cigarro, que no comprende a las mujeres mexicanas.

"Me casé de 15 años, y de ahí, en cuestiones de pareja tal vez elijo mal. Aquí la mujer mexicana no sé qué ideas tiene en mente, si la tratas bien eligen a un pendejo que las madree, las ponga a trabajar, que las insulta, y están felices", se quejó.

Al retomar el tema de las artesanías, expresa, bajando la mirada, que no recuerda cuántas piezas hace al día, pues dado lo laborioso del trabajo artesanal, considera difícil llegar a una aproximación.

"Esto no se puede calcular por día, casi relativamente sale lo mismo hacer 20 que hacer una, porque cortas para una y quitas todo, armas, secas, otro día pones bisagras, luego (hay que) lijar, pintar, barnizar", dice, moviendo sus manos al describir cada paso de su trabajo.

En cuanto a la venta dentro del sitio turístico, enclavado en la Plaza Morelos, dijo con cierto enojo que constantemente la gente se acerca y toma las artesanías, pero se limitan a cuestionar el precio, sin valorar el trabajo que existe detrás.

"La venta está un poco floja, nomás llegan, agarran, y no compran nada. Otras veces no saben manejar las cosas, las quiebran, las dejan y se van", comentó dirigiéndose a los pequeños carritos fabricados completamente de madera.

Por otra parte, comparó la forma de consumo de los extranjeros destacando que llegan directo a comprar, sin cuestionar.

"El extranjero es más directo, llega y te dice '¿cuánto te debo?', y '¡empácalo!' Tengo clientes de Australia y Alemania, que son los que más seguido vienen".

Al momento de la extensa y abierta charla, muy pocos paseantes observaban o adquirían artesanías, mientras Alberto compartía su historia de vida, el local atendido por su madre, una mujer de pequeña estatura y cabello claro, atendía a una pareja de franceses.

Rivera, esperaba que los intensos rayos solares cayeran sobre los nueve alhajeros que barnizó antes de iniciar el pasaje verbal por la que relató ser su vida.