Por una historia paralela

Sería interesante imaginar una historia paralela de la humanidad, donde se diera cuenta de los miedos y fantasías predominantes en cada época.
Kafka atisbó la jaula burocrática.
Kafka atisbó la jaula burocrática. (Especial)

México

Uno de los rasgos más fascinantes de la literatura es la capacidad que tienen algunos escritores para plasmar, incluso sin ser del todo conscientes, ciertos rasgos de una época que a menudo tan solo años después acabarán cristalizándose con mayor fuerza. De ese modo, sería interesante imaginar una historia paralela de la humanidad, que a la par de los hechos duros retratados con relativa precisión por los historiadores, diera cuenta de los miedos y fantasías predominantes en cada época, y contrastar con el futuro inmediato para comprobar hasta qué punto cobraron existencia como una realidad del devenir humano.

En esa historia paralela destacaría Kafka, con su temprano atisbo de la jaula burocrática en la que vive irremediablemente atrapado el hombre contemporáneo, sujeto en todo momento al influjo de fuerzas y designios que parecen tener una lógica y una vida propia, ya sea provenientes del poder oficial como tal, o de esos nuevos feudos que borran a pasos agigantados la distinción entre vida privada y vida laboral: las empresas. Encontraríamos también a Aldous Huxley, con su intuición de una sociedad dócil, conformada por individuos anestesiados por algún tipo de droga que consumen voluntariamente (como bien argumenta César Rendueles, la adicción a las redes sociales a menudo tiene como contraparte la apatía y el egoísmo políticos). Estaría Orwell con su vislumbre de que la guerra perpetua (contra las drogas, o contra el terrorismo, por ejemplo) da lugar a un Estado de excepción también perpetuo, donde el poder puede justificar casi cualquier acción en aras de un llamado o misión superiores. Aparecería Juan Rulfo, que entendió como nadie que en el México rural la diferencia entre estar vivo y estar muerto es más un punto de vista que una distinción tajante. Podría mencionarse a B. Traven, con la noción de que el trabajo esclavizado puede ser perfectamente legal si tan solo se le despoja del adjetivo que lo define (por ejemplo, como sucede ahora, sustituyendo la palabra “explotación” por “eficiencia” o “competitividad”). Y un lugar especial podría ser ocupado por Sylvia Plath, con su visión de la campana de cristal depresiva y asfixiante, construida por los códigos y expectativas de una vida normal, cómoda y respetable, que a cambio de eso tan solo nos exige practicar una lobotomía a nuestra propia alma.

En realidad, cada quien podría configurar su historia paralela a partir de las lecturas que nos han marcado, pues no es descabellado pensar que todos los grandes escritores lo son en parte por cierta capacidad para intuir hacia dónde se dirigen ciertos rasgos esenciales de la experiencia humana, en ocasiones mucho antes de que eso que después será tan normal y cotidiano fuera siquiera imaginable para la mayoría de sus coetáneos.