La gran historia que Héctor Aguilar Camín debía

Anoche, en una charla pública con Rafael Pérez Gay, el escritor relató la forma en que realizó esa biografía, una deuda con su madre y su tía Luisa.
El autor conversa con el director de Cal y Arena en el Centro Cultural Bella Época.
El autor conversa con el director de Cal y Arena en el Centro Cultural Bella Época. (Javier García)

México

En 2004, el padre y la madre de Héctor Aguilar Camín coinciden en el mismo hospital: tras 45 años sin verse, se encuentran en el mismo lugar y, si se quieren más detalles del azar, están a la misma altura del edificio, en pisos diferentes. De alguna manera, en ese momento comenzó a gestarse la escritura de la novela Adiós a mis padres (Literatura Random House, 2014), en la que se traza un ciclo vital de tres tiempos: la felicidad, la destrucción y la reconciliación.

La anécdota es compartida por el mismo escritor en una conversación que sostuvo con Rafael Pérez Gay a manera de presentación de la novela, diálogo acerca de la obra más personal en la bibliografía de Aguilar Camín, quien evocó su idea de aquel momento: “Algo conspira aquí para reunirlos.

“Y mi pregunta es cómo hemos llegado aquí con estos dos cuerpos, enfermos de lo mismo, con una vida tan distinta, separados hace tanto tiempo. La historia de la novela es cómo se conocen en Chetumal, cómo tienen una iniciación feliz como pareja, cómo cada uno construye su propia independencia de la familia, cómo mi padre se separa del suyo y se mete a los negocios de la madera, cómo triunfa y cómo fracasa…”.

Se trata de una biografía novelada con la que cumple con una deuda que tenía con dos de las protagonistas de la historia: Emma, su madre, y su tía Luisa, aunque quizá sobre todo con ese hombre que se alejó de sus vidas durante más de tres décadas y sobre quien “pendía un mandato rulfiano de mi madre: ‘Si ese hombre viene a pedir un vaso de agua, no se lo den’.

“Estoy en paz con la historia que le debía a doña Emma y a doña Luisa, y estoy en paz con haber recobrado una figura del padre menos melancólica, menos fracasada, menos trágica de lo que estaba en mi cabeza antes de escribir el libro, y buena parte tiene que ver con una sorpresa que me da al mero final… Pero eso no se los voy a decir, porque me dio una idea completamente distinta, me permitió una zona de luz, una zona de buena vida en ese agujero negro que hasta ese momento venía siendo mi visión de su vida fuera de casa”.

Historia de la reconciliación

En el Centro Cultural Bella Época se reunieron algunos de los familiares que, durante muchas décadas, no tuvieron el apellido Aguilar Camín en la Ciudad de México; allí, Rafael Pérez Gay dijo que en la novela se alcanzaba a distinguir un narrador en un momento en el cual, “alumbrándose con un iPad, atraviesa como un alma en pena su casa, entra a su estudio y oye precisamente grabaciones en las que recupera la voz de su tía Luisa y de su mamá, que para él es donde hay más”.

Y es que desde la perspectiva de Aguilar Camín, en toda familia hay por lo menos una gran historia que contar; el escritor estaba convencido de que la suya se vinculaba con la ruptura del matrimonio de su madre, la partida de su padre de la casa y la manera en que su madre y
su tía se hicieron cargo de la familia y “construyeron nuestra vida familiar”.

“Esta era una historia central porque tenía —y eso era muy claro para mí— un elemento bíblico, natural, faulkneriano, que consiste en que el elemento dramático-trágico que desata todo el curso posterior de la familia es el
despojo que mi abuelo paterno hace, en un momento crítico, del negocio que mi padre está llevando adelante.

“Y ese despojo destruye a mi padre económica y moralmente. Tal es el hecho que genera todas las consecuencias posteriores de nuestra vida de familia: el corte con el resto de la familia, de mis padres con sus padres, por lo tanto el hecho de que crecimos en una familia sin abuelos, sin primos y sin tíos, porque toda la familia se quedó en Chetumal”.

Adiós a mis padres no deja de ser novela, pero está sustentada en una investigación en la historia familiar que se hizo bajo una premisa: cada una de esas rupturas tienen, en el largo curso de la vida, una reconciliación.

“La novela tiene tres tiempos: el de la felicidad, el de la destrucción y el de la reconciliación. Y esa es la gran historia que sabía siempre que estaba en mi familia”, concluyó Héctor Aguilar Camín.

Deuda literaria

En su novela El resplandor de la madera, Héctor Aguilar Camín ya había intentado hacer una historia novelada de todo ese pasado, pero en esa historia se tomó algunas licencias al inventar una parte urbana en la que ni siquiera aparecía la mamá del personaje.

“Mucho antes de publicarla”, recordó el escritor, “cuando me presenté con mi mamá a leerla, me dijo que no le gustaba: era evidente que estaba como oyendo unos versos, muy mal dichos, que ella sabía que no eran así”.

Tras el fallecimiento de doña Emma, su madre, se dio cuenta de que la mejor manera de contar esa historia no era añadiéndole énfasis, sino quitándoselo: era suficientemente intensa y emocional como para “agregarle rizos sentimentales”.

Y fue una manera de volver a la vida a figuras que se han ido, reconoció Aguilar Camín.