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Domingo , 21.10.2018 / 19:44 Hoy

Hijos del vodevil

En el circo, en el cine y en el vodevil hay magia. Y volamos. No solo los trapecistas; vuela la imaginación, nos creemos inmortales... y fracasamos.

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El circo tiene diversos encantos. Por ejemplo, suele haber en él hermosos cuerpos jóvenes que surcan el aire con leotardos coloridos. Hay en el circo muchachas con sombreros de pluma y hombres que rompen cadenas con pectorales. Es por ello que resulta natural que el cine como arte narrativo haya nacido de los amores del circo con otro oficio de mala fama: el vodevil. En el circo, en el cine y en el vodevil hay magia. Y volamos. No solo los trapecistas; vuela la imaginación, nos creemos inmortales... y fracasamos. En el cine basado explícitamente en el circo, nada es lo que parece. Los dueños de la troupe son metáfora de los explotadores del mundo; las chicas son frágiles y han tenido que escapar de hombres crueles que en las pistas flanqueadas con ponis y clowns se esconden de la ley. En el cine circense contrasta particularmente lo más miserable y lo más esperanzador del ser humano. Es a un tiempo metáfora del triunfo del artista y del fracaso de quien no es otra cosa que un payaso: un cirquero.

En The Rainbow Princess, de 1916, el actor Jode Mullally se esconde entre la tropa después de ser acusado injustamente de asesinar a su padre. Pero no nos adelantemos. La relación cine–circo comenzó en tiempos de la comedia silente. Artistas como Chaplin, Linder o Sennett introdujeron al cine rutinas conocidas en el circo desde mediados del siglo XIX. Aún más interesante se vuelve la relación cuando es el western el que incorpora juegos circenses a la pantalla. En 1927, Tom Mix debe rescatar a una heroína en The Circus Ace. Los límites se habían roto. Hollywood se había vuelto un circo y un vodevil.

Fue durante la Primera Guerra Mundial que comenzaron a darse los contrastes entre lo patético y lo heroico. El circo no era ya solo la rutina del payaso simpático; era el grotesco hombre disfrazado de arlequín que interpreta Ernest Torrence en The Side Show of Life, aunque tal vez la película en que brilla más el patetismo del circo sea Dumbo, una de las más crueles en la filmografía de Disney.

En The Marx Brothers at the Circus, de 1939, el espectáculo recupera por un instante el candor de las compañías que recorrieron Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX. La película termina en clave alta: hay elefantes, un hombre fuerte, leones y un gorila llamado Gibraltar.

Pero llegó la Segunda Guerra Mundial. Y el cine–circo se volvió propaganda. Tsirk, de Grigori Aleksándrov, es una joya del arte estalinista en la que los estadunidenses son sociópatas que representan todo lo malo del mundo. En la Alemania nazi sucedió algo similar: Arthur Maria Babenalt filmó en 1943 Zirkus Renz, una película que trataba de hacer olvidar a los alemanes el verdadero rostro de Hitler, dueño de un circo que llevó a la engreída troupe alemana hasta el abismo del Ser.

Hay dos secuencias de circo que, a mi juicio, son de lo más hermoso del arte visual. En Barry Lyndon, de Stanley Kubrick, el niño pregunta: "¿papá, voy a morir?" Escuchamos entonces los acordes de "La Sarabanda". Vemos un cortejo fúnebre en el que los miembros del circo que hace días divirtió al niño muerto ahora visten de luto. En lugar de la estruendosa música del circo, nos golpea la música de Händel.

La otra gran secuencia circense tiene lugar en una obra difícil de conseguir. Aria dla atlety (Aria para un atleta) es un filme polaco de 1979 que cuenta la historia de un niño con orejas grandes que termina por volverse el hombre fuerte de un circo. El protagonista, a pesar de su fuerza y de lo grotesco de su aspecto, es en realidad un poeta, un cantante. Sueña, por tanto, no con la lucha cuerpo a cuerpo en las arenas apestosas del circo: quiere ser operista, pero es feo. En una secuencia, el atleta lanza al aire los billetes que ha ganado en una pelea. Estamos en París y al fondo, en la ópera, escuchamos el aria.

En el circo aprendió Zampanò a romper cadenas con el pecho; en el circo Gelsomina aprendió a ser la payasa fracasada. Juntos recorren los caminos del neorrealismo italiano en La Strada de Fellini, un autor que presumía de cirquero. Lo es en sus Clowns de 1971. Pero no olvidemos el vodevil. Fellini también es el mago que en Las noches de Cabiria revela el interior de una hermosa mujer.

En las últimas décadas, Water for Elephants trató de revivir la nostalgia por un mundo que se fue, un mundo que dio al arte El gabinete del doctor Caligari y The Greatest Show on Earth. La verdad es que, como a tantas otras cosas, la posmodernidad odia al circo.

En cuanto a México, vivimos en un país circense. Al mexicano suelen gustarle los hombres fuertes y las trapecistas de muslos sudorosos. Dos películas mexicanas culminan este pequeño recuento de circo y cine. Ángel de fuego, de Dana Rotberg, es una tragedia griega con picor ranchero. Alejandro Jodorowsky, por su parte, es el creador de Santa Sangre, delirio de crueldad y psicomagia, ese invento estrambótico que tiene, como el circo, un tanto de genio y un tanto de estupidez.

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