Las hijas de Homero

En La música de las sirenas, Javier Perucho, un especialista en brevedades literarias, ha reunido a 60 autores en lengua española que durante el siglo XX y lo que va de este XXI han sabido ...
Sirenas
(Cortesía)

Ciudad de México

Sirena

La piscina venía con sirena. Nos dimos cuenta enseguida, en realidad nada más salimos al jardín, el día de la mudanza, dispuestos a limpiar el agua de musgos desvaídos y mariposas suicidas. Allí estaba ella. Su cara de muñeca de feria nos sonreía desde el fondo de nuestra maravillosa, diminuta piscina en forma de alubia, y la estuvimos mirando un rato sin saber qué decir, mientras ejecutaba para nosotros sus ejercicios rutinarios, como una Esther Williams con sobrepeso que no se resignara a olvidar las cámaras acuáticas de antaño. Ella fue quien rompió el hielo. Leímos un burbujeante “Hola” en sus labios rojo mercromina, y entonces tú agitaste la mano torpemente, como si fuera una aleta. Yo me sentía ligeramente incómodo, igual que si la vecina de enfrente me hubiera sorprendido espiándola con mis prismáticos, así que puse la boca en forma de “o” varias veces a guisa de saludo y dejé caer disimuladamente el cazamariposas verde, junto a la escalerilla.

Umberto Senegal

El deseo

Esa noche, hasta los tripulantes de un submarino que navegara cerca, habrían naufragado, fascinados por el canto de la sirena. Estaba sola en el islote de coral, difusa entre la neblina. Su lamento se extendió por un radio mayor al habitual, cuando se distanciaba del grupo para presenciar el amanecer encallada en el amenazante atolón. Sus canciones crecían en intensidad y tristeza desde cuando acechó la concurrida playa…

Hubiera sido mejor no transgredir normas. No permitir a su corazón adolescente anhelar aquello que jamás podría acompañarla en las profundidades de su hogar. Hasta sus oídos llegaban las risas, la algarabía de sensuales jóvenes. La primera vez que lo vio, jugaba por la playa, se tendía sobre la arena sin pudor alguno, se paseaba seguro de sí mismo por entre semidesnudas mujeres. Lo vio y quiso tenerlo a su lado, raptarlo si lo hubiera encontrado solo, cantar para él sus más hipnóticas canciones. Desconocía el tipo de sentimiento que la embargaba, convirtiéndole el océano en estrecho acuario. Ni su melindroso pulpo, ni su veloz caballito de mar, ni sus obedientes calamares gigantes, ninguno de los animales que sus padres le entrenaron, la seducía tanto como ese perrito negro que correteaba por la playa, revolcándose en la arena sin pudor alguno.

Enrique Anderson Imbert

Jasón

Odiseo fue el primero en contarlo, pero la verdad es que, antes de conocer a Odiseo, ya Circe había avisado a Jasón que tuviese cuidado al pasar por la isla de las sirenas: con sus cantos lo harían arrojarse al mar, a menos —le dijo— que se tapara con cera los oídos u ordenase a los argonautas que lo ataran al mástil. Jasón no quiso cuidarse. Las sirenas, al verlo tan jactancioso, no le cantaron, y así, cruelmente, lo dejaron sin nada que decir. 

Nana Rodríguez

Ninfa de ciudad

Cuando despertó, con las sábanas alrededor de su cola majestuosa, olorosa a sal y a noche, tendió su mano para constatar la presencia del amado, pero solo encontró un manuscrito con signos breves donde se relataba una larga travesía. Afuera, el sonido de las patrullas de la policía la hizo arrastrarse por la habitación del hotel, en busca de aquellos tapones para casos de emergencia.



Margarito Cuéllar

Sirenas

Una amante es una especie de moderna sirena. Te colma de halagos, endulza tu oído —como al calor del vino lo hace la sirena con el navegante—. Sus manos suaves y violentas. Su voz que embriaga y reconforta. Sus palabras matan el rencor y siembran la alegría. Una vez que sucumbes, olvida tu dinero, incluso tu vida.

Laura Elisa Vizcaíno

Una cosa por otra

Ocurrió que una mujer padecía de mal humor. Los médicos la examinaron y descubrieron una larga cola de pez que le impedía abrir las piernas. Se la quitaron y disfrutaron de la paciente hasta dejarla sin voz.

Isabel Mellado

El último sireno

Lo conocí cuando colgaba del cielo mi luna favorita. No fue su voz lo que me atrajo a la orilla. Quizá una ola húmeda, salada y estrafalaria. El sireno cantaba y cantaba. Yo perseguía su gesto. Cantó hasta deshacerse en escamas, él y la noche. Todavía recuerdo la expresión de su cara, un olor a ostras frescas, el frío de sus dedos, su saliva muerta en mi boca. ¿Debí hablarle de mi sordera?

René Leiva

La sirena violada

A pesar de eso que llaman pesquisas, y de no contar con testigos ni sospechosos, a las autoridades del puerto no les cabe duda de que la sirena ha sido violada. Devuelta al mar lo más pronto posible, un convencional silencio ha ido cubriendo el suceso. Los humildes pescadores saben, sin embargo, que el culpable repetirá su vileza. Un día de éstos aparecerá otra sirena en la playa, atravesado el pecho con arpón y el anzuelo en la boca.

Lilian Elphick

Lorelei

Los navegantes mienten al decir que los seduzco con cantos de sirena. Son ellos los que me embriagan con su muerte de agua dulce. La metamorfosis es rápida: mi cola de brillosas escamas deja paso a un par de miembros pálidos que no sé usar. Trato de incorporarme y caigo, rompiéndome la piel inútil, mientras el barco se aleja arrastrando el anzuelo incrustado en mi boca.

Alberto Benza González

Infidelidad

El pescador degustaba un plato de ceviche, mientras lo hacía recordaba la infidelidad de su esposa. Al pasar los minutos se dio cuenta de que ese episodio ya era parte del pasado, así que prosiguió, con ligereza, a saborear a su amada sirena.

Rony Vásquez Guevara

Hic sunt sirenae o el origen de las sirenas

No le importó que aquel hombre de poblada barba blanca ordenara que cerraran las puertas de su descomunal embarcación, incluso cuando divisó que el diluvio se aproximaba. Atargatis prefería seguir bebiendo con sus amigas. Pasaron, entonces, cuarenta días y cuarenta noches, hasta que el cielo por mandato divino se despejó. Noé jamás imaginó que al abrir las puertas del Arca volvería a encontrar a Atargatis bebiendo con sus amigas, todas recostadas sobre unas rocas y con la mitad de su cuerpo en forma de pez.

Samia Badillo

Tra(d)ición

Ulises la vio por última vez, desnuda, sobre las sábanas blancas. Le acomodó un rizo que caía sobre su frente. Le susurró el inminente adiós sin que su voz temblara. Afuera, el canto de las sirenas se acompasaba al mar y Ulises, lleno de deseo, emprendió su camino fuera de casa. Ulises marcha hacia el puerto, con paso firme se dirige hacia los cuerpos de las dos sirenas que, sobre la arena, aguardan. Ellas se miran sonrientes. Suben al barco, lo atan al mástil. Y después de todos los años se cumple su destino: las sirenas callan.

Ea Pozoblock

La sirena Dschauhare

Cuando leyó la historia de la sirena Dschauhare, Basim perdió la cabeza. Embarcó como marinero en el puerto más cercano, él que jamás había subido a barco alguno en su vida, y bordeó los mares conocidos y desconocidos, enfrentó todos los peligros existentes e inexistentes, conquistó tierras inhóspitas y lejanas, alcanzó gloria y riqueza, barrió el mundo entero y no pudo encontrarla.

Desalentado, casi derrotado para siempre por un amor inasible, desandó las corrientes en un buque pesquero y a su regreso a casa la encontró nadando a un costado del buque; ignorante del aspecto de su amada la confundió con un pez dorado, la pescó, la devoró.

Acaso ése y no otro sea el único fin del verdadero amor.

Rubén Tito Roque Aroni

La despedida

Cuando él partió a la guerra, ella prometió esperarlo. Cada mañana se sentaba a las orillas del mar con la vista fija en el horizonte, tejiendo y tejiendo. Diez años después, la guerra terminó y entre los héroes vueltos a la patria ella no reconoció a su amado. Entonces dejó el tejido, se encaminó hacia la bahía, delirando de amor se aventuró al mar y se perdió en el horizonte. Ahora, en medio del océano, todas las mañanas entona melodías dulces con la esperanza de que el mar le devuelva a su amor.