Un héroe de nuestro tiempo

[SEMÁFORO]
Durante milenios, el problema fue cómo almacenar, guardar y controlar la energía de la combustión
Durante milenios, el problema fue cómo almacenar, guardar y controlar la energía de la combustión (TesslaPowerwall)

Ciudad de México

Tengo un nuevo héroe, que me cae muy mal. Es antipático y tiene una risita fingida. Pero no puedo sino entusiasmarme cuando lo escucho ("Elon Musk Debuts the Tesla Powerwall", en YouTube, y urge subtitularlo en español): un sistema que acumula energía solar de modo eficiente (menos de 50 centavos por kWh) en un aparato del tamaño de un burro de planchar. O sea: ¿neta? ¿Podemos imaginar el fin de la soberbia prometeica y fáustica, los siglos de domesticación de las lumbres y las explosiones?

El dióxido de carbono es el gas que más incide en la generación del efecto de invernadero de la atmósfera terrestre (http://co2now.org/). Nueve de los 10 años más calientes que registra la historia se han dado en esta última década. El calentamiento global no es un chiste. No me voy a meter a técnico ecologista, pero ver la posibilidad de almacenar energía no contaminante y sin combustión me entusiasma. La historia es otra, de ser verdad lo que Tesla Energy ha anunciado.

La especie humana debe su supervivencia al fuego. Regalo de los dioses o robo temerario, las mitologías de los pueblos no han dejado de cantar y contar la adquisición y la doma de la lumbre. Ningún otro animal ha sabido cosechar el fuego que deja el rayo o desprende la lava.

Yahvé como fuego que no consume, el fuego venerado por Heráclito, la musa de fuego que invoca Shakespeare, la Sinfonía 59 de Haydn todavía son parte de una cultura de un fuego amigable, que hace hogar, cocina, noches apacibles; que se puede concentrar en hornos y forjas de metales, todo a escala de la herramienta y el trabajo humano. Para cuando Haydn envejece comienza la Revolución Industrial. Tras ella, armamentos pesados, fábricas que humillan la escala humana, los nacionalismos, el capitalismo salvaje y sus salvajes adversarios —ninguno de los cuales se opone a la cultura de Mefistófeles: acumular la lumbre y, más, la explosión dentro de armatostes gigantes, en un "espectáculo suprametálico y architronante" (dijo Apollinaire). Carbón, gas, petróleo —cosas que arden. Hasta el capitán Nemo dependía de la combustión. A cientos de metros bajo la superficie del mar, el Nautilus se propulsaba por vapor. Y la contaminación de que habla Dickens es igual culpa de los humos y gases y vapores con que el trabajo alienado satura la atmósfera. Después vino la energía de la fusión atómica, cuya primera incursión útil fue la más horrenda bomba que hayamos visto y la certeza de que el poder que acumulamos es capaz de aniquilar lo que somos.

Durante milenios, el problema fue cómo almacenar, guardar y controlar la energía de la combustión. La respuesta fue el horno: materias terrosas para encerrar el fuego; luego vino la caldera de vapor, que usa la energía de modo controlado; finalmente, el motor de explosión interna: un bloque metálico que apresa y reconduce la explosión de combustibles.

Sabíamos de sobra de la necesidad del cambio tecnológico: energía solar, eólica y, con cuidado, hidráulica. Más que un descomunal negocio, Tesla Energy está al alba de una nueva era. ¿Se imagina una sociedad donde cada casa produzca su propia energía? No más cables: cortar el cordón umbilical del Estado.