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Sábado , 22.09.2018 / 19:52 Hoy

Henri Michaux: el arte de la negación

La aparición de 'Donc c’est non (Así que no)', exhibe a través de una serie de cartas dirigidas a escritores, editores, amigos, una de las fecetas más admirables del escritor y pintor belga

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Henri Michaux no soportaba mostrarse en público. Consideraba que “cierto tipo de escritor no estaba hecho para recibir reconocimientos y que cierto tipo de hombre –como él– no debía aparecer bajo los reflectores”. Una posición que hacía cada vez más difícil mantener el renombre de su obra, que aumentaba sin cesar con el tiempo. Recibía así numerosas cartas de amigos, editores, escritores, periodistas, traductores, artistas, actores, directores de teatro o cine, académicos, que le hacían llegar diversas propuestas en torno de su obra. Y, a pesar de su gran número, tenía el cuidado de responder siempre cada carta, como podemos constatarlo en Así que no (Donc c’est non), la reciente publicación de esa parte de su correspondencia en la que, una y otra vez, lo vemos decir “no”, cortésmente pero con firmeza, a quienes le escribían.

Pues Michaux hizo todo lo posible por desaparecer de la escena literaria. Se negó a formar parte de todo jurado o comité de lectura, de toda academia de lo que fuese. Se empecinó en rechazar toda proposición de conferencia, de manifestación conmemorativa, de coloquio en su honor. Respondía con un no rotundo a cada nueva tentativa por otorgarle una recompensa literaria; incluso pensó en publicar una carta abierta para desalentar cualquier nuevo intento: “Desde hace tiempo, mi nombre se cita a menudo en la prensa de manera tan ambigüa que podría suponerse que soy candidato a algún premio literario. Como éstos, debido a la vedetomanía, se vuelven cada mes más abundantes y escandalosos, me veo forzado a salir de mi silencio y de mi habitual laxismo ante las posibles sorpresas que esta nueva feria reserva. Así pues, no soy candidato a ningún premio desde ya hace mucho tiempo y creo que durante mucho tiempo más aún”.

Nunca concedió tampoco una entrevista. En 1984, al momento de anunciar su muerte, en los noticiarios tuvieron que confesar, consternados, que no disponían de ningún archivo sonoro del autor. “No me muestro en la televisión y no me dejo escuchar en la radio. Muestro —en los libros— algunos escritos y —en galería— algunos dibujos. Ya con eso me muestro lo suficiente y no voy a hacer más”.

Respondía sistemáticamente de manera negativa a los múltiples proyectos que hubieran podido llevar su obra a un público más amplio. Algo que le repugnaba en extremo: “Los lectores me molestan. Escribo, si se quiere, para ‘el lector desconocido’ ”. El mítico editor Gaston Gallimard decía que era el mismo Michaux —por quien tenía un gran respeto— el mayor obstáculo para su difusión. De tal manera que prohibió las reediciones de sus escritos que prefería dispersar en innumerables folletos de tiraje limitado, pues con más de 2 mil ejemplares le parecía que caería en la vulgarización, por lo que se rehusó también a su publicación en libro de bolsillo. Siguiendo la misma lógica rechazó, poco antes de morir, la propuesta de incluir su obra en la célebre biblioteca de La Pléiade: “Eso no es para mí: en primer lugar, se trata de una distinción que prefiero evitar, porque haría de mí definitivamente un profesional, en lugar del aficionado que prefiero ser y seguir siendo. Pero la razón principal es que en los volúmenes de esta prestigiosa colección es cuestión de un dossier en el que se le encierra a uno, lo cual es una de las impresiones más odiosas que pueda tener y contra la que he luchado a lo largo de mi vida. Liberarme de una buena cantidad de mis páginas de antaño, suprimir, reducir en vez de reunir, tal sería mi ideal, en lugar del despliegue de todos mis textos que seguramente me quitaría las ganas de escribir y, a corto plazo, me paralizaría”. Esta facultad de decir no, que ganó a pulso, constituía la garantía de su libertad creativa. La intensidad de su rechazo era una manera de luchar contra lo que le parecía eran intentos por encerrarlo en una categoría —ya fuera como escritor o artista— que desde su perspectiva implicaría una profesionalización y, por ende, servidumbre y sumisión. Veía en el amateurismo una condición para que la escritura pudiera surgir libremente.

Ni el dinero que hubiese podido ganar, y que hubiese mejorado su situación económica que distaba mucho de ser confortable, podía justificar que cediera a esta negativa radical que aparece como inherente a su escritura. Cada “no” suyo era así una manera de defender la naturaleza de sus escritos, profundamente ligados a la incertidumbre de la sensación, a la que se sometía a través de diferentes medios, y que lo aproximaba a la atomización, a la diseminación del yo.

Sin embargo, Michaux no buscaba ocultarse detrás de lo que escribía, no practicaba esa estrategia de la desaparición que caracterizaba a ese otro célebre personaje invisible de la literatura, Maurice Blanchot. No pensaba que el escritor tuviera que desaparecer para dar lugar al libro por venir. Le era ajeno este ideal del libro como un todo al que la vida del escritor debía consagrarse. Para él, un escritor era simplemente “alguien que sabe seguir en contacto, que permanece ligado a su desorden, a su región viciosa que jamás será aplacada”. Alguien que no ha reprimido su pulsión destructora, como los niños o las poseídas. En ellos, encontraba esa vía para la insubordinación (título de uno de sus últimos libros) que podría permitir finalmente existir, es decir, ocupar desordenadamente el espacio como los trazos nerviosos, llenos de exasperación, que encontramos en los dibujos de Michaux. Una manera de poner nuevamente en movimiento el mundo que con sus reglas intenta frenar el “poder de oposición, de revuelta, de contestación” que constituye la naturaleza humana y que, según lo afirma, permanecerá siempre inaccesible para los mediocres.

Porque para existir, como para escribir, hay que ser capaz de insumisión y no perder el deseo de “echarlo todo por la borda, de desplazar lo inmóvil, de producir estruendo”. Pero sin gravedad, sin ese aire trágico, propio del Occidente, que tanto detestaba: “lo trágico, ¡esa gangrena occidental! No es para mí. No intento sino curarme de ello”. Así, quien escribe debe hacerlo en contra de todo y de todos. Pero principalmente en contra de sí mismo, de la vedetomanía que denunciaba con fuerza y que todo aquello en lo que se negaba a participar no hacía más que acrecentar.

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