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Jueves , 20.09.2018 / 10:53 Hoy

Hemingway y Cuba

Ambos mundos

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Ahora que Obama ya se tomó un mojito en La Bodeguita del Medio, que inició sus discursos cubanos con versos de José Martí en español y concluyó con la frase "Sí se puede" (eso gritaban los hinchas de la selección de México jugando contra Alemania en el Mundial de Francia 1998), no puedo dejar de recordar al norteamericano más querido de la historia de la isla, el que más aventuras literarias y vitales dejó, con su increíble y extraño apellido: Ernest Hemingway.

El tema de Hemingway en Cuba ha producido muchos libros, miles y miles de páginas, pues la isla es, junto a España, el París de los años treinta y el África de los safaris, una parte clave del escenario y la geografía de ese gigantesco novelista, cuyo proyecto vital y estético parecía consistir en experimentarlo y devorarlo todo, sin límite. Recuerdo una frase genial de Cabrera Infante recordando al joven Hemingway en el Hotel Ambos Mundos, al encontrarse con el fotógrafo Walker Evans. Dice que se encerraron a beber ron durante "diez días que estremecieron a Bacardí". Su habitación fue la 511, en la que escribió Tener o no tener, novela que le dio una tremenda fama y que fue llevada al cine por Howard Hawks, nada menos que con Lauren Bacall y Humphrey Bogart.

A partir de eso Hemingway pensó que Cuba le traía suerte, así que usó 18 mil 500 dólares del adelanto editorial de Por quién doblan las campanas y compró Finca Vigía, en la zona de San Francisco de Paula, a las afueras de La Habana. Allí terminó esa novela y escribió muchas otras, como Al otro lado del río y entre los árboles, Islas en el Golfo, París era una fiesta y, sobre todo, su gran novela cubana: El viejo y el mar. Allí se conservan, además de su enorme biblioteca (9 mil libros), las tumbas de sus perros y el esqueleto de su lancha de pesca, con el nombre de Pilar. Hemingway compró esta finca cuando estaba casado con Martha Gelhorn, pero en Cuba corre el mito de que una mañana, después de una larga juerga con equipos de producción de cine y actores, el jardinero encontró flotando en las aguas de la piscina los calzones negros de Ava Gardner, que había estado escuchando con Hemingway a Frank Sinatra en el bar del Hotel Nacional. Todo lo que el viejo Hemingway tocaba se transformaba en mito. Incluso, suponemos, unos calzones de encaje.

Se fue de Cuba en julio de 1960, un año antes de matarse con una escopeta de cacería. Ada Rosa Alfonso, quien administra el legado y el museo de Finca Vigía (la última mujer de Hemingway,

Mary Welsh, la donó al Estado cubano, dice que si Hemingway se hubiera quedado en La Habana habría vivido muchos años más, feliz, pero que el FBI lo obligó a salir y a corregir sus declaraciones sobre Fidel y la Revolución, a la cual había calificado de necesaria. Tal vez ahora, con el regreso de Estados Unidos a la isla, esta finca y museo vuelva a convertirse en el punto de encuentro entre ambos países.

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