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Martes , 14.08.2018 / 22:57 Hoy

Héctor Abad Faciolince va en busca de la tierra prometida

“No soy una persona feliz, pero sí puedo serlo de vez en cuando”, dice.

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Desde la aparición de El olvido que seremos, un testimonio del asesinato de su padre, hasta La oculta, una evocación sobre el paisaje que él les dejó, hay una memoria que acompaña a Héctor Abad Faciolince (Colombia, 1958), que le causa dolor aunque "es ya una cosa muy mitigada. Lo que sí sé es que no soy una persona feliz, pero sí puedo serlo de vez en cuando. Parte de mi alegría está en esa región, en ese paisaje, uno que el protagonista de El olvido que seremos, mi padre, nos dejó, que era algo que él había recibido de mi abuelo".

Le queda es una casa vieja y un lote de tierra muy pequeño, convertido en el protagonista de su más reciente novela, La oculta (Alfaguara, 2015), una suerte de homenaje a la tierra y a la memoria de su padre.

"La novela se arma trasladando mi experiencia a unos personajes que no son yo; logro meterme en las voces de ellos y, a partir de ahí, trasladar experiencias mías, de lecturas o de cosas que me han contado, a la creación", explica el narrador, quien relata la historia de una finca a través de la voz de tres hermanos ya envejecidos, devastada por los ventarrones de la historia colombiana.

Es una finca heredada donde hay una tradición familiar: no se debe vender. De allí vienen los protagonistas, espacio que les permitió salir de la condición de trabajadores manuales o de campesinos, pero que no olvidan contar con un espacio rural propio.

"El libro es hijo de una obsesión muy antioqueña, ni siquiera colombiana: los que vivimos en una ciudad grande, como Medellín, si no somos de pueblo nuestros padres o nuestros abuelos lo eran. Supongo que ese es el caso de muchas ciudades latinoamericanas, pero allá la cosa rara es que, pese a vivir en la ciudad y estar muy adaptados, seguimos obsesionados con tener un sitio donde caernos muertos".

La oculta es la protagonista: un territorio en el pueblo de Jericó que resistió los embates de las guerras civiles y de las violencias políticas.

"Uno siempre debe tener un lugar, así sea para odiarlo, y para tener un sitio de donde largarse. Es muy humano tener en la memoria eso, un punto de partida: para los hermanos, la finca significa el sitio donde pasaron momentos clave de la infancia o del crecimiento personal, el lugar donde descubrieron el amor, el sexo, el miedo, la plenitud, el contacto con animales, con plantas, con alimentos especiales; de todas esas obsesiones, que son también mías —porque en mi familia también hay una finca que se parece a La oculta—, se nutre la novela".

El literato añade: "Es una tierra prometida: el sitio donde nacen, se reproducen y mueren, pero todo el tiempo está amenazado por las guerras civiles y las políticas, por el secuestro de la guerrilla, por la amenaza paramilitar y del narco... pero la familia resiste, porque tiene un amor y un apego a ese paisaje", concluye Héctor Abad Faciolince.

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