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Lunes , 18.06.2018 / 22:50 Hoy

Hari Sama: “El rock en México está en situación delicada”

“A mí me vale madre, yo hablo de lo que quiera”, dice este cineasta, gastrónomo y promotor que no pudo vivir sin la música y 20 años después resucitó a su grupo Eurídice 


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Paola Betancourt

“Que la nueva dictadura es nueva, que si votas sí se va a notar, que a Dios lo encuentras en sus iglesias, que con este presidente todo va a cambiar… Nada es real”, así regresó en 2012 a la escena musical Hari Sama (México, 1971) con su banda de rock oscuro Eurídice. Su trabajo es una radiografía de lo que se vive en México, siempre con sentido crítico y social. Después de su primera película (Sin ton ni Sonia, 2003), Hari Sama no paró de experimentar. Escribe, produce y dirige cine, campañas publicitarias, realiza promoción teatral y gastronómica, y además tiene una banda de rock.

Sama plasma en sus proyectos la convulsa realidad del país. Su visión está enfocada en un objetivo: explorar y explotar los sentidos. La vista, en filmes como El sueño de Lú (2011), donde proyecta el proceso de sobrellevar el dolor de la muerte de un hijo, o Despertar el polvo (2013) en la que se adentra en la áspera escenografía de las zonas bravas de la Ciudad de México para revelar el significado del abandono, la soledad y el desamparo.

Exalta también el gusto y el olfato a través de la gastronomía oaxaqueña de su restaurante Yuban, y además el oído con su banda Eurídice, conformada por Patricio Iglesias, Paul Zamora, Javier Areán y el propio Hari, quienes recientemente estrenaron el sencillo “Zombi”.

Eres un personaje multifacético, entre el cine y la música, y además te dedicas a la gastronomía, ¿qué fase disfrutas más?

Me gusta mucho filmar, pero a estas alturas de Eurídice ya no imagino mi vida sin ella, no quiero dejar de tocar nunca. Por otro lado, la gastronomía es una necesidad de comunicar mi pasión por México. Nuestro restaurante tiene relación con la zona norte de Oaxaca, a la que le tengo un amor muy grande. El lugar nació de la necesidad de compartir la sabiduría y la parte luminosa de esta zona del país con gente de la Ciudad de México y con extranjeros. Se ha vuelto un destino en México. Estamos tan acostumbrados a enfrentar tantos horrores que de alguna manera este rescate es importante. Y pues sí, la música y el cine son quizá lo que me sostiene en la vida.

¿Cómo surgió La Muerte de Eurídice?

La banda es chistosa porque tiene dos vocalistas: Javier Areán y yo. Él y yo empezamos con La Muerte de Eurídice, formamos parte de aquel movimiento del rock en español y de lo que pasaba en esa época. Solo que nunca grabamos un disco y nos peleamos cuando las cosas iban mejor, entonces la repercusión de La muerte de Eurídice no fue tan contundente como la de otras bandas. Nos separamos y cada quien se dedicó a lo suyo. Javier es artista plástico y yo cineasta. Hace tres años, en un concierto de Wirikuta, tuve literalmente una epifanía y pensé: “No me quiero morir sin haber regresado al rock, que es sangre de mi sangre”. En particular me pasó eso oyendo a Caifanes. Saliendo del concierto tuve memorias de esa época y le marqué a Javier para proponerle que nos reuniéramos a recordar algunas rolas. Fui a casa de Patricio Iglesias, quien fue baterista de Santa Sabina por 10 años. Poco a poco se armó un plan y de pronto ya era un proyecto grande.

En el documental de la banda dicen que quizá en esa época la gente no estaba preparada para el grupo, ¿por qué?

La verdad no tuvimos suficiente paciencia. Nuestros amigos decían que éramos demasiado oscuros para ese México. Hoy eso ya no importa tanto. Hay bandas muy jóvenes que hacen sonidos que en ese entonces hacían las bandas más oscuras y underground. La gente está muy abierta a escuchar géneros. Ahora la dificultad y el reto van por otro lado. El rock está en una situación delicada, no es el género de moda en México.

Mencionan que en los 90 el panorama para el rock era complicado por la música comercial impuesta por los medios, ¿cómo es ahora?

En efecto, en esa época era porque el rock era lo underground, lo distinto. Entonces hubo muchos espacios que se abrieron cuando las disqueras y las mismas radios se percataron de que el rock era negocio y que a la gente en ese momento de México le interesaba muchísimo. Hoy, la verdad es como lo que vimos un poco al inicio. Dos radios abiertas que programan rock y en general tenemos la sensación de ir contra la corriente. Hoy se oye más banda, reguetón y pop que rock. Hay que volver a trabajar para generar público. Me parece que tiene mucho que decirle a la gente y que propone cosas que otros géneros no. Es curioso cómo dio la vuelta el círculo, ahora estamos en la parte de abajo.

¿Se ha perdido la subversión como característica del rock?

Sí. Somos una banda a la que le importan cosas que no siempre son necesariamente las relaciones de pareja exaltadas en la música. Hay otros aspectos que nos importan a nivel muy profundo, como la situación política del país. Somos gente a la que le interesa mucho la catarsis, tanto en la música como en el escenario y, por tanto, el sentido de la catarsis es trascender a cosas importantes, a veces dolorosas. Claro que también hay rolas sobre amor y desamor. Hay también sobre los refugiados españoles porque el abuelo de Javier padeció la Guerra Civil, entonces tiene cercanía con el tema. Todos tenemos una visión particular sobre lo que pasa en México. Siento que no a tantas bandas actuales les importa eso y esto nos aproxima a un público cercano a esos temas.

Su documental lo titulan 'Mucho más lejos' ¿se sienten lejos del éxito ahora?

Sí, tiene muchas lecturas, en principio porque la primera vez nos quedamos a la mitad del camino y ahora somos una banda que está comenzando, pero ya no somos chavitos, entonces hay siempre ese temor al juicio. Sentimos que tenemos esta mezcla de frescura y, por otro lado, de claridad, en cuanto a lo que quieres expresar, lo cual te da la madurez y la fuerza de decir: “a mí me vale madre, yo hablo de lo que quiera”.

¿Por qué dices que a Eurídice le aportas dolor y enojo por la vida?

En la juventud verme a mí mismo era hacerlo quizá con mucho juicio, y también me ha tocado pasar por aspectos dolorosos, de los que tratan algunas de mis películas. Sin embargo, siento que ese dolor logré volverlo un motor energético para hacer cosas. Hay dolores, como por ejemplo perder a un hijo, que te llevan a aferrarte a tu relación con el mundo. No lo puedes dejar quieto porque es un dolor muy fuerte, y literalmente te hundes si no lo conviertes en motor de la creación.

¿Has realizado campañas publicitarias de éxito, cuál consideras la más importante?

Lo más importante para mí es cuando tengo la oportunidad de regresar algo, haciendo beneficio social. Cuando me invitan a hacer cosas relacionadas con fundaciones y organizaciones no gubernamentales que literalmente usan la publicidad como un medio para obtener donativos y ayudar a comunidades. Tengo un cortometraje grabado en Guerrero sobre la familia de uno de los 43 normalistas desaparecidos. Es parte de Ayotzinapa 26, que es la visión particular de 26 directores sobre la desaparición de los estudiantes.

Como cineasta, ¿qué película es simbólica en tu trayectoria?

Tengo Sin ton ni Sonia (2003), que fue importante en ese momento de mi vida. Le fue muy bien en cierto sentido y luego fue muy criticada por ser una comedia romántica. Cuando se hacían muy poquitas películas, se me veía como un cineasta vacío. Después me tardé muchos años en hacer otro largometraje. Una cinta que quizá es la que más me importa es El sueño de Lú (2011), que trata sobre una madre que pierde a un hijo y está en proceso de regresar a la vida tras esa terrible experiencia. Yo perdí a una hija y esa película fue una manera de trascender esa pérdida y de explicármela, es una peli que ha ganado premios como el de mejor actriz en México y otros en el mundo. Luego hice El despertar del polvo (2013), que es experimental y transita entre el documental y la ficción. La filmé en un barrio muy peligroso que es el Campamento 2 de Octubre en Iztapalapa. Mi cuarta película es sobre un amigo que encontró una manera de sublimar el dolor por medio el arte. Es hermosa porque propone maneras de encontrar espacio y amplitud tras haber estado en lugares dolorosos y atormentadores. Me siento con la responsabilidad de procurar luz en torno a una realidad oscura. Uno de los impulsos más importantes en mi carrera es que el mexicano realice cierta introspección para crear empatía con la situación del país.

¿Qué temas tratarás en tus próximos planes cinematográficos como 'Semillas de mostaza' y 'Sunka Raku'?

Traigo varias cosas: una es Semilla…, que es una película personal, son muchas historias que se entretejen dentro de un mismo departamento, comienzan en los años 50 y terminamos en la época actual. Todas las historias tienen de alguna manera relación con la muerte, la política, el dolor personal y el desamor. Aún no está a punto de filmarse porque sigo buscando recursos.

¿Ha sido complicado realizar y distribuir el cine que produces?

Hago cine muy personal. México ha sido muy generoso conmigo en ese sentido y creo que en donde está el secreto y lo realmente complicado es en el público. El público mexicano va creciendo en términos de cómo se relaciona con ese cine, pero el reto para las instancias públicas ya no solo es producir cine de calidad, sino también espectadores de calidad, y para eso hay que empezar desde las escuelas. Tener proyectos alternos de acercamiento al cine de calidad en secundarias e incluso en primarias, creo que por ahí va la cosa, que los chavos tengan acceso a esas cintas y no solo a pelis de Hollywood. Independientemente del entretenimiento, hay filmes que te cambian la vida, es como leer novelas, algo que sabes que realmente te va a transformar. Sería padre pensar que los chavos pudieran estar cerca de esta otra manera de hacer cine.

¿Compromiso social y llevar la contraria son características de Hari Sama?

Totalmente, podemos decirlo abiertamente, me gusta llevar la contraria como una manera de cuestionar para encontrar cosas más profundas. El compromiso social me parece indispensable como ser humano cuando volteas a ver la realidad que te ha tocado vivir.

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