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Haga lo que haga, quedará en desventaja

CRÓNICA

Suena el disco de Laurel Halo y la gente fuma e intenta bailar. Los sonidos, ambiguos, tristes y lentos, congelan cualquier intento de movimiento.
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“El pene masculino es deprimente”, dice Rocío Boliver rodeada por 23 desconcertados espectadores. “Me ha demostrado ser manipulador, insensible y mentiroso”, y entonces esa pálida y delgada mujer de 52 años se mete una congelada de uva por la vagina para experimentar un falo contrario al hombre: sin sangre, helado, cuyas penetraciones ella controla sin necesidad de lidiar con una existencia que desprecia.

Este performance ocurrió en julio de 2007 en el cuarto, al fondo a la izquierda, del edificio donde se encuentra el Museo de la Caricatura, entre el Hotel Capital y el Templo Mayor; un lugar al que 11 años después regreso y me encuentro con adolescentes que bailan con Beyoncé. Me entristece la idea de que aquel espacio para el arte marginal ha desaparecido.

“Se trata de una idea falsa”, me aclara Sandra, “no ha desaparecido: solo cambió de lugar”, y la sigo por Donceles, República de Argentina y San Ildefonso hasta un departamento arriba de una tienda de cosméticos en cuya sala tres mujeres y cuatro hombres platican en torno a un tablero de ajedrez dentro de un cubo de cristal sobre una mesa pequeña. El tablero es el estándar que se usa en competencias de poca importancia: de plástico, con escaques verdes y blancos. Las piezas rojas (rey, dama y dos peones) muestran el rostro de Andrés Manuel López Obrador, Olga Sánchez Cordero, Tatiana Clouthier y Marcelo Ebrard; las piezas negras (rey, par de torres y un peón) muestran a Carlos Salinas de Gortari, Manlio Fabio Beltrones, Diego Fernández de Cevallos y Enrique Peña Nieto.

En el patio adyacente suena el nuevo disco de Laurel Halo y un grupo de gente fuma, habla e intenta bailar, pero los sonidos son tan ambiguos, tristes y lentos que congelan cualquier intento de movimiento.

“¿El ajedrez como metáfora de la política mexicana?”, pregunta un hombre de castaño cabello encanecido, “¡qué original!”.

“A nivel discursivo resulta decepcionante…”, responde su amiga de lentes y larga falda verde, “y a nivel estético de una escandalosa pobreza… ¿quién dices que es el artista?”.

“Dos chavas que tienen un grupo anónimo de música ambiental con nombre raro; van a venir a tocar al rato”.

Regreso a la sala. Está vacía. Me acerco al cubo de cristal. Me convierto en el jugador con las piezas rojas. Mi dama contra el par de torres negras me genera una idea inicial de ventaja, pero conforme comienzo a analizar las opciones, me descubro acorralado; peor aún: estoy en zugzwang, y de pronto el mensaje de esta pieza de arte marginal adquiere una dimensión profunda y siniestra.

Zugzwang, en ajedrez, es cuando un jugador se descubre en una situación en la que no tiene movimiento correcto: haga lo que haga, piense lo que piense, calcule lo que calcule, mueva lo que mueva, quedará en desventaja.

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